Capítulo 37
Presente
Jardines de El Escorial
En cuanto llego al presente, una tremenda bofetada de calor abrasa mi cuerpo por completo. Sin poder hacer nada para remediarlo, caigo de espaldas al suelo y todo a mi alrededor comienza a volverse negro como la noche.
—¡Señor! ¡Señor!
La voz de un hombre resuena en mi cabeza.
Me zarandea con fuerza.
Abro los ojos con mucho trabajo y un estallido de dolor aparece en mi brazo. En el mismo momento, todavía con los ojos medio cerrados, percibo un líquido frío cayendo en mi boca y en mi cara.
No sé qué está pasando.
No sé dónde estoy.
Logro ver a un hombre que me mira asustado.
—¿Está bien?
He vuelto al presente, recuerdo.
— Mi mojila —acierto a decir con la voz más pastosa de lo que me gustaría—. Neeíto meihina .
Quiero mi mochila y la medicina.
—¿Qué dice, buen hombre? —pregunta el chaval .
—Meicina —le digo. Estás sordo o qué.
Apenas consigo mover la boca. La noto hinchada.
Intento levantar el brazo derecho, pero no puedo.
Me duele horrores.
Levanto la barbilla y señalo hacia la copa del árbol que tengo a mi lado. Veo que es un chaval joven. Mira hacia donde señalo y se asombra al atisbar una bolsa entre las ramas del frondoso árbol.
Tarda dos segundos en reaccionar.
Alguien me echa más liquido en la cabeza.
—¿Qué clase de ropa lleva? —le oigo preguntar.
Me giro y veo que es otro chaval.
Ambos van vestidos con un uniforme, creo que son del mismo equipo de fútbol. Menos mal. Seguro que estaban jugando en el campo que hay aquí al lado y se han topado conmigo. Deben de estar flipando.
Más agua fría por mi cabeza.
— Gacia —logro decir. Ni yo me entiendo.
Más agua todavía.
Y más.
Se han juntado dos más y están vaciando botellas como locos. Ya está bien, tampoco hace falta que me tiréis todo el Manzanares encima.
Aun así, les doy las gracias. O lo intento.
El chaval se acerca con mi bolsa.
Bendita bolsa y bendito el momento que decidí dejarla siempre en el lugar de los saltos.
La abre y me la muestra.
El dolor del corte en el brazo estalla de nuevo al intentar alargarlo para coger lo que necesito. Noto que la oscuridad se acerca para envolverme en su manto. Es una sensación casi agradable, cuanta más negrura, menos dolor.
Más agua por mi cabeza, cuello y espalda.
Me despierto de golpe .
Como puedo, meto la mano en la mochila y saco un tubo autoinyectable de color rojo.
Lo apoyo contra mi hombro herido, aprieto y al instante siento el calor recorriendo mis entrañas.
No sé qué carajo contiene esta cosa, pero David, mi colega el médico, me dijo que si alguna vez me volvían a envenenar me lo pusiera lo más rápido posible.
Y si él lo dice, yo obedezco.
Saco el teléfono de la bolsa y marco.
—Dime —contesta Víctor al instante.
—Aiuda. Ápido —logró decir con gran esfuerzo.
—Estoy ahí en un minuto.
Un segundo después de escuchar la respuesta del que siempre es mi salvador, el calor me invade como una ola de fuego de tal magnitud que el dolor de mi brazo desaparece del todo, al mismo que tiempo que el mundo que me rodea.