El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Cripta de El Escorial

En cuanto abandonamos la gruta que recorre el monasterio por debajo, entramos en la cripta que albergará los cuerpos de casi todos los reyes del país.

Dejamos las antorchas en el mismo lugar en el que estaban.

En este mismo momento siento el alivio de haberme desecho de algo tan pesado, cosa que no había notado hasta ahora, debido, digo yo, a la tensión que hemos vivido.

El rey se agarra de nuevo a los dos candelabros y los empuja hacia arriba esta vez, haciendo que la puerta corredera se cierre. Observa la entrada, ahora tapiada, y se cerciora de que quede bien camuflado lo que en realidad esconde.

—Mañana mismo le diré a uno de los escultores que construya una obra sobre este muro —susurra el rey para mi tranquilidad—. Esa pared no se volverá a abrir jamás.

Este comentario responde a mi duda de si en el futuro alguien descubrirá que ahí hay una entrada secreta a las grutas y al extraño cubo de piedra. Nadie lo sabrá, ahora estoy seguro.

El rey me pide que le siga.

Salimos de la cripta y al subir las escaleras que dan acceso a uno de los pasillos principales, nos encontramos con los dos hombres que han seguido al rey desde que llegué.

—Majestad…

Juan, el sacerdote, saluda con la cabeza .

El otro hombre no dice nada, permanece inmóvil.

—Vamos a mi despacho —me dice—. Juan, podéis dejarnos solos.

El jesuita asiente sin abrir la boca.

Al cabo de unos segundos, los dos hombres se alejan hacia el sur.

Supongo que se dirigen a la sacristía. El rey camina decidido hacia el este, dejando atrás pasillos por los que yo ya me hubiera perdido.

Veo, a través de las ventanas del corredor por el que andamos, que estamos bordeando el Patio de los Reyes y nos dirigimos hacia la entrada principal.

Tras unos minutos, llegamos a una sala enorme, espectacular.

Es la librería. Esta parte del templo, dedicada a la sabiduría, me deja sin palabras. Ya la había visto durante mi visita, pero admirarla de nuevo, y junto al rey que la creó, es algo que no se puede comprar ni con todo el oro del mundo.

Es una estancia estrecha y alargada.

Bueno, a ver, no es que sea muy estrecha. Debe de tener unos cinco o seis metros de pared a pared, pero es que tiene como unos cincuenta de largo. Y eso hace que parezca estrecha.

Los techos abovedados están adornados con frescos que me recuerdan a la capilla Sixtina del Vaticano. Supongo que debe de ser porque Tivaldi, el autor, fue aprendiz de Miguel Ángel.

—Era mi gran anhelo reunir todos los códices esparcidos por el orbe y depositarlos en un único lugar.

La voz del rey resuena por la sala.

No hay un palmo de pared que no tenga muebles a rebosar de libros.

Todos ellos están expuestos con el lomo hacia la pared, al revés de como deberían estar.

Lo que queda a la vista es el canto dorado.

Ya me había fijado durante mi visita guiada, pero no creí que esta extraña forma de almacenar libros hubiera sido por orden del rey.

—¿Por qué están los libros expuestos de esta manera ?

No me voy a ir de aquí sin saberlo, claro está.

—Al encuadernar todos los volúmenes de manera uniforme, la biblioteca adquiere una apariencia más armoniosa, sin importar la procedencia de los libros.

Yo asiento. La verdad es que no hay ningún ejemplar que rompa el equilibrio visual.

—Además, de este modo, puedo ocultar y disimular ciertos libros que, debo reconocer, no son bien recibidos en según qué círculos —indica con una sonrisa traviesa.

También tiene razón.

A simple vista, no se ve ni el título ni el autor ni se puede adivinar el género. Nadie más que él mismo o el bibliotecario deben saber dónde están esos libros prohibidos.

—¿Al pintar las hojas de dorado no se pegan? —le pregunto. Me da la impresión de que esos libros ya no se pueden abrir, que son solo de decoración.

—Pueden ser leídos sin ningún problema —asegura.

El rey deja de pasear por la biblioteca y se sienta en una de las cuatro sillas que rodean una mesa situada en un extremo de la sala. Mira hacia un lado y a otro y suspira.

—¿Qué piensa Su Majestad?

—A pesar de los miles de ejemplares que alberga este lugar, no hay ninguno capaz de desvelar lo que acabamos de presenciar en las grutas —susurra, melancólico.

—Lo que hemos visto es anterior a todo lo que hay escrito aquí —le respondo, también en voz baja, señalando hacia la exquisita biblioteca que nos rodea.

El monarca me mira sin pestañear.

Su mirada se pasea por la estancia, pensativa.

—Yo diría que esa construcción en la que hemos entrado es mucho más antigua de lo que nos podamos imaginar.

—Quizás ese sea el motivo por el que no hay documentos que hablen de ella, porque su historia ya se había olvidado cuando nacieron los primeros escritores de los que conservamos textos —añade el monarca. Creo que tiene toda la razón.

—Eso que acaban de ver es tan antiguo como el hombre mismo —dice una voz a mi espalda.

Antes de que pueda darme la vuelta y ver quién ha hablado, un intenso dolor aparece en mi cabeza y todo a mi alrededor se vuelve oscuridad y silencio.