Capítulo 27
Basílica de El Escorial
Al ver que no respondo, el rey se acerca unos pasos.
Un par de metros por detrás, dos hombres vigilan su espalda sin perder detalle de lo que sucede en el lugar.
Uno es el sacerdote que me acompañó hasta él.
Yo no digo nada. Las palabras no salen de mi boca.
Simplemente, alargo la mano para entregarle la carta.
Él la coge sin dejar de observarme.
Comienza a leerla y veo cómo sus ojos se abren a causa del asombro.
A pesar de que antes he comentado que la misiva era de Juan de Herrera, es mentira.
En realidad, la ha escrito mi padre esta misma mañana, antes de que yo saliera de viaje.
Ha insistido en que esta era la mejor forma de llegar hasta el monarca e investigar lo que nos interesa.
Espero que el rey no se moleste.
Felipe II lee la carta sin decir nada.
Tarda más de lo que me hubiera gustado.
El ambiente es algo tenso. El silencio tan solo se rompe por el rumor del viento que entra por alguna ventana abierta que no logro ver.
Pasados casi dos minutos, el rey carraspea.
Clava sus ojos en los míos .
Después lee de nuevo la carta.
La dobla y me la devuelve. Sonríe.
—De modo que vos sois Quim —susurra, acercándose todavía más hasta colocar su mano en mi hombro. Sus ojos son de un azul intenso y su mirada es potente como pocas he visto—. Vuestro padre me ha hablado extensamente de vos. Decidme, ¿cómo se halla él? Si es que tenéis noticias recientes.
Sin pretenderlo, una exhalación escapa de mi cuerpo. Creo que llevaba rato con una presión excesiva en el pecho y este cambio de tercio ha hecho que me relajara de golpe.
El rey sonríe de nuevo.
—Mi padre está bien, Vuestra Majestad. Está en casa y le envía muchos recuerdos. Siempre habla con admiración de vos y de la gran labor que hacéis por este, nuestro querido reino —le miento.
No porque haya dicho lo contrario, sino porque mi padre no me ha contado que era tan íntimo del rey como para contarle su vida.
Únicamente me dijo que le entregara esta carta.
Ya me lo podía haber comentado, el muy mamonazo.
La verdad es que habría estado bastante más calmado desde el primer momento que llegué a este tiempo y a este lugar.
El rey me examina, curioso.
—Vuestra manera de expresaros es peculiar y guarda notable semejanza con la de vuestro padre —indica con una sonrisa.
Supongo que no hablo como la gente de esta época. Y eso que lo intento, pero siempre se escapa alguna palabra fuera de tiempo.
—Acompañadme, amigo Quim.
Da media vuelta y comienza a caminar.
Poco después, entramos en la parte más íntima del palacio. O eso me contó la guía. Son las estancias privadas del rey. Una de las dos personas que nos siguen se queda en la entrada del aposento, pero la otra entra con paso firme.
—Retiraos por un momento, querido Juan; deseo hablar a solas con nuestro invitado —ordena el rey.
—Majestad, en mi opinión diría que debo quedarme.
—Y en mi opinión, la carne de caza es, de manera incuestionable, la más jugosa y saludable que el mundo ofrece; aunque, evidentemente, mis médicos no parecen compartir semejante juicio —le contesta el rey para mi asombro.
Casi se me escapa la risa.
El monarca no añade nada más, tan solo levanta la barbilla y apunta con su puntiaguda barba hacia la salida. El hombre obedece y se marcha para quedarse junto al otro que esperaba fuera.
No le ha gustado la decisión del rey.
—¿Quién es? Si lo puedo saber —le pregunto.
—Es uno de mis consejeros, un diligente sacerdote jesuita llamado Juan Bautista, cuya atención constante asegura que ninguno de mis actos ni palabras cruce jamás el umbral de la herejía. Algo que no siempre logra.
Yo sonrío de nuevo. Este personaje es más peculiar de lo que nunca hubiera imaginado.
Desde la estancia en la que estamos, puedo ver gran parte de los jardines y de la muralla del monasterio. Varios cuadros cuelgan de las paredes. Creo reconocer un par de Tiziano Vecellio y otro de El Bosco.
El rey deja la habitación y se adentra en otra sala.
—Este, sin lugar a duda, es el sitio que más agrada a mi ánimo —me cuenta.
Es una estancia más pequeña, oscura. Varios candelabros prenden en distintos rincones y arrojan sombras danzantes sobre grises cuadros pintados con motivos religiosos.
La guía me explicó que esta sala era el oratorio, lugar donde el rey se retiraba para rezar. El verano que viene, en esta misma habitación, se pasará horas y horas suplicando, rogando a Dios que su queridísima Armada Invencible logre invadir Inglaterra y destronar a Isabel I.
Aquí mismo se supone que dirá unas famosas palabras que pasarán a la historia: «No mandé mis naves a luchar contra los elementos».
No sabe lo que le espera, pobre.
Y yo no voy a contarle lo que va a pasar, claro está.
El rey cierra la puerta nada más entrar. Se sienta en una de las sillas que hay en el lugar y estira las piernas. Yo me siento enfrente de él.
