Capítulo 43
Bar de Rosa
Mi mente vuela lejos de la barra del bar sobre la que estoy apoyado.
Ya me he tomado el segundo café del día, pero sigo igual de atontado.
Ya me lo advirtió David antes de irme de la clínica, que debía quedarme otro día más para eliminar todo resto de veneno de mi organismo.
Pero así de cabezón soy yo. Eso sí, le prometí que iba a beber como mínimo cuatro litros de agua cada día para echar rápido los restos de acónito hasta que no quede ni rastro en mi cuerpo serrano.
Mi tía está a lo suyo en la cocina.
Hoy no me presta demasiada atención y eso es bueno.
No tengo ganas de hablar ni de quejas. En cuanto venga Lucía, que ya debería haber llegado, me tomaré otro café y me iré directo a la tienda, donde he quedado con mi padre para empezar las indagaciones sobre los lugares en los que puede estar escondido el velo de las narices.
No dejo de pensar en los días anteriores.
Repaso cada momento en mi memoria, intentando averiguar quiénes son los tipos que me han visto en el pasado y que ahora ya me conocen.
Es imposible de saber.
Cualquiera que se asomara a uno de los pasillos de El Escorial y me descubriera merodeando por allí ya es un peligro en potencia.
Podría ser un ladrón de mentes de cualquier lugar y tiempo.
Los de la empresa que visitó mi padre no son más que una sucursal de otras muchas que hay repartidas por el mundo.
No hay posibilidad de saber cuántos conocen ya mi secreto.
De momento, y hasta que no se me ocurra una solución, debo seguir el camino que esos mamones han marcado, sin salirme de la ruta. La vida de mis seres queridos corre peligro y no quiero, por nada del mundo, que se los carguen por hacer una tontería.
Una mano se posa en mi nuca, me baja de las nubes y me devuelve al taburete del bar de mi tía.
Me giro y la veo.
Es Lucía.
Sonríe y me siento un poco más feliz.
Me planta un beso cariñoso en los labios, seguido de un abrazo cargado de buenas vibraciones. No quiero cansarme nunca de esta ñoñería que siento cada vez que me besa o me toca.
Vértigo, que el mundo pare. Qué corto se me hace el viaje.
—¿Qué tal ha ido por los Madriles ? —quiere saber.
Para ella me fui ayer por la mañana a primera hora. Para mí ha sido toda una aventura agotadora y extraña, en la que he conocido al poderoso rey Felipe II y en la que casi he vuelto a palmarla.
—Nada nuevo. Todo muy aburrido —le miento.
—Bueno, otra vez será. Cuando menos te lo esperes te encontrarás con un tesoro de los de verdad.
—Ya lo he encontrado —le digo con cariño.
Otro beso más.
Un fugaz pensamiento pasa por mi mente y me recuerda que tanto su vida como la de toda mi familia penden de un hilo .
—¿Qué te pasa? No tienes muy buena cara —me dice Lucía mientras me acaricia el rostro, atenta, como siempre.
—No he dormido muy bien —esta vez no miento.
Al apoyarme en la barra y hacerle un hueco para que ella coloque su taburete, noto un pinchazo en el brazo que me recuerda la herida de arma blanca de ayer.
—¿Qué planes tienes hoy? —quiero saber.
—Tengo un grupo que quiere hacer una excursión guiada por el barrio judío. He quedado en quince minutos.
—Muy bien. Hace sol y un tiempo agradable para caminar por las calles del centro.
Ella asiente mientras le hace señales a mi tía para que le sirva lo de siempre.
—¿Qué vas a hacer tú?
—Nada especial. Estaré en la tienda con mi padre para ponerle al día —informo. Es una mentira a medias. En la tienda estaremos, pero buscando pistas sobre el velo, por supuesto.
—Acabaré sobre las dos y media. Si me esperas podemos comer juntos. Si estás libre, claro —sonríe y me guiña un ojo.
—Por supuesto —le contesto con otra sonrisa.
Mi tía deja el cortado de Lucía y me sirve otro café. Levanta la vista y sus ojos, hoy algo apagados, cobran vida al ver entrar a alguien por la puerta.
—¿Qué te pongo, currante? —pregunta mi tía.
Mi padre aparece y se acerca hasta la barra para sentarse junto a Lucía.
—Un café bien cargado para el menda lerenda —le dice.
Lucía sonríe.
Yo también.
Mi tía niega con la cabeza mientras se lo prepara.
—Hola, Félix. ¿Qué tal tu reencuentro con la tienda? —le pregunta Lucía, después de saludarlo con un beso .
—Bien. Todavía necesito tiempo para ponerme al día, pero en breve ya estaré listo para encargarme yo solo de todo. Seguro que venderé más que este piltrafilla.
—Más quisieras tú —le chuleo, aunque tengo claro que así será, principalmente porque estar detrás del mostrador ya no es mi prioridad, solo una pantalla para llevar a cabo mi verdadera misión.
Observo a mi padre y veo la preocupación en su cara. La intenta disimular ante mi tía y Lucía, pero yo sé que está ahí y que la procesión va por dentro.
—¡Listo! —exclama mi padre tras beberse el café de un solo trago—. Venga, deja ya de palomear que tenemos trabajo. Te espero en la tienda.
Dicho esto, le guiña un ojo a Lucía, se pone en pie y comienza a caminar hacia la puerta.
—¡Hasta luego, Lucas! —dice antes de salir y perderse en la soleada calle.