Capítulo 42
Consulta de David
Creo que me he quedado traspuesto en cuanto Peter y Víctor se han marchado de la clínica tras comprobar que seguía vivito y coleando.
Hoy estaban especialmente preocupados por mi estado, a pesar de que no ha sido la primera vez que me han encontrado herido, sin sentido y vestido con ropas extrañas.
No me quiero ni imaginar las locas ideas que deben pasar por sus cabezas.
La puerta de la habitación se abre. David se asoma, en silencio, y sonríe al ver que estoy despierto. Se acerca hasta la cama y observa el monitor que mide mis constantes.
—Tu padre acaba de llegar —me informa. A pesar de que el horario de visitas finalizó hace horas, no le va a negar a mi padre la entrada.
El doctor me interroga con la mirada. Ya sé por dónde va. No se puede aguantar, el tío.
—¿Acónito otra vez? ¿En serio?
Yo me encojo de hombros.
—Por suerte esta vez no te ha mordido ningún lobo —ironiza. Espera un par de segundos—. Ni te han acribillado con flechas medievales.
Qué chafardero. Seguro que analizó las últimas flechas que me clavaron y averiguó de dónde venían. Pues habrá flipado.
—Nada que decir, supongo —indica, serio .
—Lo hago por tu bien, amigo —es verdad, aunque no se lo crea.
—Mireia cree que eres un agente secreto.
—¿Acaso tengo pinta de agente secreto? —me miro el cuerpo y queda claro que no. Él sonríe con ganas.
—No sé, tío, pero espero que lo que haces valga la pena. Si no te cuidas, un día de estos llegarás en coma profundo y poco podré hacer por ti.
Noto la preocupación en sus palabras.
Sé que me tiene en gran estima.
—No te preocupes, que a tu mejor cliente no le pasará nada malo —bromeo.
—Solo lo justo para que pueda seguir facturando —me suelta, el muy mamón, entre risas.
Dicho esto, me choca la mano y se marcha de la habitación.
Enseguida entra mi padre.
En cuanto lo miro, percibo la preocupación en su gesto.
Mi sentido arácnido se activa de nuevo y me eriza la piel de los brazos. Me incorporo en la cama con más esfuerzo del que me gustaría.
Se acerca y se sienta a mi lado. Puedo ver que sus ojeras están más marcadas de lo normal. El cansancio acumulado y cierto desasosiego le están haciendo mella.
—¿Estás bien? —quiero saber. Algo me dice que no.
—¿Tú estás bien? —pregunta él a la vez, con la voz apagada. Supongo que verme tumbado en una cama de hospital, lleno de cables y tubos, es suficiente para que su voz tiemble como la de un niño en medio de la noche después de una terrible pesadilla.
—No es nada que no haya superado otras veces —le digo para que se tranquilice.
Y es verdad .
En el fondo él lo sabe. Seguramente habrá pasado por cosas así en multitud de ocasiones a lo largo de sus viajes. Yo a este paso me voy a volver inmune a esta mierda de veneno.
—No le has dicho a Lucía que estoy aquí, ¿no?
Mi padre niega con la cabeza.
—Perfecto. Porque ya le he enviado un mensaje diciendo que volveré mañana, así me dará tiempo a recuperarme.
Mira al monitor que controla mis constantes, que ahora está en silencio, y pasea después la vista por la habitación de la clínica, la misma en la que estuvo él no hace mucho, simulando que despertaba de un coma casi eterno.
—¿Qué pasa? —le pregunto de nuevo.
Mi padre me observa, serio.
—Tenemos un problemón del quince —me suelta.
—Cuéntame…
—Nos acercamos a las oficinas de la empresa para intentar averiguar las identidades de los ladrones de mentes de este tiempo —me cuenta con voz pausada—.
Me acompañaron el librero y el relojero.
Todo iba normal. Nos sentamos en la recepción como si estuviéramos esperando a alguien y nos dedicamos a grabar a todo el que pasara por allí.
—Algo salió mal, me temo.
Él asiente.
—Mal no. Peor.
—Unos vigilantes de seguridad aparecieron de la nada y nos detuvieron. Nos arrastraron hasta una celda en la que nos dejaron encerrados durante horas.
Mi cara de asombro lo debe de estar diciendo todo.
—Al pobre Alfonso casi le da un patatús.
Niega con la cabeza, recordando esos momentos.
—Después me llevaron a mí solo a una sala donde tuve una reunión muy interesante. Había dos mujeres, que me imagino que son las que dirigen el cotarro, y otro tipo más .
Mi padre da un sorbo a una botella de agua que traía en la mano. Yo aguardo sin decir nada para que siga con su historia.
—Saben quiénes somos —me suelta así, a bocajarro.
