El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Göbekli Tepe

Lucía me mira con cara de no entender por dónde voy.

Yo le cojo las manos y se las acaricio. Observo el recinto a lo lejos y veo cómo la gente pasea por él.

Los turistas se agolpan ante la barandilla, bajo la lona que los protege del sol.

Me levanto de la mesa y le hago un gesto con la cabeza para que nos vayamos.

—¿Nos vamos ya? —pregunta Lucía.

—Acompáñame, debo enseñarte algo importante.

Ella se acaba de un sorbo el café con leche y se levanta.

—¿Y bien?

—Ven, vamos a esas colinas de allí, quiero mostrarte algo.

Entorna los ojos sin moverse ni un centímetro del lugar.

—¿Qué me vas a enseñar?

—Tranquila, que no es nada malo.

—¿Seguro? No me fío mucho, que tú tienes la mente muy sucia. Y estos no son lugares apropiados para hacer según qué cosas.

—Ni el lugar ni el país —le aclaro para que vea que no voy por ahí—. Aquí te pillan en pelotas por la calle y te meten preso de por vida. ¡Anda, ven conmigo y no preguntes más!

—Preguntaré si quiero —protesta.

—Vale, pregunta, pero en silencio, al menos hasta que te lo muestre .

Ella niega con la cabeza. Aun así, me sigue.

Mientras andamos por un moderno sendero adoquinado, observo el paisaje que me rodea. Las piedras nos muestran el contorno del camino. Tras ellas, inmensas explanadas casi resecas, salpicadas de un verde triste que ansía la lluvia como yo un bocata de los de mi tía Rosa.

A nuestra izquierda queda el yacimiento, cada vez más pequeño y distante. Ante nosotros el camino, tortuoso, sigue abriéndose paso para perderse en la lejanía. Camino sin rumbo fijo, la verdad. Solo quiero alejarme del que fuera el principal lugar de reunión en la antigüedad.

Tengo claro que voy a saltar y busco hacerlo alejado de cualquier mirada. Lo que no tengo tan claro es si saltar con ella. Dispongo de unos minutos para pensarlo. Un escueto instante para tomar una de las decisiones más importantes de mi vida. Y de la suya. De la nuestra, vamos.

O nos une para siempre, o se larga asustada sin mirar atrás.

Una decisión importante, de esas que tejerán un camino único e irrepetible que marcará nuestro futuro para siempre.

Tras diez minutos caminando, me detengo y miro a mi alrededor.

Nada ha cambiado en el paisaje. Sigue siendo plano, salpicado de pequeñas colinas de apenas un metro de altura.

Aquí no hay dónde esconderse para saltar.

Además, me preocupa dónde aterrizaré porque, sin duda, esta zona era muy distinta en el pasado.

Solo hace falta recordar la cantidad de animales que hemos visto grabados en las piedras, lo que significa que es muy posible que todos ellos habitaran por aquí.

Antes de llegar al final, donde ya puedo ver el puesto de control y varios autobuses aparcados junto al coche de Peter, que todavía está allí esperándonos, nos salimos del camino.

Lucía me sigue sin entender lo que estoy tramando.

A los pocos metros, llegamos a una colina de un par de metros de altura en cuya base hay una pequeña falla que se hunde otro metro. Yo diría que este es el lugar ideal para ocultarse de los ojos curiosos que puedan pasar por el camino.

Me siento en el suelo y le hago señas a Lucía para que se siente a mi lado. Ella tarda un poco en reaccionar, pero, finalmente, se agacha y se coloca frente a mí.

Estamos cara a cara, con las piernas cruzadas.

Dejo la mochila a un lado y le cojo las manos.

—¿Qué estás tramando? —pregunta.

La miro pensando las palabras que voy a decir a continuación, midiéndolas con mucha cautela.

—Debo contarte otro secreto.

—¿Otro más?

—Este secreto es la base de todo lo que soy, de todo lo que has descubierto desde ayer.

Ella me mira y enmudece.

—Mis empresas, mi dinero, mis contactos… Todo esto no sería posible sin una fuente de poder mucho más importante que el hecho de comprar y vender reliquias.

—Eso ya lo sabía yo —indica ella—. A ver si te piensas que me he tragado que por vender pergaminos puedes comprarte un avión privado.

—No es nada ilícito, pero sí es inusual.

Algo que no sabe nadie, excepto mi padre.

Un hecho que ha permanecido en secreto hasta hace muy poco.

—Antes de continuar elijo con calma las siguientes palabras—.

Por este motivo, desde que mi secreto ha quedado al descubierto, todos los que me rodean corren peligro. Todos.

—Quim, me estás asustando.

—Lucía, desde hace muchos años, siglos, milenios en realidad, los miembros de mi familia tienen un don muy especial. No todos, solo algunos, pero ahora no quiero entrar en detalles que puedo contarte más tarde.

—Muy bien… —susurra ella completamente perdida.

—Ese don nos permite poder viajar al pasado .

¡Pum!

Toma ya.

Sin vaselina.

Lo he soltado sin pensarlo, sin rodeos y en una sola frase.

Ella me mira y comienza a sonreír.

Yo aguanto la mirada.

Su cara cambia cada segundo que pasa.

Necesita algo más de información, como es normal.

—Viajo al pasado, visito lugares, me llevo reliquias que de otra manera se hubieran perdido en las sombras, las vendo, gano dinero. O las expongo en museos.

Pasan unos segundos sin que diga nada.

—Ni esa locura te daría tanta pasta como para lo que he visto en las últimas horas —acierta a decir, y con razón.

