Capítulo 49
Göbekli Tepe
Antes de empezar a caminar, Lucía se coloca su gorra, el día se ha levantado soleado. Yo me conformo con ponerme unas gafas oscuras para proteger mis sensibles ojos. Peter aparca en la misma zona donde esperan los autobuses de turistas. En este instante solo hay dos.
Caminamos por un sendero de piedra clara que acaba en el yacimiento.
Según Peter, allí nos esperará la guía para hacernos un tour privado por la zona.
A cada paso que damos puedo ver mejor la estructura moderna que protege las antiguas piedras del sol y de la erosión.
Al final del sendero una mujer joven se nos acerca.
—Buenos días —saluda en un español muy aceptable.
—Hola, ¿qué tal? —respondo yo.
—Tú eres Quim, supongo —dice, mirándome con una sonrisa muy agradable—. Y tú debes de ser Lucía —añade, fijándose en ella.
—Buenos días —contesta Lucía, tendiendo su mano y estrechando la de la guía—. Aylin, ¿verdad?
Ella sonríe y asiente.
—¡Bienvenidos a Göbekli Tepe! —exclama, con los brazos abiertos—. Seguidme. Vamos a quedarnos debajo de la lona para que no nos dé el sol. Además, desde allí podremos ver toda la zona mientras os doy explicaciones, ya que está más elevada y la excavación se aprecia mejor si miramos desde arriba.
Al llegar al final del camino nos encontramos con una barandilla que rodea todo el recinto excavado, que queda un poco más abajo.
La verdad es que se está bien bajo esta moderna lona que han colocado, aunque rompe un poco la magia del lugar. Yo la habría hecho de color tierra, rollo tienda de campaña antigua, al estilo de las que usaban los buscadores de tumbas egipcias en los tiempos de Carter.
—Esta zona que podéis ver aquí es lo que hasta ahora hemos podido excavar, limpiar y catalogar —indica la guía, señalando hacia abajo.
—¿Todavía hay más por descubrir? —pregunta Lucía.
Me gusta que ella lleve la voz cantante, quiero que se integre y se encuentre a gusto. Por su sonrisa yo diría que lo está. Y mucho.
Supongo que no ha olvidado que nos persigue gente mala ni que estoy repleto de secretos, pero estar aquí ayuda. No me extraña, cualquier historiador que se precie estaría encantado de encontrarse en lo que, posiblemente, sea uno de los yacimientos más antiguos de la humanidad.
—Esto que podemos ver es apenas un cinco por ciento de todo lo que queda por descubrir —apunta la guía, abriendo los brazos y señalando hacia todas partes—.
En el año 2003 se detectaron, mediante estudios por georradar, otros recintos y más de doscientos pilares que hoy todavía permanecen enterrados.
Como esos que veis en el centro de los círculos.
Lucía me mira y le hago una señal para que hable ella.
—Hemos leído que la datación es muy antigua.
La guía asiente.
—El complejo tiene varias zonas construidas en diferentes épocas —mientras nos cuenta esto, saca de su bolso unas hojas plastificadas que usa durante sus excursiones para visualizar mejor lo que explica—.
Como podéis ver en el plano, hay cuatro enclaves.
Este que tenemos justo aquí —dice señalando al más grande de todos—, es el recinto D y las dataciones por radiocarbono han indicado que tiene una antigüedad de casi doce mil años.
—Es sorprendente… —susurra Lucía.
—Estamos hablando, así por encima, del año 10000 antes de Cristo.
Ya había leído algo por el estilo, aun así, impresiona estar aquí y verlo en persona. Imagínate admirarlo en sus inicios.
Me lo apunto.
—Así es. Quizá algún día, si consiguen vaciar el resto de la zona, nos llevemos alguna que otra sorpresa más.
—En aquella época solo había cazadores recolectores. ¿Cómo es posible que se asentaran en un lugar en concreto para levantar esto? —quiere saber Lucía.
—Los estudios han confirmado que eran cazadores recolectores, como bien dices, porque no hay restos de agricultura cerca y sí muchos huesos de animales, pero, al contrario de lo que creíamos, es posible que aquellos hombres no crearan la agricultura y después los pueblos que más tarde serían ciudades.
