El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Cueva bajo El Escorial

No hay corrientes de aire en el interior del cubo de piedra.

No huele a nada. Ni a cerrado ni a humedad.

Nada en absoluto. Alargo mi mano y traspaso el umbral de la puerta recién abierta.

Al instante, noto la diferencia de temperatura.

El interior es mucho más cálido y seco que el ambiente frío y húmedo que se siente en la cueva.

—¿No vais a entrar, amigo Quim? —quiere saber el rey.

Pues claro que voy a entrar, para eso estamos aquí.

—Sí, por supuesto —atino a contestar—. Pero primero quiero estudiar lo que nos rodea, no sea que por ansioso me meta en un agujero negro o algo parecido.

—Negro es, eso es evidente —inquiere el rey.

Creo que no ha entendido nada de lo que he dicho; normal.

Cuando estoy nervioso no controlo las palabras que salen de mi boca y muchas veces se me escapan frases que no son comprensibles para la gente del tiempo en el que me encuentre, por muy cultas que sean.

Acerco la antorcha a la abertura, pero su luz rebota en el hueco, como si hubiera una fina capa de cristal opaco que le impidiera alumbrar el interior. Es muy extraño ver cómo la luz no entra al cubo.

Me armo de valor y meto la antorcha en el interior .

Al instante, el fuego se aviva e ilumina a la perfección cada rincón. Al menos ya sabemos que dentro hay oxígeno. Algo es algo.

—¿Entramos? —pregunta el rey.

El tipo tiene unas ganas locas de pasar.

No lo culpo. Debe llevar años bajando a esta cueva para observar esta maravilla, sin saber nada de ella, sin posibilidad alguna de acceder a su interior. Y ahora, claro está, no quiere perder su oportunidad.

Yo asiento.

Doy un par de pasos y entro.

Veo por el rabillo del ojo que él se vuelve a agarrar a mi brazo y me sigue. Se queda pegado a mi espalda. La temperatura es muy agradable.

Ante nosotros, justo en el centro, hay un arcón.

Caminamos alrededor de él, observando cada centímetro del lugar. Las paredes son tan lisas por dentro como por fuera, al igual que el suelo que, increíblemente, no tiene una sola mota de polvo.

Alumbro la superficie del solitario arcón, ajeno al paso del tiempo.

No tengo ni idea de con qué material está fabricado.

Yo diría que es madera, pero no estoy seguro.

Si no lo es, se parece mucho. Tiene una forma rectangular, es liso, sin dibujos ni filigranas que nos indiquen en qué cultura, época o lugar fue construido.

Nada de nada. Solo es una caja sencilla y aburrida que parece más un ataúd que otra cosa.

—Juro ante Dios que este artefacto extraño guarda las mismas proporciones que el Arca de la Alianza. ¿Podría ser esta la obra divina? —murmura el monarca, mirándome asombrado, bajo la luz serpenteante de las antorchas.

Sus palabras llegan hasta mí sin eco, el sonido parece ser absorbido por las paredes.

Miro de nuevo la caja y creo que tiene razón .

No tengo un metro para medirla, pero diría que su tamaño parece coincidir con el del arca nombrada en la Biblia, la misma que he visto más de una vez en el interior del Templo de Salomón.

Mi padre siempre sostuvo que era una copia, ya que todos los objetos originales fueron sacados del templo antes de la invasión de los babilonios. Y, según pude comprobar en una de mis últimas aventuras, tenía más razón que un santo.

Tendré que volver a antes de esa invasión para ver la real.

Nunca es tarde para estos caprichos.

—Puede que las medidas sean las mismas, pero no creo que se trate del Arca de Dios que estaba en el templo de Jerusalén —le contesto, observando la caja desde muy cerca.

Sin pensarlo dos veces, pongo mi mano sobre ella.

El rey da un paso atrás, asustado, a la espera de que me caiga un rayo o algo por el estilo.

Me mira, expectante.

—No pasa nada —le digo—. Puede tocarla, si lo desea.