Y tanto que lo saben.
Qué me vas a contar.
—Ese tipo era un ladrón de mentes. Me dijo que te había visto minutos antes junto a Felipe II en El Escorial. Él estaba en el cuerpo de un sacerdote.
—Ya lo sé —le informo—. ¿Por qué te crees que estoy postrado en esta cama de hospital? Han intentado envenenarme en cuanto quise escapar de ellos.
Mi padre afirma con la cabeza. No le extraña.
Coloca su mano encima de la mía.
—Ya saben quién eres, Quim. Te han vigilado durante toda la semana, en el presente y en el pasado.
Bebe agua de nuevo.
Yo también estoy preocupado.
—Están al tanto de que vamos tras el Velo de Cronos.
—Y lo desean —me dice en voz baja, como si la habitación estuviera llena de gente—. Quieren que les lleves el velo o nos matarán a todos. A ti, a mí, a nuestra familia, a nuestros amigos… A todos.
Durante un instante ninguno de los dos hablamos.
—Nos van a liquidar igualmente. Lo sabes, ¿no?
—Está clarinete que a nosotros dos nos van a eliminar tarde o temprano, ahora que saben nuestras identidades —corrobora sin dudarlo ni un segundo—.
Pero si no les entregamos el dichoso objeto te aseguro que, además, morirán todos los que conocemos.
Y eso es algo que sí podemos y debemos evitar a toda costa.
La intranquilidad se adueña de la habitación por algunos minutos en los que nuestras mentes trabajan a toda velocidad en busca de una solución al dilema que tenemos ante nosotros.
Ninguno de los dos llegamos a ninguna conclusión .
Es casi imposible salir vivo de esta situación, ahora que conocen nuestras identidades.
—Puedo volver a ayer y acabar con ellos —le digo.
—Eso mismo pensé yo mientras estaba reunido con el mierdecilla ese y las dos brujas.
Pero lo han previsto todo para que eso no pase —indica mi padre, enfadado.
Impotente más bien. O ambas cosas a la vez—.
No solo lo saben ellos. Ya hay ladrones de mentes que nos conocen en distintos tiempos y lugares.
Tienen orden de eliminarnos si nadie les exige lo contrario.
—Si me cargo a la gente de esa empresa no quedará nadie para cumplir con el encargo —le digo con convencimiento.
—Ya hay demasiados implicados. Además, no serán ellos los que se ensucien las manos. Nunca lo han hecho. En el fondo son unos cobardes que solo se dedican a observar. Si no cumplimos con el plazo que han marcado llevarán a cabo su amenaza —resume mi padre.
—Hay demasiadas ramificaciones en marcha que ya no se pueden detener —opino en voz baja, pensativo—. Aunque vuelva y mate a esas dos brujas nada más nacer, nada cambiaría para nosotros.
—Eso me temo —murmura él.
—¿Cuándo se cumple el plazo de entrega?
—Nos han dado cuarenta y ocho horas —indica mi padre mirando el reloj—. Y ya han pasado más de tres.
—¡No me jodas! ¡Es imposible encontrar el velo en tan poco tiempo! —protesto y con razón—. Todavía no sé ni por dónde tengo que empezar a buscar.
—Ellos saben que el tiempo no es un problema para ti.
También es verdad. Puedo saltar un año atrás y empezar a buscar con ese margen. Esos cabrones se las saben todas.
—¿Qué opina el dúo Sacapuntas de todo lo que ha sucedido? —quiero saber, porque esos dos no tienen un pelo de tontos. Se deben oler que algo extraño está sucediendo .
—Solo les he dicho que nos arrestaron para sacarme información sobre el Velo de Cronos —explica mi padre, especialista en inventar mentiras creíbles en un segundo—.
Les he convencido de que esta gente tiene una sección muy importante que se dedica al trapicheo de antigüedades y que se enteraron de que íbamos tras el velo.
—¿Y se lo han creído? —Me extraña.
—Ya sabes cómo son estos dos —mi padre levanta las cejas y pone cara de no saber—. Seguramente, no, pero tampoco quieren indagar más de lo necesario. Les importa, sobre todo, que estemos a salvo.
—Estos dos nunca dejarán de impresionarme —le digo con una sonrisa.
Él asiente con un gesto cómplice. También los quiere mucho.
—Por cierto, ¿qué has averiguado sobre ese objeto?
Le hubiera gustado venir conmigo, estoy seguro.
—Algo realmente impresionante.
—Cuéntamelo todo. No te dejes ni un detalle —me dice, nervioso, agarrándome de la mano y acercando su silla un poco más a la cama—. Quiero conocer cada pormenor de lo que has hecho como si hubiera estado allí contigo.