Capítulo 44
Tienda de Quim
Lo primero que hago nada más entrar a la tienda es escribir en una hoja las frases que, gracias al efecto Pausa, han quedado grabadas a fuego en mi mente.
Mi padre cierra la puerta con llave. No quiere visitas inesperadas.
Se coloca al otro lado del mostrador y me observa en silencio.
Sabe que en este instante estoy rebuscando en un lugar recóndito de mi memoria.
En cuanto acabo de copiar el texto lo miro.
—¿Tú también recuerdas todo lo que te sucede mientras estás en el pasado? ¿También es como si tuvieras una memoria fotográfica perfecta?
—Así es —responde él—. Precisamente, yo lo llamo así: memoria fotográfica.
—Yo lo llamo efecto Pausa. También llamo así al hecho de que no envejezcamos nada mientras estamos en el pasado.
—Está bien buscado —indica mi padre, pensativo—. Es cierto, es como si nuestro cuerpo estuviera en pausa.
—En fin… Este es el texto que encontré —le informo.
Mi padre lo mira, atento.
—Así que esto es lo que estaba grabado en las tablillas que encontraste dentro de un cofre, que a su vez estaba escondido en un arca, que se hallaba en el interior de un cubo, bajo unas grutas ocultas por el monasterio de El Escorial —resume mi padre de carrerilla, recordando paso por paso lo que le expliqué ayer noche en el hospital.
Yo asiento.
—Sin olvidarnos de que ese cubo solo se pudo abrir gracias a mi ADN —le recuerdo, por si había olvidado ese dato tan extraordinario.
—Y no tienes ni idea de cuándo se pudo construir ese artefacto. Ni siquiera aproximadamente —indica él.
Yo niego con la cabeza.
—Solo sabemos que las tablillas están escritas en hebreo antiguo —le recuerdo de nuevo.
—«El Velo de Cronos, tejido con los hilos del tiempo, confiere el dominio de las eras. Su poder eterno aguarda, dormido, hasta que sus mitades se unan» —lee mi padre con una voz profunda, como si estuviera recitando una obra clásica de teatro.
—Este primer texto creo que es algo así como una nota informativa de lo que es el velo —opino.
Él asiente dándome la razón antes de comenzar a leer el segundo.
—«Junto al gran Purattu, bajo las arenas de los originarios círculos olvidados, cuando la mirada vigilante del león vea la primera luz del alba, el elegido será acogido en su seno».
—Aquí estoy algo perdido, he de admitir.
Pasa la hoja y mira con atención el tercer texto.
—«Donde el viento susurra a la montaña del león que rodea la serpiente mojada, cuando la primera luz ilumine sus fauces, el elegido será acogido en su seno».
—Sobre este tengo una ligera idea —le revelo.
Él asiente sin decir nada.
Está pensativo.
—El primer texto se refiere a qué nos enfrentamos. No tengo claro qué es el Velo de Cronos, pero sí que tiene que ver con los viajes en el tiempo —informa mi padre, bastante convencido—. Yo diría, o así lo entiendo, que el que posea ese objeto se puede convertir en un viajero del tiempo.
—Eso mismo pensé yo. Quizá por esa razón los ladrones de mentes lo quieren, para poder viajar en el tiempo como lo hacemos nosotros —indico al ver las cosas algo más claras de repente.
—Mejor que nosotros —añade, señalando con el dedo sobre una de las líneas que he escrito—. «Confiere el dominio de las eras», dice aquí... Y, mucho me temo, que se refiere al pasado, al presente y al futuro.
—¿Crees que el que posea ese objeto puede viajar a su antojo por el tiempo? —pregunto, impresionado.
Él asiente.
—Del segundo texto… Me suena el nombre de Purattu. Déjame pensar dónde lo he escuchado antes —murmura, concentrado.
—Yo busqué información en Internet y encontré que las primeras civilizaciones de Sumeria llamaban Purattu al río Éufrates —le informo para adelantar tiempo.
—¡Es verdad! —exclama él, contento—. Ahora lo recuerdo. No solo los sumerios, también los babilonios y los asirios lo llamaron así, Purattu —indica, melancólico, mientras recuerda, seguramente, lejanas vivencias en el lugar.
—El segundo texto creo que se refiere a la Esfinge de Guiza cuando habla de la montaña del león. Y al Nilo cuando habla de la serpiente mojada —le informo.
—Tiene mucho sentido —admite mi padre—. Ahora mismo el Nilo está lejos de la Esfinge, pero si pensamos que esto se pudo escribir hace miles de años, te puedo asegurar, sin duda ninguna, que yo he visto el Nilo correr muy cerca de la montaña de piedra que tenía una cabeza de león antes de que un faraón egocéntrico se la cambiara por la suya .