No tarda ni un segundo en poner su mano encima y pasarla sobre ella como si estuviera acariciando un gato.

Qué ganas tenía, el jodío , como diría mi tía Rosa.

—Creo que es una réplica del arca, pero sin tantas florituras —le informo sin desvelar que yo he visto una copia exacta de la real—. En esta no hay planchas de oro ni querubines alados ni nada por el estilo. Solo el recipiente que, si es como su hermana mayor, debería ser de madera de acacia.

El rey asiente como diciendo que podría ser.

—¿Qué habrá en su interior? —quiere saber.

—Supongo que el Velo de Cronos, tal y como ponía en los escritos que ambos tenemos.

—¿Y qué naturaleza tendrá ese objeto? —inquiere, casi en susurros.

Yo niego con la cabeza.

—Eso sí que no lo sé, pero lo vamos a averiguar .

Agarro la tapa de la caja con las dos manos y la levanto un poco. Miro hacia un lado y a otro, con miedo, esperando que una enorme roca de piedra salga de algún rincón oscuro y llegue rodando hasta nosotros, pero no sucede nada parecido.

Ni soy Indiana Jones ni uno de los Goonies.

El rey agarra la tapa por el lado opuesto. La levantamos a la vez y la dejamos en el suelo, con sumo cuidado.

Alumbramos el interior.

Bajo las luces nerviosas de las antorchas podemos ver otra caja más pequeña situada en el centro del arcón. También tiene una forma rectangular. Calculo que medirá unos cincuenta centímetros de largo y la mitad de ancho.

—Juraría que es una réplica a escala del arca que la contiene —le digo al rey en voz alta, sin ser consciente de ello.

—Parece estar fabricada con el mismo material —opina él, muy acertadamente.

Le doy la antorcha a mi amigo el rey. Pienso en él como amigo porque después de esta aventura, por descontado que seremos colegas de por vida. Levanto la caja. Con cuidado. Vigilando que no haya hilos ni cuerdas que activen trampas ocultas.

No sucede nada.

Abro el pequeño cofre bajo la mirada atenta del monarca, que sigue sujetando las dos antorchas sin abrir la boca.

En su interior vemos una tablilla.

Dejo la cajita en el suelo y meto la mano para sacarla. Muy despacio, procurando que no se me caiga al suelo, se haga añicos y se pierda una información tan valiosa. No quiero ser el culpable de fastidiar un trabajo preparado con tanto esmero.

Al tocarla percibo que es del mismo material. Creo que es madera, como ya he dicho. Da igual, es duro y, sea lo que sea, no se romperá si se me cae.

Mejor.

La observamos con detenimiento .

Está labrada con una pulcritud digna de artesanos. Se nota la experiencia de la mano que la esculpió.

Parece muy antigua, pero a la vez tiene toda la pinta de estar recién construida, como si en el interior del cubo el tiempo no afectara a lo que habita en él.

—Parece hebreo —advierte el rey, con acierto.

—Sí, es hebreo antiguo —confirmo—. La lengua que los antiguos israelitas usaban en sus actividades cotidianas, religiosas y administrativas.

El monarca asiente. Creo que sabe bien de lo que hablo.

—También se usó para escribir textos religiosos y literarios como el Antiguo Testamento, el Pentateuco y los textos proféticos.

Él asiente sin decir nada.

Sin duda reconoce estos escritos que he nombrado.

Miro de nuevo la tablilla, concentrándome en entender lo que está tallado en ella.

—¿Os vais a llevar esa tabla? —pregunta.

—No —contesto, serio—. Preferiría volver a dejarla aquí dentro, a salvo, como ha estado siempre.

—¿Qué secretos creéis que contendrá? —ansía saber.

Yo también, la verdad.

Repaso las líneas con mis dedos, dispuesto a leer cada una de las palabras allí escritas. Me cuesta un poco. Hace tiempo que no uso mi conocimiento de este idioma.

—El primer párrafo dice: «El Velo de Cronos, tejido con los hilos del tiempo, confiere el dominio de las eras. Su poder eterno aguarda, dormido, hasta que sus mitades se unan».

