Capítulo 40
Bar de Rosa
En cuanto Félix abre la puerta del bar y entra, seguido de don Emilio y don Alfonso, Rosa los mira desde la barra, en especial a su hermano.
Sus ojos se clavan en los de él, traspasan la barrera de lo natural para colarse en lo más profundo de su mente y rebuscar entre sus pensamientos.
No se sabe cómo lo hace, pero Rosa tiene un sexto sentido capaz de oler los problemas a kilómetros de distancia.
Y esta vez, por supuesto, tampoco le falla.
La dueña del bar los mira. Los observa. Los estudia.
Se percata de las ropas arrugadas y las marcas de sudor resecas. Advierte la cara de mala leche de don Alfonso y sabe que nada bueno ha sucedido. Aun así, no pregunta.
Rosa los conoce demasiado bien.
Si quieren explicar algo, ya lo harán.
—¡Hombre! El trío reunido. Vaya pintas traéis. ¿Habéis ido a la playa a daros un baño o es que venís de hacer futin por el paseo Marítimo? —disimula como solo ella sabe hacer.
—Mi querida Rosa, te ruego que, por esta vez, te ahorres tus comentarios. Solo anhelo un trago reparador que porte en su esencia un grado de alcohol capaz de aquietar mis nervios y devolver el cauce perdido a mi fatigada circulación .
—¿Qué te ha pasado? Tienes la cara más blanca que una estatua de mármol —le pregunta a su hermano, haciendo caso omiso de los comentarios de don Alfonso.
Félix niega con la cabeza.
No sabe qué contarle.
La verdad no se la puede decir a nadie, ni siquiera a sus compañeros de celda, que han estado encerrados junto a él en ese horno del infierno demasiado tiempo. Por suerte, ninguno de ellos ha preguntado nada. Saben de qué van estos temas y que es mejor esperar a que uno esté preparado para abrirse.
Aun así, Félix ha tenido tiempo para pensar en una excusa creíble durante el trayecto de vuelta, pero no sabe durante cuánto más va a poder guardar el secreto de su estirpe si los ladrones de mentes se empeñan en meter por medio a su familia y amigos.
Llegará el momento en el que todos se pregunten qué está pasando en realidad.
Y mucho se teme que ese día no tardará demasiado en llegar.
Su mayor preocupación no es otra que tener noticias de Quim.
Ellos saben quién es su hijo y eso le carcome por dentro.
A pesar de que las dos mujeres han dejado muy claro que no van a dañar a Quim ni a ninguno de ellos si consiguen el velo, Félix sabe que, si algo no sale como ellos quieren, en menos de cuarenta y ocho horas estarán todos muertos.
Cuarenta y ocho horas. Ni más ni menos.
Ese es el límite que han marcado.
Está seguro de que no se van a arriesgar a dejar a un Señor del Tiempo con vida. Siempre han deseado acabar con ellos y esta, sin duda, es una oportunidad única para erradicarlos de una vez por todas.
—¿Que qué te pasa? —pregunta su hermana.
—Nada, Rosa, no ha pasado nada, solo que estábamos investigando a una gente que nos daba mala espina y nos han pillado en plena faena —contesta Félix al cabo de unos segundos.
No miente, aunque tampoco dice toda la verdad; le gustaría, pero no puede—.
Nos han leído la cartilla y ya está, por eso estamos un poco descolocados.
Rosa se los mira con atención.
Conoce los trapicheos familiares que siempre se han llevado a cabo y esta situación no le sorprende. Cosas peores y más extrañas ha vivido.
Estaba a punto de cerrar el bar, pero ella sabe cuándo su familia y sus amigos necesitan su apoyo.
—Id pensando qué os pongo mientras bajo la persiana, que ya es hora de cerrar y no quiero que entre nadie más.
—Calma, Rosa mía, que bien seguro estoy de que ya has dejado la parrilla limpia y pulida como un espejo, y no deseamos en modo alguno interferir en tus propósitos —indica don Alfonso.
