Capítulo 48
Hotel Çiftehan
Sanliurfa
A la hora prevista salimos del hotel en el que hemos pasado la noche.
No es muy grande pero sí bonito y muy romántico, palabras de Lucía.
Justo en la puerta, Peter ya nos espera con un coche alquilado.
Nos subimos y emprendemos la marcha hacia Göbekli Tepe.
Desde aquí todavía nos queda casi una hora de trayecto para llegar al lugar que nos interesa.
Si todo va según lo previsto, en la excavación nos estará esperando Aylin, una de las encargadas del lugar y de las que más sabe acerca de toda su historia, al menos de la que han descubierto hasta ahora.
Ayer llegamos sin contratiempos al pequeño aeropuerto de Sanliurfa, una ciudad situada al norte del yacimiento de Göbekli Tepe.
A Lucía le costó horrores conciliar el sueño.
Estaba muy nerviosa. Normal. Yo también lo estaría si voy descubriendo, poco a poco, cosas nuevas de mi pareja, a cuál más increíble.
Le conté todo excepto un dato sin importancia que me he dejado para explicarlo in situ , cuando llegue el momento. Es ese temita de nada de que puedo viajar en el tiempo.
¡Ah, sí! Tampoco le he comentado el verdadero peligro que corre ni que si no entrego el velo en unas pocas horas es posible que todos acabemos muertos .
Ella estaba más fascinada por otros asuntos, así que, en mi defensa, señoría, he de decir que no se habló del tema y que yo solo me limité a contestar lo que me preguntaron.
En ningún momento mentí.
Lucía flipó por enésima vez cuando le conté el entramado de empresas que tengo.
También con el hecho de que me dedico a recopilar y exponer objetos por todos los museos del mundo.
No me preguntó nada sobre dinero, pero no hay que ser muy listo para saber que, si dispones de los medios para venir hasta aquí, tal y como lo hemos hecho nosotros, es porque la economía de las sociedades que poseo no va mal del todo.
El paisaje árido pasa rápido ante nuestros ojos.
Podríamos haber pillado un taxi, pero estaremos demasiado lejos de la ciudad.
La cercanía de una de mis personas de confianza al punto desde el que salto me ha salvado la vida varias veces, así que he decidido no arriesgarme y que Peter se quede esperando cerca de nosotros, por si salto al pasado.
O saltamos, que no lo tengo nada claro todavía.
Todo depende de si encontramos lo que estamos buscando en este tiempo, pero, por si acaso, he metido en el coche mi mochila de salto con los artículos básicos, ya que me han salvado el culo en más de una ocasión.
Y de cinco.
Lucía se ha vestido con ropa y calzado cómodo para caminar. Lleva una gorra negra para protegerse del sol. Yo voy como siempre, más o menos.
—Todavía estoy dándole vueltas —dice ella.
Yo asiento.
—Cuando Laura me decía que en los sótanos de los Mora hay chanchullos que sobrepasan los límites de la legalidad, vamos, es que no tiene ni idea, la pobre.
Laura es nuestra amiga mosso.
—Todo lo que tengo es legal .
Ella me mira.
—A ver, Quim, que legalices una empresa y pagues los impuestos es una cosa, pero —levanta los dedos haciendo la señal internacional de comillas irónicas—, no me digas que todas las reliquias que encuentras se compran o venden de forma legal. —Cierra comillas.
—Muchas de las que he adquirido han sido obtenidas de forma ilegal, es cierto, pero solo las que estaban en colecciones privadas y no en museos.
—Es mentira. Estas las robo directamente.
Con nocturnidad, alevosía y mucho gusto—.
Al hacerme con ellas consigo sacarlas de las sombras para exponerlas de forma pública y que todo el mundo disfrute de ellas.
Puedes verme como una especie de superhéroe de las reliquias.
—Sí, hombre, por supuesto. Te voy a llamar el Robin Hood de los candelabros, no te fastidia.
Esbozo una sonrisa. Noto que ella sigue dándole vueltas en su cabeza.
—Es mejor que estén en un museo que en una colección privada —le digo al cabo de unos segundos.
—El fin justifica los medios. Eso me quieres decir.
—En algunos casos, por mucho que nos pese, así es.
Mira hacia la carretera desértica por la que vamos.
Suspira.
Sabe que en el fondo tengo razón, aunque no comparta mis métodos. Es consciente de que mi forma de actuar es mejor que la de los ladrones o traficantes de arte que expolian y venden solo en el mercado negro.
Necesita tiempo para aceptarlo.
O eso espero.
—¿Quiénes son esos que nos persiguen? —pregunta en voz muy baja cambiando de tercio.
Mierda, pensaba que se había olvidado de este tema.
—Son como mi némesis —le respondo .
—Sí, claro, porque, como bien sabe todo el mundo, no hay superhéroe que se precie que no tenga un villano contra el que luchar —protesta ella.
—Aunque te parezca mentira, así es —respondo yo en voz baja. No quería decirlo, era más una cavilación que una contestación.
—Ya hemos llegado —anuncia Peter, salvador.
Miro el paisaje que nos rodea y veo montañas áridas a los lados.
Nada más bajar del coche siento en mi cara el polvo arrastrado por el viento, mientras el aroma terroso de la hierba reseca me invade.
Lucía no dice nada, solo observa hacia la lejanía, hacia una colina que se encuentra al final del camino que tenemos delante, sobre la que podemos distinguir una estructura de plástico blanco que rompe la estética del lugar.
La sensación de estar ante el templo más antiguo del mundo me pone la piel de gallina.