Lucía la escucha con mucha atención.
—¿Entonces? —pregunta.
—Creemos que este era un lugar de peregrinación, un punto de reunión para las tribus de la zona.
Suponemos que acabaron por instalarse en los alrededores, posiblemente, porque este emplazamiento era importante para ellos —la guía nos señala en el papel lo extenso que es el espacio que queda por desenterrar—.
De pequeños grupos pasaron a asentamientos más grandes, lo que llevó a la necesidad de cultivar en el territorio para alimentarse sin necesidad de dejar la zona.
—Primero se formaron los pueblos y después llegó la agricultura —dice Lucía, pensativa .
—Así nos lo revela este enclave —confirma sin más.
—Es posible que estemos ante el detonante que marcó el cambio más importante de nuestra civilización.
La guía asiente, sonriente.
Lucía se asoma a la barandilla y mira hacia el yacimiento, donde un montón de piedras nos dan la bienvenida.
La primera impresión que tengo al verlo es extraña.
En un primer vistazo parece como si hubiese caído una bomba en el centro y estuviera contemplando los restos de lo que algún día fue una ciudad.
Después, cuando me fijo mejor, van apareciendo círculos y paredes hechas de pequeñas piedras.
Entre ellas, sobresalen decenas de moles verticales, como dólmenes rectangulares, muchos de ellos apuntalados con maderos, casi todos con representaciones de animales esculpidas a mano.
—Hay muchas posibilidades de que nos hallemos ante la primera obra que la humanidad levantara como lugar de culto —continúa contando la guía a la vez que se vuelve hacia nosotros—.
Creemos que los que edificaron este lugar, sin duda, tenían habilidades muy avanzadas, algo que no imaginábamos para esos seres de la prehistoria, pero lo cierto es que lo hicieron aun disponiendo de herramientas básicas, la mayoría de ellas de piedra.
Se gira de nuevo y señala hacia el yacimiento que emerge bajo la lona moderna.
—Entonces, ¿todo esto solo era un espacio de culto donde se reunían las tribus asentadas alrededor? —inquiere Lucía, que no deja de hacer fotos con su móvil.
Aylin asiente con la cabeza.
—Así es. Por lo que sabemos, aquí no vivía nadie, a excepción, quizá, de algunos sacerdotes —nos explica con interés. Se nota que ama este lugar.
La guía camina unos pasos hacia su izquierda, siguiendo la barandilla que rodea el recinto circular, y se aleja de un grupo de turistas que acaba de llegar .
—¿A qué o quién estaba dedicado este templo?
Aylin mira a Lucía, encantada con la pregunta.
—Muy buena cuestión. No lo sabemos con certeza, pero si seguimos las constantes que siguen la mayoría de los templos del mundo, juraría que está dedicado a los animales.
—Supongo que lo dices porque los únicos iconos tallados en la piedra representan animales—le digo a la vez que señalo al yacimiento.
—Al igual que un santuario egipcio tiene faraones en sus paredes —indica Lucía con gran acierto—. O una iglesia católica tiene frescos de Jesucristo o de miembros de su familia.
—Yo creo, y es una opinión particular —nos indica la guía en voz baja—, que fue una manera mística de invocar a esos animales para que pasaran por aquí en sus migraciones y poder cazarlos, cuando se asentaron y dejaron de ser cazadores nómadas. Quién sabe…
Todo puede ser.
—¿Hay algún león entre los grabados? —pregunto. Hay que mover ficha sin perder más tiempo ya que, según el texto que nos ha traído hasta aquí, hemos de buscar la mirada vigilante del león cuando vea la primera luz del alba y averiguar si el elegido será acogido en su seno.
—Curioso que lo preguntes —me dice la guía unos pasos más adelante—.
Casi nadie se interesa por el león. Todos se fijan en la serpiente, en el lagarto ese que desciende por la piedra —señala hacia lo lejos, donde puedo ver a dicho animal tallado con maestría—, o en la losa aquella en la que puedes ver un escorpión debajo de un buitre junto a un toro.
