El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Pasado

Cerca de El Escorial

Tras escuchar muy atentamente todo lo que me tenía que decir, el poseído soldado real me lleva hasta el exterior de la cueva.

En la puerta, montando guardia, hay dos hombres más.

Son dos aldeanos de la zona que también han tenido la desgracia de ser poseídos.

Me miran con asco y con algo de miedo. Lo puedo notar en el fondo de sus ojos.

No tengo ni idea de dónde estoy.

A mi alrededor solo hay monte, pero puedo ver que el sol se está poniendo justo delante de nosotros, por lo que deduzco que caminamos hacia el oeste.

Tras unos quince minutos de caminata, el soldado se detiene. Se gira y me mira con atención.

Muy serio.

Su mano descansa sobre el mango de su espada.

—Ahora debemos volver, justo desde aquí. Cuando llegues a tu presente, unos amigos nuestros te estarán esperando. Obedece y haz todo lo que te digan. ¿Entendido?

Yo asiento.

—Si tienes pensada alguna tontería, recuerda que tu padre está a menos de diez metros de donde yo estaré en cuanto vuelva —me amenaza de nuevo—. Lo mataré con mis propias manos, no tengas ninguna duda .

—Si matas a mi padre jamás tendréis el Velo de Cronos.

—Si no nos entregas el velo, además de matar a tu padre, mataremos a toda tu familia, amigos y vecinos. Me cargaré hasta a tus compañeros de instituto, si es necesario.

Su mirada de psicópata lo dice todo.

Es evidente que, después de que este tema acabe, nos matarán a todos. A mí el primero. A mi padre, después. Y el resto de la familia irá detrás.

Sé que estoy en desventaja, pero no confío en ellos.

Su única meta ha sido acabar con todos los Señores del Tiempo. Ahora que me tienen, no me van a dejar escapar. Ni a mis antepasados. Ya saben quiénes somos.

Me pregunto por qué no lo han hecho todavía.

El Velo de Cronos debe de ser algo muy valioso para ellos. Indudablemente, más que nuestras vidas. Pero me necesitan, porque sin la información que tengo jamás podrán encontrarlo.

Me necesitan.

Eso es. No puedo morir todavía.

Me necesitan vivo para encontrarlo.

No tengo nada que perder.

Me la voy a jugar.

Sin pensarlo ni un segundo más, algo que siempre me ha traído más problemas de los que hubiera deseado, me lanzo contra ellos.

Al primero que pillo por sorpresa es al soldado, al que le hundo la tráquea de un puñetazo.

Antes de que pueda comprender lo que está sucediendo, su cuello cruje como si hubiera pisado una rama seca.

Este ya no va a hacerle daño a nadie de mi familia.

Un segundo después, los otros dos tipejos se lanzan contra mí. No quiero matarlos, pero debo. Lo siento, pero así de dura es la vida. Si vuelven a mi presente y explican que he intentado acabar con ellos, se cargarán a todos los que conozco. Y eso es algo que no voy a permitir.

Un cuchillo pasa delante de mis ojos .

La mano que lo agarra es firme pero lenta.

En su segundo intento, detengo el golpe, le retuerzo la muñeca y le quito el arma. Acto seguido, se la clavo en el pecho. Hasta el fondo.

El segundo tipo está a mi espalda.

A mi memoria vienen tres palabras y una imagen: Ushiro Mawashi Geri y mi sensei Hanzō pateándome la cabeza, como hizo mil veces durante duros años de entrenamiento.

Dicho y hecho.

Le lanzo una patada a la vez que giro mi cuerpo y cae al suelo casi sin sentido, con el tiempo justo para sacar el cuchillo del pecho de uno y clavarlo en el del otro.

Antes de que puedan dejar estos cuerpos, sus corazones se han detenido y los tres ladrones de mentes han muerto. Solo espero que los que están en mi presente no sepan por qué y no le hagan daño a nadie. Ojalá la falta de información los confunda el tiempo necesario hasta que pueda ir a salvarlos.

Observo los cuerpos inertes de los tres desgraciados que han tenido la mala suerte de ser poseídos y siento pena por ellos. No quería matarlos, lo juro, pero no he tenido otra opción.

En cuanto mi respiración se relaja y me tranquilizo, percibo que un líquido caliente corre por mi brazo.

Es sangre. Mi sangre.

Busco el origen y lo veo.

Es un feo y profundo corte en mi hombro. No me he dado cuenta, pero seguro que el cabrón que llevaba el cuchillo me ha cortado en algún momento.

Observo el tajo y veo que no es mortal, pero aun así noto el brazo dormido. Demasiado para un simple corte.

Es una sensación que reconozco al instante.

Un ardiente y familiar hormigueo.

¡Mierda!

¡Me han vuelto a envenenar!