Capítulo 34
Presente
Edificio Vimley C&S
Junto a la sala de viaje, en la que los ladrones de mentes se encierran para saltar en el tiempo, hay una pequeña estancia que se ha usado muy pocas veces.
Es una celda de seguridad que se ideó por si era necesario encerrar a alguien a la espera de que llegaran los cuerpos de seguridad.
Esta tarde, la celda está al completo y nadie ha llamado a la policía para dar parte ni denunciar robo alguno.
Los tres hombres que la ocupan fueron capturados por el equipo se seguridad de la empresa. En cuanto Samuel dio la orden, bajaron a la recepción y se los llevaron sin que tuvieran tiempo para protestar.
Antes de meterlos en la celda, requisaron todo lo que llevaban encima, a pesar de las negaciones airadas y los insultos de don Alfonso, que exigió en todo momento la presencia de los representantes de la ley, así como de un licenciado en abogacía de su elección que, por supuesto, nadie llamó.
—¿Han dicho algo nuevo? —pregunta Samuel, el enviado del Sumo, que en este instante se halla en la sala de seguridad desde la que se pueden ver todas las cámaras de vigilancia de la oficina, así como las de recepción.
—Nada nuevo todavía. Apenas hablan —informa uno de los tres guardias que siempre hay en la habitación .
—Son astutos. Deben de saber que los estamos vigilando, aunque no vean las cámaras —opina Samuel.
—Lo único que hacen es gritar para que les llevemos agua y algo de comer —informa el de seguridad—. El de la perilla no para de decir que quiere un brandy para la tensión, además de insultarnos con palabras raras.
—¿Cuánto llevan encerrados?
—Algo más de dos horas.
—¿Has subido la temperatura de la celda?
—Cuatro grados cada hora. Ya están a treinta y cuatro.
Samuel asiente, satisfecho.
—Perfecto. En una hora los interrogaremos.
Dicho esto, sale por la puerta con aires de vencedor.
Camina unos metros y pasa por delante de la sala de viaje, en la que tres hombres permanecen acostados en sus cómodas butacas mientras que sus mentes permanecen lejos de allí, en el siglo XVI, junto al joven Quim.
En ese instante, los tres hombres comienzan a respirar más rápido de lo normal, hecho que llama la atención de la única persona que permanece despierta dentro de la estancia.
Es un doctor que se encarga de vigilar las constantes de los viajeros mientras ellos están dormidos.
En caso de incidente, él puede optar por administrarles una droga que les hará volver y despertar al instante.
Es un seguro de vida para evitar que mueran junto al cuerpo que poseen.
Las alarmas de los tres monitores se disparan a la vez.
Antes de que el médico pueda decidir qué hacer, uno de ellos muere. Ha sido rápido, muy rápido.
Un sudor frío resbala por la frente del doctor.
La indecisión lo atenaza.
Piensa durante demasiado tiempo hasta que por fin decide despertar a los otros dos para evitar problemas .
En cuanto se acerca a uno de ellos para inyectarle la droga que lo hará volver, un pitido molesto y continuo le revela que también ha muerto.
Antes de que alcance a inyectar al tercer hombre, el único que queda con vida, el agudo silbido de la máquina señala que no hay nada que hacer.