El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Consulta de David

—Le está costando horrores despertar —advierte Mireia, la enfermera jefa—. Más que en otras ocasiones, que ya es decir.

—¿Qué dicen los segundos análisis? —pregunta el doctor.

—Lo mismo: envenenamiento por acónito —ratifica Mireia, mientras comprueba una vez más la tensión y la temperatura de Quim, que sigue totalmente dormido.

—Ya es la segunda vez que viene con una dosis mortal de ese veneno —recuerda el doctor a la vez que niega con la cabeza—, y es la segunda vez que se salva por los pelos.

Quim le ha prometido una y mil veces que algún día le contará toda la historia, aunque, por el momento, solo deja caer pinceladas de confusa información.

—Te digo yo que es un espía —indica Mireia.

—El Jason Bourne del barrio Gótico —responde David con una sonrisa. En el fondo sabe que hay algo más complicado, si cabe, en todo lo que rodea la vida del hombre que lleva tumbado en la cama desde que llegó moribundo.

La puerta de la habitación se abre y por ella entran dos tipos. David los mira y saluda con la cabeza. Son los que siempre aparecen cuando Quim está en serios problemas. Estos tres personajes forman el equipo de confianza de Quim.

—¿Algún cambio? —quiere saber el más mayor de los dos tipos que acaban de entrar .

—Nada nuevo todavía —responde el doctor—. La herida del brazo no era importante, pero iba acompañada de una dosis de veneno muy alta que su cuerpo debe eliminar por sí solo.

David señala hacia la bolsa de suero que cuelga de una percha y que lleva alimentando al paciente desde que llegó.

Después, su mano se mueve hasta la bolsa de orina colgada a los pies de la cama.

No entiende cómo Quim se ha podido envenenar por acónito y no morir en el intento.

No es la primera vez, aun así, no pregunta nada.

—Ya se ha bebido tres bolsas y ha llenado dos, no creo que tarde en despertar —añade Mireia, antes de salir de la habitación.

Ninguno de los presentes dice nada.

No lo han hablado entre ellos, pero saben que hay dos códigos que deben respetar: discreción y disponibilidad.

Uno de los hombres se acerca a la cama y se sienta en una de las sillas que hay al lado.

Suspira.

Se le ve cansado.

Es Víctor, su asistente personal.

Víctor Giménez es un tipo que ronda los cincuenta, moreno, con el pelo alborotado y una tez que se mantiene bronceada todo el año.

Aunque su relación con Quim comenzó como algo puramente comercial, con el paso de los años se ha convertido en una muy buena amistad.

Víctor ya no trabaja con nadie más que con Quim porque requiere de tanta dedicación que ha tenido que dejar al resto de sus clientes para dar abasto con todo lo que le demanda.

Pero no le importa. Como le dijo Quim en su día: «Vas a cobrar lo suficiente como para que no precises de otro trabajo.

Te necesito disponible veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

No te voy a llamar mucho, pero cuando lo haga, debes responder.

Es posible que mi vida dependa de ello».

Y vaya si depende .

Cada vez que Víctor contesta una llamada y escucha «te necesito» o «ven rápido», su vida se acorta unas semanas porque sabe que es cuestión de minutos que su amigo muera. Y la mayoría de las veces por cosas tan inusuales y extrañas que prefiere no preguntar, aunque le gustaría.

Sin embargo, Peter McAllister, el tercer hombre en el equipo de Quim, no se ha cuestionado nunca en qué puede estar metido su extraño cliente.

Y eso que lo que él ha visto haría que cualquier persona en el mundo se lo preguntara.

Tanto él como su mujer, Zoe, trabajan a tiempo completo para Quim y se encargan de todo lo que tenga que ver con los dos aviones y el helicóptero que su cliente tiene a nombre de una de sus empresas, desde pilotarlos, hasta obtener los permisos de vuelo, hablar con aduanas, rellenar combustible, reservar hoteles, asistir durante los viajes, mantener las revisiones al día o preparar los menús de a bordo.

Por supuesto, todo este despliegue se paga, y mucho, pero sirve para salvar la vida de Quim como ya ha sucedido decenas de ocasiones.

—¿Qué ha pasado? —balbucea el paciente, con la voz pastosa y los ojos todavía cerrados.