Capítulo 47
Bar de Rosa
Mientras espero a que Lucía acabe de preparar su maleta, he bajado al bar de mi tía para despedirme de ella.
Siempre que me marcho de viaje paso antes a darle un beso de despedida.
A ella le gusta saber cuándo me voy, cuándo volveré, dónde voy a estar…
todas esas cosas que una madre preguntaría.
Ella no lo es, pero como si lo fuera. Mi padre, que todavía seguía en el bar, también se acerca a decirme adiós.
—¿Os vais ya?
—En diez minutos pasan a buscarnos —le informo.
—Lucía va a alucinar pepinillos —me suelta con una sonrisa traviesa—. Daría lo que fuera por verle la cara.
Imagina lo que se me viene encima.
Nada más acabar de hablar esta mañana con Lucía y confirmarle que nos íbamos juntos de viaje, flipó por primera vez.
Cuando le dije que se hiciera la maleta porque esa misma noche teníamos el vuelo, flipó por segunda vez.
Le voy a contar mi secreto, así que he decidido premiarla con el paquete completo.
No el prémium, porque algo tengo que guardarme por mi propia seguridad.
Y por la suya. Lo de la cripta secreta no se lo voy a contar, más que nada porque si fuera poseída por un ladrón de mentes, no me gustaría que esos mamones supieran todo lo que tengo oculto ahí abajo.
Es demasiado valioso como para perderlo .
No sé si lo he contado alguna vez, pero los ladrones de mentes absorben las habilidades, los conocimientos y los recuerdos de toda persona que poseen.
Parece una maravilla, pero, en realidad, es demasiada información para una sola mente.
Por eso se jubilan tan jóvenes y dejan de viajar antes de llegar a los cuarenta, porque al final casi todos acaban medio tarados.
Por eso mismo, mi padre y yo hemos quedado en decirles a todos que nos vamos a Roma a pasar unos días.
En caso de que posean a alguno de ellos, no quiero que sepan nuestro destino real, no sea que se nos adelanten y se hagan con las dos partes del velo antes que nosotros.
Entonces sí que estaríamos en una peligrosa desventaja.
Con el velo en mi poder, podré negociar.
—Ya está aquí tu bella acompañante —informa mi tía al ver a Lucía entrar por la puerta, maleta en mano.
Se acerca hasta la barra y sonríe.
—Estoy nerviosa como una colegiala —suelta entre risas. Tiene la cara colorada por las prisas—. No sabía ni qué ropa meter.
—Tú vas a estar guapa con lo que sea —le dice mi tía con cariño—. Y más yendo de la mano de este piltrafilla.
Mi padre se ríe a carcajada suelta, al igual que mi tía y Lucía. La madre que la trajo.
—¿Tú de qué te ríes, Feliciano? Que tú tampoco estás pa tirar cohetes —le suelta a mi padre. Solo le llama así cuando quiere echarle la bronca o recriminarle algo.
Hoy tiene para todos.
—Yo me río de Janeiro —le contesta el otro sin poder dejar de desternillarse. Vaya par de dos.
Mira que quiero a mi Rosa, pero es más bruta que un arao .
Mi móvil vibra.
Lorenzo ya está esperándonos donde siempre.
—Venga, que nos vamos —le digo a Lucía .
Después de las despedidas oportunas, salimos a la calle y vamos caminando hasta la plaza del Ángel, donde Lorenzo aguarda en el coche.
Nada más llegar a la altura de la parada del metro, lo veo.
—Es aquel coche negro de ahí, el del fondo —le digo a Lucía. Se lo queda mirando, extrañada.
Creo que se piensa que es un Uber en lugar de un taxi.
Al acercarnos, el maletero se abre solo. Guardamos las bolsas en el interior y nos metemos en el coche.
—Señor Mora, me alegro de verle de nuevo —saluda Lorenzo, que hoy no se ha bajado para ayudarme con las maletas como hace normalmente.
Ha sido a petición mía.
Mucho me temo que nos estarán siguiendo y no quiero que lo reconozcan y lo posean algún día. Le he pedido que se ponga un disfraz, por si poseen a Lucía. Ni ella misma podría reconocerlo sin tanta parafernalia.
—Muy bien, Lorenzo, gracias por preguntar. ¿Qué tal estás tú? Ella es Lucía —le suelto de carrerilla.
— Enchanté —le dice Lorenzo, sonriendo.
—¿Siempre pillas al mismo conductor de Uber? —me susurra Lucía al oído, extrañada.
—Lorenzo es mi conductor de confianza —le confieso, también en voz baja. Dejo que esta información le cale por unos segundos—. El tema es que hoy necesito que se haga pasar por un conductor de Uber.
