Capítulo 28
Cripta de El Escorial
Nos adentramos unos pasos en la cavidad y noto la tierra crujir bajo mis pies.
Hace bastante frío y el ambiente es más húmedo de lo que me gustaría.
Las antorchas proporcionan algo de calor y salpican de luz a unos pocos metros de distancia.
Todo lo que puedo ver son paredes de piedra.
Andamos por un túnel excavado en la roca de las entrañas de la montaña, que se adentra bajo el Monasterio de El Escorial. Yo diría que es natural.
El corredor tiene una pendiente descendiente. No es que lo vea, pero lo percibo en mis rodillas a cada paso que doy. Vamos hacia abajo, de eso estoy seguro.
Cuando llevamos andando unos cinco minutos, el túnel acaba y desemboca en una enorme cueva.
Me he quedado sin palabras, la verdad.
La luz de las antorchas me muestra una verdadera maravilla natural. Una oquedad enorme que debe de tener unos cincuenta metros de alto y el doble de ancho, repleta de estalactitas allá donde mire. Quizás hasta sea más grande, porque yo diría que la luz no es capaz de iluminarla al completo.
El rey me mira, sabe que algo así impresiona a cualquiera.
En el centro, rompiendo las formas naturales de la cueva, se eleva una pequeña edificación de forma cúbica que destaca por sus líneas rectas. Es como una casa cuadrada fabricada con piezas de Lego, plantada en medio de la cueva .
El rey se acerca hasta ella.
Pasa la mano por una de las paredes y suspira.
Yo lo miro sin decir nada.
Las piedras que forman parte de los muros me llaman mucho la atención. Son bloques de granito, perfectamente tallados, que encajan al milímetro unos con otros. No son cuadrados, como cabría esperar. Algunos de ellos tienen hasta ocho ángulos diferentes.
El rey me observa mientras yo repaso con los dedos los múltiples ángulos de algunos bloques. Hay pequeños, grandes y enormes, pero todos se acoplan como un puzle perfecto. Me recuerda a la arquitectura de otras partes del mundo, muy alejadas de aquí en la distancia y en el tiempo.
Aunque parezca una locura sin sentido y carezca de prueba empírica alguna, no tengo ninguna duda de que esta cosa lleva en las entrañas de la montaña siglos o incluso miles de años.
Rodeo la extraña edificación mientras la luz de mi antorcha se mueve conmigo e ilumina partes de la extensa cueva. El monarca me observa, curioso.
Es un cubo perfecto que en una de sus caras tiene una especie de puerta que no he podido abrir porque no he visto pomo alguno. Doy otra vuelta más, intentando recordar dónde he visto algo parecido a esta cosa.
Y, sin esperarlo, me llega la imagen.
Un escalofrío, que parece provenir del vientre del frío y duro suelo de la cueva, se eleva hasta estallarme en la nuca.
No puede ser.
—No puede ser —repito esta vez en voz alta.
El rey se acerca. Parece que sabe que lo sé.
—El objeto que buscáis está en el interior del lugar más santo de todos —informa.
—Es una réplica del Debir del Templo de Salomón.
Las palabras salen solas de mi boca, sin permiso.
—Veo que conocéis muy bien la historia del gran rey .
El monarca me mira con más curiosidad que nunca.
—¿Sabe qué medidas tiene esta… cosa? —pregunto.
No sé muy bien cómo llamarla.
—Veinte codos por cada lado —responde.
—Parece más pequeña —susurro.
Creo recordar que un codo castellano equivale a unos cincuenta y siete centímetros.
—Veinte codos hebreos —aclara el monarca.
—No puede ser.
—Así es, mi estimado amigo. Nos encontramos bajo la cripta de la basílica, el lugar más sagrado de todo El Escorial, donde se encierra un misterio divino: una réplica exacta del Sanctasanctórum, que una vez se alzó en el corazón del Templo del rey Salomón.
—Por eso hizo construir el Patio de los Reyes y la basílica con las mismas dimensiones que el templo de Jerusalén. Para que coincidiera con esta cosa —sigo sin saber cómo llamar a esta edificación.