—Pues claro que está limpia y no la voy a ensuciar de nuevo, pero para vosotros siempre habrá comida disponible, aunque no tengo nada claro que os lo merezcáis —contesta la dueña del bar a la vez que baja la persiana a la mitad y cierra la puerta con llave.
—No sabes cómo te queremos, Rosita —le dice don Emilio, que siempre la llama por el diminutivo cuando le habla con cariño—. Cuánta falta le haces a esta familia.
—Lo que tengas hecho nos va bien, no te compliques, algo frío y rápido nos vale —le dice Félix.
—Pues marchando unas tostadas de escalivadas con anchoas y otras de jamón serrano con pan con tomate, que eso es rápido y así no ensucio la cocina.
—Me parece perfecto. Muchas gracias. Pero no olvides el licor de buen temple, aquel que sosiega los nervios, aviva el espíritu y levanta la libido, lo justo para afrontar el alba con renovado ímpetu —le recuerda don Alfonso.
—Tu libido ya no la levanta ni un milagro divino —contesta Rosa con una sonora carcajada—. Acércate a la catedral a ver si confesándote y poniendo dos docenas de velas lo consigues, aunque sea por pena.
—Calla, calla, ni menciones a mis amigos del clero, que solo me faltaba que esos charlatanes vendehúmos de feria vinieran a rematar un día que, por sí solo, ya ha sido de lo más completo —refunfuña don Alfonso, negando con la cabeza mientras se seca el sudor de la frente con un pañuelo blanco e impoluto.
—Si creyeras en algo te iría mejor en la vida, mi querido amigo —opina don Emilio, mucho más creyente—. La fe es esperanza, algo que te alumbra en momentos oscuros. Es poderosa.
—Qué poderosa ni poderosa… —protesta don Alfonso.
—Somos muchos los que creemos en el poder de la fe, demasiados como para estar equivocados, y eso es algo que no puedes refutar ni obviar —añade don Emilio.
—Es imposible rebatir la fe, mi querido amigo, porque a ella no le hacen falta argumentos ni pruebas, es, sencillamente, cuestión de fe —sentencia don Alfonso, cansado y serio.
Pasado el tiempo, los tres amigos empiezan a recobrar la confianza truncada. Los tragos a la botella de la bebida espirituosa que don Alfonso ha demandado con tanta insistencia también han ayudado a ello.
—¿Y bien? —dice don Emilio.
Ha sido el primero en preguntar lo sucedido.
—Eso mismo digo yo —le sigue don Alfonso.
Ambos esperan, chupito en mano, un relato detallado de lo que ha pasado durante la reunión que Félix ha mantenido con la gente de la endemoniada empresa, tras la cual los han dejado libres sin más explicaciones que un empujón y un «no volváis por aquí o será mucho peor».
Félix los observa mientras piensa .
Da otro tiento al orujo casero que ha servido su querida hermana y decide que es hora de hablar. Se merecen una explicación, no toda la verdad, pero sí parte de ella. Al menos hasta que no le quede más remedio que desvelarlo todo, momento que confía en que no llegue jamás.
—Como bien sabemos, esta gente se dedica a muchas cosas y a ninguna buena —comienza a contar Félix mientras sus dos amigos lo miran con atención—.
Una de las ramas que más trabajan son las antigüedades.
Ellos saben que yo soy historiador, al igual que Quim, y, no me preguntéis cómo, pero se han enterado de que vamos tras el Velo de Cronos.
Y, casualidades de la vida, resulta que ellos llevan años buscándolo.
—¿Cómo demonios se pueden haber enterado de que estabais tras la pista de tal objeto? —inquiere don Alfonso.
—Son poderosos, mi querido amigo, más de lo que nos imaginábamos. Y eso ya lo dice todo —le contesta don Emilio, conocedor de lo que un gran poder es capaz de lograr.