—Viajar al pasado, conociendo el presente, te puede hacer millonario si inviertes en las empresas correctas.

Ella asiente con la cabeza.

—Tengo acciones desde los inicios de Microsoft, Apple, Google, Nvidia, Tesla, Amazon y muchas empresas más, además de una cantidad de bitcoins que podría parecer hasta vergonzosa.

Lucía permanece callada.

La brisa se levanta y nos acaricia el rostro.

Creo que estoy sudando, seguro que de los nervios.

Los dos seguimos sentados en el suelo, al abrigo de la colina que nos separa del mundo real.

—Eso sí lo explicaría de forma clara —opina, pensativa.

Esta asustada, lo noto.

—No es nada malo, al contrario —intento tranquilizarla.

Ella no deja de mirarme.

—Puedo viajar en el tiempo. Solo al pasado. Y siempre desde el mismo lugar. Es decir, ahora podría viajar a los inicios de Göbekli Tepe porque ya estoy aquí. No puedo hacerlo desde Barcelona .

—Te entiendo —contesta ella con la mirada perdida.

Creo que no me cree.

O que está en shock .

O ambas, que también podría ser.

—Si tú quieres, te puedo llevar conmigo —le informo.

Sus ojos se abren como platos y se clavan en los míos.

Parece que no respira.

—Quim, no me tomes por idiota. ¿De qué va esto?

—¿Te gustaría viajar al pasado conmigo? —me limito a preguntarle. Ya está bien de explicaciones.

—Si pudiera, pues claro que me gustaría, no te fastidia. Pero eso es imposible. ¿De qué vas? ¿Por qué me estás tomando el pelo de esta manera?

Empieza a mosquearse.

—¿Te gustaría, a pesar de los peligros que conlleva, viajar a otras épocas donde la gente es mucho menos amable con sus vecinos y apenas hay desarrollo?

Lo que quiero decirle es que te pueden cortar el cuello en cada esquina y que para cagar tienes que hacer un agujero en el suelo del monte y limpiarte con lo que encuentres.

—¡Tú dirás! Claro que me encantaría ir a épocas remotas a pesar de que sean menos avanzadas. Así es el pasado, ¿no?

Abro la mochila y rebusco dentro.

Saco una bebida energética y se la doy.

—Bébetela entera, la vas a necesitar.

Ella mira la botella como si fuera de otro mundo.

Levanta la cabeza y clava sus ojos en los míos.

Abre el tapón y se la acaba.

Supongo que en parte es porque tiene sed, si no, hubiera protestado y preguntado por qué. Lo tengo claro.

Saco una bolsa de plástico, apago mi móvil y lo meto en el interior, junto a una tarjeta de crédito. Le pido su teléfono y, a regañadientes, lo mete dentro una vez apagado. Cierro la bolsa, que es estanca, y la entierro en la zanja, junto a nosotros .

—Cuando volvamos esto seguirá aquí —le informo para que esté tranquila—, pero no podemos llevarlo al pasado.

Es de primero de viajes en el tiempo.

Ella abre los ojos como si todavía no se creyera nada.

Coloco la mochila en mi espalda porque esta vez quiero llevármela al viaje. Sí, ya sé que no debo llevarme cosas modernas a otras épocas, pero te puedo asegurar que nada de lo que hay en el interior de la bolsa sobrevivirá al paso de diez mil años. Y, si lo hiciera, no saltarían las alarmas.

Solo llevo bebida embotellada, barras energéticas, frutos secos, una bolsa de piel con falsas perlas de colores, conchas y otras chorradas para hacer posibles trueques, un par de dagas de piedra y hueso, calzado de la época, pero más cómodo, y cuatro trapos para cambiarnos en cuanto lleguemos.

Mi instinto me reveló que esto iba a acabar así, con los dos dando saltos por el pasado. Por eso, cuando preparé la bolsa ya pensé en la remota posibilidad de que Lucía se viniera conmigo de viaje.

—Dame tus manos —le digo.

—¿Para qué?

—Para llevarte al pasado.

Nos observamos durante unos momentos.

Ella niega con la cabeza y pone los ojos en blanco.

Me las da sin creer en lo que le digo.

—Vamos a viajar lo más atrás que pueda, aunque no sé a qué época seré capaz de llegar viajando contigo.

Lucía me mira, torciendo el gesto y levantando la ceja.

No se cree nada, aun así, sus manos comienzan a sudar.

Yo creo que en su interior hay un atisbo de esperanza de que algo de lo que le estoy contando sea verdad.

Porque en el fondo lo desearía.

Porque no hay historiador en el mundo que no haya soñado con viajar al pasado para ver sus maravillas desde primera fila.

Y a ella esto le encantaría .

Le encantará.

O eso espero.

Inhalo profundamente durante cinco segundos.

Aguanto la respiración otros cinco.

Exhalo durante el mismo tiempo.

Repito este ciclo hasta que escucho mis pulsaciones en los oídos, momento en el que sé que ya estoy relajado.

Lucía me observa.

Si no se lo cree, lo disimula muy bien.

Cierro los ojos.

Me concentro en el instante al que quiero ir.

Lejos.

Muy lejos.

Lo más lejos que he ido hasta ahora.

Espero que donde aterricemos no sea ni incómodo ni mortal, pero no hay otro sitio del que saltar sin ser vistos.

Aprieto mis manos para sentir las suyas.

Siguen ahí.

Noto cómo la calma se adueña del lugar.

La calurosa brisa cesa.

Mi cuerpo deja de pesar y la luz brillante acude para llevarme a través del tiempo, como siempre hace, aunque esta vez será mucho más lejos. Y con paquete extra.