Capítulo 38
Edificio Vimley C&S
En cuanto la puerta de la celda se abre, don Alfonso se lanza a la salida.
El tipo que acaba de abrirla ve cómo un señor mayor, que apenas puede caminar, se le acerca a cámara lenta con el brazo levantado y con intenciones claras de agredirle.
La imagen es tan desconcertante que le da tiempo a decidir entre torearlo y que pase de largo o darle una patada en el pecho y estamparlo contra la pared opuesta.
Por suerte para don Alfonso, finalmente decide frenarlo en seco y sentarlo en una de las sillas con la misma facilidad que a un niño de corta edad.
—Ya no estamos para estos trotes, Alfonso —se oye decir a don Emilio, resignado.
—O me dejas salir de aquí ahora mismo, o te juro por lo más sagrado, que no es otra cosa que mi Atlético de Madrid, que te haré pasar un calvario que ni en tus peores pesadillas podrías imaginar —le suelta don Alfonso mientras el hombre lo mantiene sentado a la fuerza con una sola mano.
—¡Tú! —exclama el vigilante dirigiéndose a Félix—. Ven conmigo.
Dicho esto, se da media vuelta y se dirige hacia la puerta.
Espera a que Félix salga de la sala y la cierra sin decir nada más, dejando a don Emilio y a don Alfonso encerrados de nuevo en un horno que cada vez es más agobiante.
Incluso con la puerta cerrada, Félix puede escuchar los insultos de su amigo el relojero a varios metros de distancia.
El vigilante de seguridad, que hoy hace también las veces de carcelero, se detiene poco después delante de una enorme puerta transparente.
A través de ella, Félix puede ver a dos mujeres y a un hombre sentados alrededor de una enorme mesa ovalada.
Las tres personas lo miran desde la distancia.
Tras ellos, Félix puede contemplar, gracias a unas enormes cristaleras, la silueta anaranjada de la montaña de Collserola iluminada por un sol que a punto está de ocultarse tras ella.
—Pasa, te están esperando —ordena el vigilante.
Félix empuja la puerta y entra.
Al pasar por delante de la mesita que siempre está repleta de bebidas y comida, no pregunta si puede coger una botella de agua. Solo lo hace, la abre y se la bebe casi de un trago.
—Siéntate, por favor —le indica el hombre.
Félix se acerca hasta una de las sillas y se sienta de cara a la puerta de entrada, dejando un par de asientos libres entre ellos.
—Félix Mora —observa la mujer morena—. Quién nos iba a decir a nosotros que aquí, en esta misma ciudad, y ahora, en nuestra misma época, nos íbamos a encontrar con todo un Señor del Tiempo.
Las pulsaciones de Félix se aceleran.
Él sabe quiénes son, y, al parecer, ellos también saben quién es él.
Y eso no es nada bueno.
—No sé de qué me estás hablando —contesta él.
—¡Vamos, por favor, señor Mora…!
La voz del hombre retumba irónica por toda la sala.
—No nos trates como a idiotas —añade la mujer rubia, tuteándolo, sin respeto alguno. Su mirada es fría, penetrante.
Félix ha conocido a multitud de mujeres como ella, siempre al lado de hombres poderosos que creen dominar ciudades e imperios cuando, en realidad, son ellas las que lo hacen con sigilo, pacientes, sabedoras del enorme poder que poseen.
—Hoy mismo me he encontrado con su hijo Quim —indica el hombre, que le sigue tratando de usted.
Félix no sabe qué pinta el tipo en este asunto. No sabría cómo catalogarlo, solo tiene claro que es una víbora venenosa y traicionera. Le cae muy mal sin siquiera conocerlo.
—Yo era un jesuita del siglo XVI, persona de confianza del rey Felipe II. Su hijo ha aparecido por El Escorial para reunirse con él.
Las pulsaciones de Félix están a mil.
Lo saben todo.
—¿Qué queréis? —pregunta sin rodeos.
—Queremos lo que nos pertenece por derecho —contesta la mujer rubia, con la mandíbula tensa—. Lo que nos robasteis hace ya muchos siglos.
—No sé de qué me hablas —niega Félix.
Ruth sonríe, más por rabia que por gracia.
—Queremos volver a viajar en el tiempo como lo hacíamos antes. Como nunca debimos dejar de hacerlo —añade la mujer morena, mucho más calmada que la otra. Félix imagina que ella es la que lleva las riendas en esta empresa.
—Yo no os he robado nada. Nadie os ha quitado nada, para ser honestos. Lo que sucedió fue casual y ninguno de nosotros tuvo la culpa.
—Eso no quita que lo queramos de vuelta —refuta la mujer rubia. Félix no sabe sus nombres y está claro que ellas no se lo van a decir.
—Yo no puedo hacer nada al respecto.
Félix se encoge de hombros.
Es cierto, lo que le piden es imposible. Está fuera del alcance de cualquiera. Incluso volviendo al momento exacto, nadie puede evitar que el poder de viajar en el tiempo se manifieste en dos hermanos gemelos de distinta forma .
—Sabemos que tú no puedes, pero tu hijo sí.
Félix nota el odio en la mirada de la rubia.
—Quim no tiene ese poder —protesta Félix.
La mujer se levanta, camina unos pasos hasta la ventana y se queda observando las vistas, como si estuviera sola en la sala.
—Sabemos que Quim no puede hacer nada por devolvernos el poder que nuestra familia poseyó, pero el Velo de Cronos sí. —Tras decir esto, se gira para clavar su mirada en la de Félix. Hay maldad en sus ojos—. Y, por vuestro bien, más te vale que tu hijo lo encuentre y nos lo traiga hasta aquí.