—¿Por qué?
No quiero preocuparla, pero creo que debe saber que hay más gente que rastrea la reliquia que perseguimos.
—No somos los únicos que vamos tras el objeto que buscamos. Es muy posible que nos estén siguiendo y no quiero que sepan de su existencia.
—¡Ah, muy bien! ¿Y que sepan de la mía no te importa ?
—Siento decirte que a ti ya te conocen, al igual que a toda mi familia y a mis amigos más cercanos.
Lucía flipa por tercera vez en pocas horas.
—Quim, ¿corremos peligro?
—Después, durante el vuelo, te contesto a lo que quieras. Pero no aquí —le digo al oído en voz baja—. Lorenzo no debe enterarse de según qué cosas.
Ella me mira, entorna los ojos, levanta la barbilla, asiente sin decir nada y se gira para contemplar las calles de la ciudad.
Pocos minutos después, Lorenzo entra en el aparcamiento del centro comercial de la avenida Icària. Aparca el coche en la segunda planta y apaga el motor.
Nos mira por el retrovisor.
—Nos bajamos aquí y cambiamos de vehículo.
Dos minutos después, salimos en una furgoneta de reparto de una empresa de frutas. Lucía no dice nada, solo observa. Entramos en el parquin de la torre Mapfre. En cuanto llegamos a la primera planta, el coche se detiene delante de los ascensores y Lorenzo se baja para sacar las maletas.
Lucía se queda fuera de juego.
No entiende nada de nada.
—¿No vamos al aeropuerto? —me susurra.
—Tú sígueme la corriente y después, durante el vuelo, me haces todas las preguntas que quieras —repito de nuevo.
Lucía asiente, seria.
Lorenzo se despide y nosotros entramos al ascensor.
La cara de Lucía es un poema.
En el fondo me lo estoy pasando pipa.
El ascensor sube hasta la última planta y salimos al helipuerto, donde nos está esperando Peter, con una sonrisa, junto al helicóptero. En ese instante Lucía se queda petrificada y flipa por cuarta vez. Aunque esta valdría por dos.
O hasta por tres .
Me mira y, sin hacer ni una sola pregunta, camina orgullosa y se sube al helicóptero, después de dejarle la maleta a Peter.
Él no va disfrazado, se lo he comentado, pero ha respondido diciendo que no le tiene miedo a nadie.
Y yo no le voy a contar que ese nadie lo puede poseer en la distancia, sin que él se entere, así que tocará arriesgarse.
Durante el trayecto hasta el pequeño aeropuerto de Sabadell, Lucía me mira de vez en cuando. Sus ojos me dicen que no entiende nada, pero que esperará, por mucho que le cueste.
Al bajar del helicóptero y entrar en el hangar donde nos espera el avión privado, se planta.
Deja su maleta en el suelo, se gira, me mira, pone los brazos en jarras y, sin decir ni una sola palabra, cosa que solo pueden hacer las mujeres, me transmite por telepatía todas las preguntas que tiene en su lista.
Para calmarla un poco, porque, aunque ella no lo quiera reconocer está un pelín nerviosa, me acerco, la abrazo y le digo al oído que confíe en mí.
Por suerte, Zoe aparece y nos invita a subir al avión.
Lucía sonríe por inercia, sin saber qué decir.
Entramos en la cabina y nos sentamos.
—Salimos en cinco minutos —anuncia Peter.
—¿Desean alguna bebida? —pregunta Zoe.
—Agua con gas, por favor —le digo.
—Un gin-tonic para mí, bien cargado, por favor. Doble de cargado, si puede ser. Muchas gracias —pide Lucía.
Zoe me mira y sonríe.
Está claro que sabe de qué va esto.
En el tiempo indicado, el avión despega y la voz de Peter se oye a través de la megafonía.
—Tal y como teníamos previsto, despegamos a las cinco en punto, sin retraso.
Las condiciones atmosféricas son favorables y tendremos un viaje tranquilo.
La duración del vuelo será de cuatro horas y diez minutos.
Aterrizaremos en el aeropuerto de Sanliurfa a las diez y diez de la noche, hora local.
En breve serviremos la cena. Espero que disfruten y puedan descansar.
Dicho esto, Lucía se gira y me mira.
Da un trago largo y se acaba lo poco que quedaba de su bebida. Tras una mueca extraña, fruto de la acidez del limón, clava sus ojos en los míos, dispuesta a escuchar todas las respuestas que necesita.
—Bueno, amigo mío —dice Lucía, despacio, saboreando el instante—, ya estamos en el avión, así que ha llegado el momento de empezar a contar verdades.