Capítulo 36
Edificio Vimley C&S
El calor del interior de la celda hace que los tres hombres sufran como si estuvieran en pleno verano.
Dos de ellos se han quedado en manga corta, y no se quitan los pantalones por pudor.
El tercero, el más mayor, solo se ha quitado la chaqueta, pero sigue con la camisa y la corbata puesta como si el calor no fuera con él.
Aun así, el cabreo que tiene es cada vez mayor.
—Malditos charlatanes cagamandurrias de tres al cuarto.
Vuestro mutismo me lo paso por el arco del triunfo como si fueran las tropas francesas a su regreso de las guerras napoleónicas.
Sé perfectamente que podéis oírme, necios de tomo y lomo.
¿A qué demonios aguardáis para mostrar vuestras cartas? ¡Insensatos!
—Relájate, Alfonso, que te va a dar algo —aconseja Félix, al ver la cara sonrojada de su amigo el relojero.
—¿Cómo quieres que me relaje aquí encerrado? Lo que me va a dar es un soponcio si no salimos en menos de un minuto. Ya se me ha pasado la hora de la pastilla de las ocho, y eso no augura nada bueno para mi circulación.
—No podemos hacer nada, amigo mío. Ya sabes cómo funcionan estos temas. Solo nos queda tener paciencia y esperar —indica en voz baja y con calma don Emilio .
—No me queda más que maldecir a la semilla que los creó, una y otra vez, hasta que se dignen a abrir esa condenada puerta.
Y os aseguro que, en cuanto cruce el umbral, mi bastón encontrará su camino hasta un lugar de sus cuerpos que jamás ha conocido la luz del sol —protesta don Alfonso, con las pulsaciones demasiado aceleradas.
—Amigo mío, estate tranquilo, esta situación no va a ir a más —indica Félix para tranquilizarlo.
—No es la situación lo que le preocupa —murmura don Emilio—, son los espacios pequeños y cerrados como este. Jamás los ha podido soportar.
—Llevo preso más tiempo del que mis nervios pueden tolerar. ¡Abrid esa puerta de una maldita vez, mamelucos!
Los dos amigos observan en silencio cómo su agonía va cada vez a peor. Saben de buena tinta, porque son perros viejos y sabios, que eso es como gasolina para el fuego para sus opresores. Cuanto peor estén los encerrados, antes se rendirán y hablarán hasta por los codos.
Desde la sala de vigilancia, Samuel sonríe al ver los aspavientos del señor de la perilla. Según las hojas que el servicio de seguridad le ha pasado, no son más que dos abuelos retirados y un profesor que había sido dado por muerto hasta hace apenas unos días.
La información real que el enviado del Sumo conoce de primera mano es que, uno de ellos, Félix Mora, el que fuera profesor de carrera, arqueólogo por devoción y recién aparecido de la nada tras ocho años perdido, es, además, padre de Quim Mora, un Señor del Tiempo que él mismo pudo ver durante su último viaje al siglo XVI en las dependencias del rey Felipe II, mientras ocupaba el cuerpo de un sacerdote jesuita.
Un Señor del Tiempo original, de los que aparecen una vez cada cinco o seis generaciones.
Y da la casualidad de que es contemporáneo suyo.
De su misma época, algo que jamás habría podido predecir.
Como tampoco hubiera podido adivinar que se lo iba a encontrar durante uno de sus saltos.
Ni mucho menos atraparlo y mantenerlo preso en el pasado, si los tres desgraciados que dejó a cargo de su vigilancia no lo hubieran dejado escapar.
En cuanto Samuel se enteró de la muerte de sus tres hermanos, dedujo que habían sido asesinados por el Señor del Tiempo.
Sintió tal rabia que a punto estuvo de matar a Félix, su padre, pero se contuvo.
También quería acabar rápido con Quim y cerrar el asunto.
Pero no eran esas sus órdenes. Él se debe al Sumo Sacerdote de Roma y este persigue algo mucho más complejo que la vida de un Señor del Tiempo, por muy importante que sea su eliminación y la de todos sus ascendentes a los que, tarde o temprano, en cuanto tengan lo que desean, van a encontrar y eliminar, por supuesto.
El Sumo persigue un objeto que ha estado oculto desde que se creó, hace tanto tiempo que cayó en el más oscuro de los olvidos.
Si no hubiera sido por la extensa red de espías que tienen repartido a lo largo del mundo y de las épocas, jamás se hubiera enterado de la lejana leyenda que advertía de su existencia.
La información final obtenida después de todos los estudios, que han durado tanto como el reinado de los últimos cinco Sumos Sacerdotes, apuntaba al monasterio de El Escorial como el punto de destino.
El resto de las averiguaciones fueron rápidas y sencillas.
Gracias a los múltiples contactos de los que disponen, pudieron averiguar la existencia de la gruta secreta y de la edificación en forma de cubo.
La estudiaron durante décadas hasta que llegaron a la conclusión de que aquella fortaleza era inviolable, al menos para ellos, los ladrones de mentes.
El informe final del estudio no dejó ninguna duda: «Si entramos a la fuerza es posible que lo que alberga el interior del cubo se autodestruya. Exclusivamente un marcador genético muy concreto podrá abrir el sello. Y nosotros no lo poseemos».
A partir de ese momento solo tuvieron que sembrar las semillas necesarias, en distintos lugares y en distintas épocas, hasta llamar la atención de uno de esos hombres que sí disponen del preciado y adecuado gen. Y Quim Mora fue el que ganó el premio gordo al caer en la trampa.
En ningún momento se hubiera imaginado que, nada más llegar al monasterio, ya estaba vigilado de cerca. Con un retrato robot de la época averiguaron su identidad, así como la de su familia y amigos.
—Llevad a Félix Mora a la sala de juntas —ordena el enviado del Sumo, sabedor de las leyes de esa antigua estirpe que alguna vez fue también su familia, que dicta que todo primogénito debe conocer los secretos de su clan, aunque no tenga la suerte de ser un Señor del Tiempo, para poder transmitir la información de generación en generación hasta que aparezca el siguiente.