Capítulo 50
Göbekli Tepe
Llevamos un rato apartados del yacimiento, tomando un café en el único chiringuito que hay.
Desde aquí podemos ver todo el terreno que rodea al punto principal de la excavación.
Si lo que ha dicho la guía es cierto y toda esta colina está repleta de restos como el que hemos visto, aquí tienen trabajo para tres décadas por lo menos.
—¿Cómo vamos a hacerlo? —pregunta, tras un par de minutos sin hablar.
Abro mi mochila de la suerte y rebusco en uno de los bolsillos interiores hasta que encuentro lo que quiero.
Lo saco y lo dejo encima de la mesa.
—¿Un bolígrafo? ¿Ahora te vas a poner a escribir?
—No es un boli, es un puntero láser —le aclaro.
Lo enciendo y compruebo que funciona. Menos mal, porque no sé cuánto hace que no le cambio las pilas. Sí, lo sé, soy un poco desastre. Debería estar más preparado.
Lucía mira hacia el punto verde y brillante que se pasea por la mesa y se mueve a merced de mi mano.
—Mi plan es que yo me coloco detrás de la figura del león, dirijo el láser hacia el punto por donde sale el sol, y a ver dónde apunta —le digo .
—Menudo plan más sofisticado —protesta con ironía. Se gira un poco y señala hacia una colina rocosa—. Pues acabará en aquella ladera reseca de allí.
—Lo sé, pero tenemos que saber en qué punto en concreto, porque allí, exactamente, cuando la mirada vigilante del león vea la primera luz del alba, el elegido será acogido en su seno.
Repito de memoria la frase.
—Yo no lo tengo tan claro —indica Lucía con los ojos entornados, pensativa.
Espero a que su cabeza trabaje antes de preguntar.
Doy un sorbo y acabo mi tercer café del día, mientras ella sigue pensando.
—¿Me lo vas a explicar o qué? —le digo al fin.
—No creo que los ojos del león marquen un punto en concreto —sugiere Lucía, midiendo sus palabras—. Yo diría que habla más bien del momento, no de un lugar específico. Eso, si la traducción es correcta, claro está —añade con algo de retintín.
—Por supuesto que es correcta —protesto al instante.
Ella sonríe.
—Pues más a mi favor, porque el texto señala cuándo, no dónde.
Repito de nuevo la frase.
—Cuando la mirada vigilante del león vea la primera luz del alba, el elegido será acogido en su seno.
—Cuando… —repite ella al segundo.
Yo sopeso ese nuevo punto de vista.
—En ese preciso instante, el elegido será acogido en su seno —murmura Lucía, más hablando para ella que para mí. Su mente trabaja a destajo—. Aquí la palabra «seno» se usa en un sentido figurado. Creo que se refiere al interior o al centro de algo.
Puede que tenga razón .
—Es posible. Entonces, la frase podría entenderse como que el elegido será acogido en su interior —indico pensativo. No me parece mala idea, pero eso cambia por completo nuestra perspectiva—. Será acogido por el león...
—Mucho me temo que nos faltan dos incógnitas importantes para solventar esta ecuación —apunta Lucía con un tono algo apagado, como apenada—. La verdad es que me estaba gustando esta búsqueda misteriosa, pero en la vida real no es tan fácil como en las pelis.
—¿Qué dos puntos nos faltan? —le pregunto.
—Estar en el momento indicado y con la persona indicada. ¿Te parece poco? Solo tenemos el lugar.
La persona soy yo, eso lo tengo claro, porque si abrí el cubo de piedra de El Escorial es que soy el elegido. Y el tiempo no sería un problema si viajo al pasado 20 de marzo, pero para eso debo dejarla aquí sola durante unos minutos.
La voz de mi padre resuena en mi memoria: «…no le ocultes a Lucía tu don …si hay alguien que lo pueda entender es ella ...os unirá para siempre como pareja, como amigos y como todo».
Me gustaría, pero ¿debo hacerlo?
Ni idea.
—¿En qué piensas? —pregunta ella, sacándome de mis cavilaciones.
—En nada.
—Solo los hombres podéis pensar en… nada.
—En nuestra mente tenemos una caja repleta de nada que abrimos de vez en cuando —le digo con una sonrisa.
—No creo que tú, precisamente, tengas muchas cajas vacías en esa cabezota. Todavía estoy flipando con todo lo que me has contado desde que salimos de casa.
Sonríe a pesar de que su cara ha cambiado al comprender que no vamos a poder resolver este acertijo. Esta especie de misión era importante para ella. Ha estado fascinada desde que llegamos.
—Sería una pasada ver cómo era este lugar recién construido —le suelto sin más.
Es que soy malo. Travieso, más bien.
—Y verlo mientras lo están construyendo, para saber qué pensaban esos tipos, por qué lo hicieron… Sería impresionante. Se podría dar respuesta a tantos interrogantes que, con total seguridad, deberíamos reescribir los libros de historia.
Yo asiento.
—¿Te imaginas viajar al Neolítico y ser testigo de primera mano mientras colocan piedra sobre piedra?
Sus ojos se iluminan solo de pensarlo.
Mi respiración se acelera.
Algo me dice que esto no va a acabar bien.
Mi cuerpo sabe lo que va a suceder antes que mi mente.
Total, en esta época tampoco podría averiguar lo que me interesa porque, aunque vuelva al día del equinoccio, habrá mogollón de gente observando, móviles en mano.
Lo he visto en la foto de la guía.
No puedo bajar al recinto y colarme entre las piedras así como así, con cien cámaras grabándome. Acabaría encerrado en una cárcel turca. Y no me apetece.
Trago saliva y me armo de valor.
La miro.
Ella nota en mis ojos algo distinto.
—¿Qué te pasa? Estás raro, más de lo normal, quiero decir, ya me entiendes —aclara.
—Yo te puedo llevar a esa época —le suelto sin más.
Lucía me mira y se ríe.
—Cariño, me ha quedado claro que tienes mucho dinero, pero de ahí a viajar al Neolítico hay un gran paso.
—Un gran salto —le corrijo—. Hay un gran salto.