Capítulo 32
Pasado
En un lugar desconocido
Quiero abrir los ojos, pero no lo consigo.
Es como si tuviera los párpados pegados con cola.
Cada vez que lo intento, un pinchazo se extiende por mi nuca.
No sé dónde estoy. Apenas me puedo mover.
Creo que tengo las manos y los pies atados con cuerdas o algo parecido que me rasca la piel.
Noto que hay tierra a mi alrededor. No tengo ni idea de qué ha pasado, pero me estoy agobiando mucho.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Mi pregunta apenas rebota en las paredes.
—Es inútil que forcejees. No vas a poder salir de aquí.
La voz que ha hablado es la de un hombre. Su tono es firme, seguro, no titubea. No sé quién es.
—¿Por qué estoy atado? ¿Por qué tengo los ojos vendados?
—Para que no puedas saber dónde estás, Quim. Así no podrás viajar en el tiempo.
Mi respiración se detiene y mi piel se eriza por completo.
Este tipo sabe demasiado sobre mí.
¿Cómo puede ser?
No tengo ni idea. En este tiempo no me conoce nadie ni deberían saber quién soy en realidad.
—No te entiendo —le digo con la voz trémula. No es que le tenga miedo a él, es que estoy acojonado con la situación .
—Por supuesto que me entiendes, no me tomes por tonto. Te aviso de que, si saltas desde aquí a cualquier otro tiempo, quedarás emparedado entre toneladas de roca —me avisa el tipo este.
Lo peor es que me lo creo.
—Solo queremos hablar contigo —me suelta al cabo de unos segundos. Noto sarcasmo en su tono. Hasta me lo imagino sonriendo.
Intento forcejear un poco con las cuerdas, pero es inútil. No puedo moverme ni un palmo. Estoy atado a conciencia.
—¿De qué queréis hablar? —pregunto.
—De lo que has venido a buscar, por supuesto.
—No sé a qué te refieres —miento.
Siguen los pinchazos en la nuca y me duele todo el cuerpo.
No sé quién eres, pero te aseguro que te voy a cortar el cuello. No tengas duda de eso, amigo.
No se lo digo, pero lo tengo muy claro.
—Sácame la venda y hablaremos.
Instantes después, puedo abrir los ojos, aunque apenas veo nada. Todo está oscuro. Parpadeo varias veces hasta que consigo vislumbrar algo entre las sombras. La cabeza todavía me duele horrores, creo que me dieron un golpe tan fuerte que me desmayé. Casi seguro que tengo una conmoción.
También es posible que me hayan drogado, me siento raro.
Aun con los ojos abiertos, no tengo ni pajolera idea de dónde estoy. Es una cueva, eso seguro. Veo roca a dos palmos sobre mi cabeza y a mi derecha. Creo que estoy metido en una especie de nicho excavado en la pared.
Por mi izquierda aparece un hombre. Su cabeza queda a la altura de la mía, lo que confirma mis sospechas. Estoy en un hueco dentro la pared, como a un metro y medio de altura.
—Antes de que hagas una tontería te diré que esta cómoda estancia sobre la que descansas está recién excavada.
Sus palabras van acompañadas de una sonrisa asquerosa .
Lo reconozco al instante.
Es el soldado real que nos ha estado siguiendo al rey y a mí durante todo el recorrido, junto a Juan, el jesuita.
El tipo me mira con desprecio.
—Si saltas en el tiempo rellenaré de nuevo este agujero en el que estás y te aseguro que dará igual cuando vuelvas, porque vas a quedar emparedado y morirás. ¿Queda claro?
Yo asiento.
Me ha quedado muy claro.
—Háblame del Velo de Cronos —me pide.
Lo miro durante un momento. Si no estuviera atado podría acabar con él en un instante, pero así no puedo. Además, en el fondo, pero que muy en el fondo, soy consciente de que el pobre soldado no tiene la culpa de haber sido poseído.
Por cierto, ¿dónde está el rey?
—¿Dónde está el rey Felipe? —pregunto.
—Descansando en sus aposentos, indispuesto.
—Drogado, querrás decir. O algo peor. Espero que no seáis tan tontos como para cambiar la historia —le recrimino, aunque para ello viven. Cambian la historia en su beneficio una y otra vez.
—Este rey muerto no nos sirve de nada. ¿Qué es el Velo de Cronos? —pregunta de nuevo.
—No lo sé todavía —respondo. No es mentira del todo.
—¿Dónde está?
—Tampoco lo sé. No he tenido tiempo de averiguarlo.
—Tranquilo, vas a tener todo el tiempo del mundo para encontrarlo y traérmelo.
Lo miro con un desprecio que no puedo disimular.
—Para eso tendrás que soltarme —le digo.
—Por supuesto —contesta para mi sorpresa—, pero antes quiero que seas consciente de la situación en la que te encuentras .
Ya lo sé, pedazo de desgraciado, y en cuanto me sueltes lo vas a saber tú también.
Me mira fijamente y sonríe.
Cómo lo odio.
Cada vez me importa menos el pobre soldado poseído.
Lo siento por el hombre, que no tiene ninguna culpa, pero me lo voy a cargar aquí mismo en cuanto me suelte.
—Quim, si no colaboras con nosotros, Félix, tu padre, morirá junto a sus dos viejos amigos parlanchines.
Los tenemos encerrados en tu presente —su voz es firme y su mirada fría como el hielo.
Siento miedo por primera vez en mucho tiempo, miedo de que les hagan daño—.
De ti depende que vuelvan a sus casas caminando o repartidos en bolsas de plástico.