El monarca me mira sin mediar palabra.

Creo que ha entendido tanto como yo, o sea, nada de nada.

—El segundo párrafo dice así: «Junto al gran Purattu, bajo las arenas de los originarios círculos olvidados, cuando la mirada vigilante del león vea la primera luz del alba, el elegido será acogido en su seno» .

Lo miro y niego con la cabeza.

—Yo tampoco entiendo nada —le hago saber.

—¿Recordarás lo que estáis leyendo?

Yo asiento.

De eso estoy seguro. El efecto Pausa se encarga de que no pueda olvidar nada de lo que me sucede durante mis viajes al pasado.

—El tercer y último párrafo dice: «Donde el viento susurra a la montaña del león que rodea la serpiente mojada, cuando la primera luz ilumine sus fauces, el elegido será acogido en su seno».

El monarca me mira, absorto.

Niega con la cabeza.

Pobre, debe de estar perdido, no, lo siguiente.

Lo estoy yo, que tampoco entiendo nada.

Y eso que he viajado más kilómetros que un avión comercial y a más épocas que las contenidas en un libro de historia, así que no me quiero ni imaginar cómo debe de sentirse él.

Vuelvo a dejar la tablilla en su caja y la cierro.

Todo debe quedar tal y como estaba.

Salimos del interior del cubo y enseguida siento en mi piel la fría y pegajosa humedad de la cueva.

El muro de piedra, que hace las veces de puerta, se cierra y todo queda tal y como estaba.

La marca sobre la que pasé mi dedo sigue en su lugar, ajena al paso del tiempo, apenas visible a no ser que te fijes muy bien.

—Debo confesarte que, en una de las muchas ocasiones que descendí a este terreno, también posé mi dedo sobre esa marca circular y también sangré —informa el monarca, justo a mi lado, colocando su dedo sobre la zona—.

Mas, al parecer, mi sangre no fue lo suficientemente digna. No soy, como vos, un elegido.

Veo algo de tristeza en sus ojos .

—No es culpa vuestra, Señor —le digo para que no se sienta menos importante que yo—. No me cabe duda de que, en el interior de esa piedra, bajo la marca, hay un detector que ha reconocido la sangre de mi estirpe familiar.

—¿Qué artilugio puede adivinar semejante cosa?

—Un detector de ADN, por supuesto —le suelto, sin ser consciente de la época en la que estoy.

—¿Un detector dadené ? No tengo la más mínima idea de a qué os referís —niega con la cabeza.

Aguardo un momento. Al ver que no pregunta, me callo con la esperanza de que olvide la cagada que acabo de cometer. Espero que no lo apunte en ningún lugar y que nadie en el futuro encuentre un diario suyo donde se hable de detectores de ADN. Sería muy confuso.

Me alejo unos pasos del cubo y me fijo en que la puerta ha quedado encajada a la perfección. A pesar de que parecía dibujar una entrada, jamás hubiera dicho que esas piedras podrían separarse de la pared.

Emprendemos el camino de vuelta hacia la cripta, siguiendo por el estrecho túnel labrado en la roca, bajo el monasterio. Yo abro el camino y el monarca me sigue de cerca.

—¿Y bien? ¿Cuál es el siguiente paso? —le oigo preguntar a mi espalda. No creo que se conforme con que su aventura acabe aquí. El tono de su voz evidencia que quiere saber más.

—Este secreto debe seguir oculto. Nadie más puede saberlo —le digo procurando que no suene a orden. No debo olvidar que estoy hablando ni más ni menos que con Felipe II.

Me detengo antes de que se acabe el túnel. Justo delante de nosotros, a unos pocos metros, la luz de la cripta se adivina tras una pequeña curva.

El rey posa su mano sobre mi hombro. Mira hacia la abertura por la que hemos entrado y asiente.

—Hoy mismo mandaré clausurar esta entrada para siempre jamás. El secreto quedará entre nosotros, amigo Quim.