—Aquí, amigo Quim, no hay oídos que nos escuchen ni ojos que nos vigilen. Podemos tratar cualquier asunto con absoluta tranquilidad.
Igual son imaginaciones mías, pero ahora parece mucho más relajado que hace unos minutos. Da la impresión de que podría fumarse un pitillo en cualquier momento.
Su mirada se pasea por la sala, melancólica.
Según la historia, el rey fallecerá en la habitación de al lado dentro de once años y dos meses.
El tiempo que le queda no será demasiado compasivo con él, que digamos.
Y no hablo solo de la fatídica derrota naval de dentro de un año, sino de la última década de su vida.
La gota le dará mucha guerra, dejándolo postrado la mayoría del tiempo, además de la artrosis, fiebres y otras enfermedades que harán que sus últimos meses de vida sean una agonía nada digna de un rey.
Ni de nadie, por supuesto.
—¿Y bien? —apremia al ver que no digo nada.
—Estoy aquí porque necesito encontrar un objeto que es importante para mi familia —comienzo a explicar.
No puedo revelarlo todo, pero el rey necesitará algo más que una simple excusa barata para dejarme acceder a las entrañas de su preciado palacio—.
De dicho elemento depende mi vida y la de mi padre .
El monarca me contempla con curiosidad.
Supongo que por su cabeza están danzando las mismas preguntas que pasarían por la mía. ¿Qué objeto? ¿Qué tengo que ver yo en todo este tema?
—No conozco la naturaleza de dicha pieza, pero sí que estamos seguros de que parece estar escondida en algún lugar de este fabuloso recinto.
El rey abre los ojos, asombrado.
Aguarda en silencio.
Quiere saber más.
—En un antiguo manuscrito que hallé en Toledo, fechado hace más de cinco siglos, encontré unas líneas que decían, textualmente: «El coloso ha de erigirse sobre las venerables minas, cuyas entrañas ocultan el sagrado Velo de Cronos.
Así quedará para siempre vedada su entrada y sepultado el artefacto, lejos del alcance de los hombres, para que jamás su poder desborde los límites impuestos por la divina providencia».
El rey abre la boca, pero no sale palabra alguna de ella.
Pasa el tiempo y no se mueve.
Cuando estoy a punto de añadir algo más, se levanta.
Camina hasta uno de los muebles.
Abre un armario, saca un libro y examina su interior hasta que encuentra lo que busca.
Se acerca de nuevo hasta donde estoy y se sienta.
Después, se inclina y me entrega el libro abierto por la página que ha elegido. Observo que hay una serie de líneas escritas a mano. Me fijo en ellas y me quedo petrificado.
Las mismas palabras, calcadas, idénticas.
Levanto la vista del antiguo libro y lo miro, esperando una explicación.
—Esas líneas las copié yo mismo de un antiguo papiro que me fue confiado por un gran amigo, hombre versado en la alquimia, los astros y los misterios más recónditos de la existencia .
Cierra el libro, se levanta y lo devuelve al lugar en el que se encontraba. Después se acerca de nuevo a mi lado y me toca en el hombro. Desde mi posición impone todavía más, a pesar de no ser ni grande ni fuerte.
—Fue él quien señaló con precisión el lugar donde debía erigirse este edificio y quien me instruyó con detalle y esmero en el modo de ocultar la reliquia que ahora buscas con tanto ahínco.
—¿Eso quiere decir que sabe dónde se encuentra? —logro preguntar con incredulidad.
Él asiente sin decir nada.
—¿Y me lo va a desvelar? —pregunto impaciente.
—Voy a mostraros lo que solicitáis, pues vuestro padre es, desde luego, una de las personas que más me ha auxiliado en innumerables ocasiones.
No quiero saber lo que habrá hecho mi padre por este hombre. No quiero ni pensar en la de cantidad de veces que le habrá desvelado cosas que no debía.
Menos mal que ya no puede viajar para avisarle de que no mande a la Armada Invencible. No me extrañaría nada que la cagara con esto también y consiguiera que España se hiciera con Inglaterra y que en mi presente los pubs de Londres sirvieran bravas, morros, chipirones y pescadito frito.
Pensándolo bien, esto no estaría nada mal.
—Seguidme, os mostraré dónde se halla la reliquia.
Mi pulso se acelera al escuchar esas palabras.
Salimos de la sala de oraciones y caminamos por un pasillo repleto de acuarelas colgadas en la pared que muestran detalles de la naturaleza y la fauna del Nuevo Mundo.
De ese mundo que descubrió mi hermanastro.
Todavía flipo al pensar en ello.
Unos metros después entramos al que es su despacho particular. Se acerca a uno de los estantes y abre un cajón .
Saca un enorme rollo de papel y lo coloca sobre la mesa principal de la estancia. Lo desenrolla y pone sobre las cuatro esquinas del plano unos pesos para que se mantenga estirado.
Su dedo índice se pasea por la enorme hoja hasta que se detiene en un lugar en concreto.
—He aquí lo que tanto buscáis —indica en voz baja.