—¡Es espectacular! —exclama Lucía haciendo otra foto.
La guía recorre con calma la zona, con su mano resbalando sobre el pasamanos de madera que corona la barandilla que nos resguarda de caer al yacimiento.
—Ahí puedes ver el león —me informa a la vez que señala con su brazo extendido .
Sigo la dirección que marca y lo veo.
Está cincelado en una enorme piedra que tiene forma de letra T. En lo alto de la losa, en su parte más ancha, la figura del felino se apoya en sus dos patas traseras, con la cola erguida, dejando ver unos dientes feroces y afilados.
—Es maravilloso —susurra Lucía.
—No tenían las herramientas propicias y, aun así, lograron desgastar toda la superficie de la piedra y dejar el relieve de los animales en cada una de ellas.
—Es verdad, es un relieve. Pues eso son muchas horas de curro.
La guía me mira extrañada.
—De trabajo, quiero decir. Muchas horas de trabajo.
—Por supuesto —confirma.
—¿Este león tiene algo especial que no tenga el resto de las esculturas? —pregunta Lucía para ir atando cabos.
—No, que sepamos —responde, dejándonos más fríos que un cubito de hielo.
Pues vamos bien.
Lucía y yo nos miramos, algo defraudados, sin decir nada.
—Bueno, sí. Quizá, lo único especial, si es que se puede decir así, es que ese león es el primer animal al que llegan los rayos de sol en el equinoccio de primavera.
Por nuestras mentes resuenan las palabras del texto que nos ha traído hasta aquí: «…cuando la mirada vigilante del león vea la primera luz del alba».
—¿Solo en el equinoccio de primavera? —pregunta Lucía.
—Sí. Solo sucede el día 20 de marzo a eso de las seis de la madrugada —responde convencida.
Nos mira y ve en nuestras caras un atisbo de sorpresa—.
No es porque me lo sepa de memoria, qué va, es que hay excursiones guiadas para aquellos que quieran ver salir el sol desde este lugar durante los equinoccios y los solsticios.
Los dos asentimos .
Estamos pensando lo mismo.
Hay que venir la mañana del equinoccio y verlo in situ .
O saber exactamente por dónde sale el sol ese día y mirar hacia allá.
La segunda opción, por descontado, es más sencilla, ya que la otra implica tener que viajar al pasado y comprobarlo en persona, algo complicado si estoy con Lucía.
—¿Sabes por dónde sale el sol la mañana del equinoccio de primavera? —le pregunto.
Ella se queda pensativa.
Tras un instante, abre mucho los ojos y sonríe.
—¡Venid! —ordena, antes de pasar por delante de nosotros y caminar hacia el otro extremo del recinto.
Al llegar a un punto concreto, saca su teléfono móvil, trastea en él durante un momento y me lo muestra.
—Ven aquí. Justo aquí —me dice señalando una parte en particular de la barandilla.
Me coloco exactamente donde ella apunta y miro hacia el frente. Veo la piedra que tiene el león esculpido casi de perfil. Desde mi posición apenas se distingue la figura del felino porque estamos a su espalda, mirando hacia el mismo punto que él mira.
Aylin me muestra la pantalla de su móvil y puedo ver una foto hecha desde ese mismo lugar.
—Esta foto fue tomada… —toca la pantalla con el dedo y sube la imagen—… el pasado 20 de marzo a las seis y dos minutos de la mañana, justo cuando el sol aparecía en el equinoccio de primavera.
Miramos la pantalla del teléfono y vemos con claridad que el sol aparece entre dos colinas, por el lugar exacto donde se unen.
—Impresionante —opina Lucía—. Debe de ser espectacular observar esto en directo.
La guía asiente .
—Así es. Diría que es casi mágico.
Al cabo de otra hora de explicaciones muy interesantes, he de decir, damos por finalizada la visita y nos despedimos de Aylin, no sin antes apuntarme su número de teléfono por si necesitamos saber algo más.
Cuando nos quedamos solos, Lucía me observa con mirada interrogativa.
—Ya sabemos por dónde empezar a buscar —le digo con una sonrisa cómplice.