—Yo también —le confieso—. Muchos años antes de la que dicen que es su fecha oficial de construcción.
—Así es, cuando todavía no existía ni una sola pirámide en toda la meseta —añade mi padre con una sonrisa.
Está claro que él también ha estado por aquella zona mucho antes de que se pareciera a la que hoy conocemos.
—En resumen, podemos decir que una de las mitades puede hallarse en la zona del Creciente Fértil y la otra en El Cairo —indico para ir aclarando puntos.
En ese instante se oyen unos golpes en la puerta.
Es Lucía que intenta entrar y no puede.
—Ya voy yo —le digo a mi padre.
—Vigila, Quim —me susurra—. Ya no podemos fiarnos de nadie. Han podido poseer a cualquier persona de las que nosotros conocemos. A cualquiera —remarca.
Tiene razón.
Menos a nosotros dos, pueden poseer a quien quieran. Nosotros nos libramos porque no pueden ocupar la mente de nadie de su estirpe. Aunque seamos primos lejanos. Ni a otros ladrones de mentes ni a los Señores del Tiempo.
Le abro la puerta y Lucía entra.
Sonríe.
Me planta un beso en los labios.
Es ella, por descontado.
Nos acercamos al mostrador, junto a mi padre, que ha guardado la hoja en la que yo he apuntado las frases.
—¡Hola! Me han anulado la visita guiada, así que tengo la mañana libre y he pensado en pasarme a veros —nos informa con una sonrisa en la cara.
Ninguno de los dos dice nada.
Yo le digo a mi padre, sin palabras, que es ella. Sin lugar a duda, Lucía no está poseída en estos momentos. O eso espero .
—¿Qué estáis tramando? —pregunta al vernos callados y tan serios—. ¡Venga, va! Os ayudo a lo que sea que estéis haciendo, que estoy aburrida.
Mi padre no dice nada, se limita a mover la cabeza diciendo que sí a todo.
Lucía me mira y entiende que algo no va bien.
—Bueno… Creo que mejor os dejo solos —dice, antes de darse la vuelta y comenzar a caminar hacia la puerta.
Es uno de esos momentos en los que me gustaría contarle en qué estamos inmersos, pero no puedo involucrarla ni ponerla en peligro más de lo que ya está, solo por ser mi novia.
—¡Espera! —grita mi padre, antes de que se vaya.
Lucía se vuelve y nos observa.
Mi padre me mira y asiente.
Ella se acerca unos pasos.
Él saca la hoja y la coloca de nuevo sobre el mostrador. Lucía la estudia y, por su expresión, intuyo que reconoce mi letra.
—Estamos repasando unos textos que Quim ha logrado traducir, pero nos hemos atascado en este —indica mi padre, colocando el dedo sobre una de las líneas—.
Según cuenta una vieja leyenda, hay una importante reliquia oculta en algún lugar de la antigua Mesopotamia, pero no sabemos con exactitud dónde.
Lucía se acerca de nuevo.
—Qué interesante…
Sonríe mientras se quita una chaquetilla fina que lleva y la deja sobre el mostrador.
—Este escrito cuenta que una parte de la reliquia está junto al río Éufrates, bajo las arenas de los originarios círculos olvidados.
Mi padre ya le ha dicho el texto con el nombre actual del río para facilitarle las cosas .
—Quizá «originarios» también se podría traducir por «los primeros» —añado por si sirve de algo.
Lucía se queda pensativa.
Su mirada se pierde por la tienda, a la vez que camina por el local, sin destino fijo, dando vueltas.
—Los originarios círculos olvidados…
Pronuncia en un murmullo, mientras su mente conecta los datos.
—Que yo sepa, no hay círculos por aquella zona. Todas las construcciones que se han encontrado son típicas del lugar, pero no circulares —nos informa, aunque está hablando más para ella misma que para nosotros.
—Eso mismo pensamos nosotros —le digo.
No me escucha.
Está demasiado concentrada.
De repente, se gira con los ojos muy abiertos y nos mira. Se acerca hasta donde estamos y repasa lo escrito.
—¡Claro que sí! —exclama emocionada—. Hay un lugar, se puede decir que fue descubierto recientemente y que cumple con lo que se cuenta aquí. Son unas edificaciones de forma circular, olvidadas bajo las arenas, ya que las enterraron hace milenios, y que están en la zona que buscáis.
—¿Qué lugar ese ese? —pregunto.
—Göbekli Tepe —responde sin vacilar.