—Así me lo recomendó mi amigo —responde.
—Ya… Ese gran amigo versado en la alquimia, los astros y los misterios más recónditos, que le mostró la existencia de esta cueva.
El rey me mira altivo.
Creo que mis palabras han reflejado demasiada ironía.
—Así es, querido Quim. Y no, no puedo revelaros más sobre él, del mismo modo que a nadie más hablaré de vos, de vuestro padre ni del extraño misterio que envuelve vuestra presencia en mi palacio. Un buen rey, como bien sabéis, debe ser guardián de los secretos que se le confían.
No le falta razón al monarca.
Rodeo de nuevo el cubo de piedra y acaricio con la palma de la mano la superficie lisa de las piedras.
Es, simplemente, magnífico.
—¿Qué hay en el interior? —pregunto .
—No lo sé. Nadie ha podido entrar.
Mis ojos se abren de golpe.
—¿No ha entrado nadie?
Él niega con la cabeza.
—¿Y no habéis derribado una pared para ver qué se oculta tras ella?
—Mi amigo me confió que este lugar ha existido desde que el hombre es hombre.
Me insistió en la importancia de que nadie, salvo uno de los elegidos, pudiera adentrarse en su interior.
Me advirtió de que mi deber era proteger el secreto, custodiarlo con celo, hasta que un hombre llegara a preguntarme por él.
En ese momento, mi única obligación sería mostrarlo.
—Y yo soy el primero que os ha preguntado.
—Así es. Vos habéis sido el primero en preguntar y el primero en contemplarlo. Si sois uno de los elegidos, podréis cruzar su umbral y acceder a su interior. Si no, nos marcharemos de aquí sin tocar ni un solo guijarro de esta sagrada edificación y nunca más volveremos a hablar de ella.
Camino unos pasos hasta que me planto delante de lo que parece ser la puerta de entrada. No es que sea un acceso al uso, es más bien que en el centro de esa pared las piedras parecen dibujar, por sus líneas, el posible contorno de una puerta.
Observo y palpo cada centímetro de la pared.
No hay cerradura ni pomo ni nada parecido.
Empujo con todas mis fuerzas, pero no se mueve. Repaso el contorno con mi dedo y veo que las piedras también encajan a la perfección, como en el resto de la construcción. No podría meter ni una hoja de papel entre ellas.
—Es una obra tan simple y maravillosa…
El rey expresa sus pensamientos en voz alta.
No le falta razón.
Alumbro con la antorcha más de cerca, piedra por piedra, rincón por rincón. Y, de repente, algo llama mi atención .
Gracias a las sombras y luces arrojadas por el fuego, puedo ver un pequeño desperfecto que sobresale entre unas piedras, y eso que todas están alisadas y pulidas hasta el más mínimo detalle. No parece una piedra dañada.
Es una minúscula muesca que no puedo identificar. No es una estrella de David ni ninguna otra marca que se pueda asociar a Salomón, tan solo es un punto, rodeado de lo que parecen dos círculos.
No tengo ni idea de lo que puede representar. Paso mi dedo índice por encima con la intención de limpiar la superficie para verla mejor y noto un pinchazo en la yema, como si me hubiera cortado con un papel.
Me miro el dedo y veo que tiene un poco de sangre.
Extrañado, alumbro sobre la marca y compruebo, atónito, que los restos de la sangre que han quedado sobre la piedra son absorbidos por el pequeño círculo hasta desaparecer.
El rey observa a mi lado, en silencio.
A los dos segundos, el conjunto de piedras se abre hacia el interior sin emitir sonido alguno.
El monarca se aleja unos pasos, asustado.
Al ver que nada sale de dentro, me asomo para curiosear, pero sin cruzar el umbral.
Noto la mano del rey que me agarra del brazo como a un anciano a punto de cruzar la carretera. Está detrás de mí, mirando por encima de mi hombro hacia el interior del cubo.
Todo lo que podemos contemplar es nada.
La más absoluta oscuridad se presenta ante nosotros.
Un espacio vacío, una negrura absoluta que ni siquiera la luz de nuestras antorchas consigue romper.