Su dedo apunta al lugar más sagrado de todo el complejo. Una estancia que se halla debajo del presbiterio y del altar mayor, un lugar santo donde el rey quiere que reposen los restos de sus padres y de sus esposas.
En mi tiempo esa cripta será distinta a la de hoy.
El panteón real que pude ver durante mi paseo de hace unos días es de estilo barroco y de planta octogonal. En él descansan casi todos los reyes, reinas y madres de reyes de España desde Carlos V.
Observo el plano original con detenimiento.
El dedo del rey sigue fijo sobre un pequeño rectángulo situado en una de las paredes de la cripta.
Intento recordar qué hay en ese mismo lugar en mi presente y no me cabe duda de lo que es. Es fácil, entre otras cosas porque es la pared que está justo enfrente de las escaleras por las que se accede a la cripta.
—A través de este muro se encuentra un acceso secreto que nos conducirá hasta unas grutas que permanecen ocultas bajo el monasterio —me suelta el rey, tranquilo, como si fuera lo más normal del mundo.
Repaso el plano con cautela.
—¿Podemos bajar a esas grutas? —pregunto.
—Pensaba que jamás lo solicitaríais —responde, sonriente y con los ojos llenos de vida.
Guarda el plano en su lugar y salimos de su despacho. Dejamos atrás sus aposentos y nos encontramos con la pareja de hombres que todavía aguardan junto a la entrada.
Sin decirles ni pío, el rey sigue con paso firme y decidido .
Yo camino detrás.
La pareja me sigue a pocos metros.
Bajamos hasta la cripta real y puedo ver que nada tiene que ver con la de mi tiempo. Esta que veo ahora es mucho más austera. Creo recordar que no se renovará hasta dentro de un siglo.
Me fijo en el punto que el rey marcó en el plano.
Hay una pared desnuda, un muro, sin más.
En mi presente, en ese mismo lugar, habrá una figura de Jesús crucificado, escoltado por dos columnas sobre una especie de arca dorada. No tengo claro si toda esa parafernalia se hará para camuflar la entrada a las grutas o simplemente la cerraron para borrarla de la historia.
Me da igual porque hoy, en este tiempo, sí que puedo entrar a esa gruta sin violar decenas de leyes que me podrían llevar directo a la cárcel.
El rey se dirige a la pared que nos interesa, pero, antes de llegar al centro de la estancia, da media vuelta y le pide a sus dos acompañantes que aguarden en el exterior de la cripta. Uno de ellos protesta. Es el mismo de antes.
El rey no contesta, solo lo mira durante unos segundos en los que parece que mentalmente le está diciendo de todo. El jesuita baja la cabeza y sin decir una sola palabra se larga dejándonos solos de nuevo.
—No es un mal hombre, creedme, pero siempre desea estar al tanto de todo, y este secreto es algo que prefiero mantener en la más estricta intimidad, al igual que mis gustos por la cábala, los astros y otros oficios no demasiado bien vistos.
Tendrá morro, el tipo. Se vende como un monarca profundamente religioso que usa la Inquisición como una herramienta esencial para vigilar los textos prohibidos, el protestantismo, los movimientos místicos sospechosos de herejía y las desviaciones teológicas, y resulta que él es el primer aficionado a todo ello .
—No me juzguéis por mis gustos —me dice.
O me ha leído el pensamiento o mi careto ha hablado por sí solo sin yo quererlo.
Yo niego con la cabeza.
—Hay normas con las que no estoy nada de acuerdo y que no quisiera dictar, pero he de hacerlo —me susurra al oído, sin dejar de mirar hacia la entrada—. Aunque no lo parezca, hay hombres con más poder que un rey.
Dicho esto, se acerca al muro.
Me gusta este tipo. Creo que en otro tiempo hubiera sido un rebelde. Pero en este no creo que pueda.
Espera, paciente, delante de la pared.
Se gira de nuevo y mira hacia la entrada, yo diría que para verificar que el dichoso Juan no esté cotilleando.
Una vez se ha asegurado, da un paso hacia adelante, extiende sus brazos en cruz y agarra los dos candelabros que sujetan sendas antorchas que penden a derecha e izquierda de la pared que nos interesa.
Sin esperarlo, el rey levanta los pies y deja que todo su peso, que no es mucho, cuelgue de sus brazos y de los candelabros, que crujen como si los hubiera partido por la mitad.
Al instante, la pared gris se mueve hacia un lado, dejando en su lugar un pasadizo oscuro y tenebroso.
La escena hubiera sido de película si no fuera porque, al ver al rey de espaldas, agarrado a los candelabros y balanceando en el aire sus delgaduchas piernas embutidas en unas medias negras, me ha arrancado una sonrisa inesperada.
Un segundo después, y con un saltito bastante cómico, Su Graciosa Majestad se posa de nuevo en el suelo, agarra una de las antorchas y me la pasa.
La llama se mueve con rapidez debido a la corriente de aire que sale de la negrura. Después coge la otra, me mira, asiente con el semblante serio y, sin decir nada, traspasa el hueco que se acaba de abrir ante nuestros ojos y se pierde en el interior.