El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 26
36%

Capítulo 26

Pasado

Monasterio de El Escorial

Nada más llegar al pasado siento que me caigo hacia atrás y decenas de punzadas me machacan la espalda. Me revuelvo como puedo, aguantando un grito de dolor, hasta que me doy cuenta de que el árbol que me sostenía todavía no ha sido plantado. En su lugar hay una zarza enorme y frondosa.

La madre que la parió.

¡Qué daño!

Debo de tener como cien espinas clavadas en mi espalda.

Si es que no hay un salto sin incidentes…

Observo el paisaje que me rodea y veo cuánto ha cambiado. Los árboles, arbustos y plantas pueblan hasta donde mi vista llega. No hay caminos ni carreteras. Ni campos de fútbol sala, claro está. Tan solo naturaleza salvaje allá donde mire.

Me giro hacia el oeste y levanto la vista.

Desde aquí ya se pueden ver los torreones del monasterio.

Comienzo a caminar hacia allí, con cuidado, temeroso de encontrarme con alguien.

Es algo que siempre me sucede cuando estoy en el pasado.

Sin duda, el mejor viaje es en el que no hablas con nadie.

A no ser que viajes para aprender cualquier disciplina de un maestro concreto, obvio.

Pero en esta ocasión prefiero que nadie me vea, quiero pasar lo más desapercibido posible.

Como un ninja de los viajes en el tiempo.

—¡Deteneos! —grita alguien a mi espalda.

Pues empezamos bien.

Menudo ninja de pacotilla estoy hecho.

Me giro para ver quién ha hablado.

Es un tipo subido a un caballo.

Parece un guardia real.

Seguro que es de los que vigilan los exteriores del monasterio. Va vestido con sus ropas de gala, lo que quiere decir que es muy posible que el rey esté hoy en su residencia.

—¿Quién sois vos, y qué propósito os trae a este lugar?

Otro soldado, también montado a caballo, se acerca hasta detener al animal junto al de su colega.

Ambos me observan.

Hoy voy vestido de tal forma que puedo pasar por un emisario oficial de este tiempo. Es un atuendo que ya he usado y que normalmente abre las puertas de lugares como al que quiero entrar.

—Porto un mensaje para su majestad —les suelto con seriedad y solemnidad, tal y como haría un mensajero de la Real Casa de Correos, creada durante el reinado de los Reyes Católicos, en la que había mensajeros encargados de transportar comunicación confidencial.

Eran profesionales y estaban entrenados para recorrer largas distancias con rapidez, asegurándose de que las cartas llegaran intactas.

Me siguen observando sin decir nada. Yo intento no rascarme la espalda. Todavía me pican las espinas que debo de tener clavadas de la jodida zarza.

—¿Dónde está vuestra montura? —quiere saber.

—Desgraciadamente, sufrió daño en una de sus patas, lo que me forzó a sacrificarla. Este infortunio ha demorado mi marcha, y por ello os ruego encarecidamente que me conduzcáis ante Su Majestad para que pueda cumplir con mi deber y entregar el mensaje que traigo conmigo.

Me encanta hablar de esta manera.

Debería haber sido actor de teatro de obras de Shakespeare. Esta gente del pasado no se puede ni imaginar la de modales que se perderán con el paso de los siglos.

La quietud se adueña del lugar.

No tengo miedo, pero no quiero comenzar una batalla nada más llegar. Llamaría demasiado la atención.

—Aquí tenéis mi carta de salvaguarda —anuncio con seriedad, ya que veo que estos dos soldados son huesos duros de roer.

El que parece estar al mando agarra la carpeta de piel que le entrego. Está enrollada y cerrada con un lazo oscuro. La abre y lee la hoja que hay en su interior.

Me mira.

Vuelve a leer hasta la última línea.

Enrolla de nuevo la hoja en la cartera de piel, la cierra y me la devuelve. Asiente con la cabeza.

—¡Seguidnos! —se limita a ordenar, antes de comenzar a trotar con su caballo a un ritmo tal que yo pueda seguirlo.

Nunca falla el truco de llevar una carta de salvaguarda firmada por un alto cargo de la corte u otro personaje de suma importancia.

Y en días como el de hoy, que lo principal es entrar a El Escorial, no podía faltar una firmada por el mismísimo Juan de Herrera, arquitecto que finalizó las obras del propio monasterio tras reorganizar el proyecto original de Juan Bautista de Toledo.

Traspasamos la fachada principal, que, según me contó la guía durante mi visita, fue lo último que se levantó para cerrar el acceso al recinto, y entramos al Patio de los Reyes.

Tras dejar los caballos a un mozo, camino sobre las enormes piedras del suelo de este magnífico patio y admiro de nuevo las esculturas de los seis reyes que decoran la fachada de la iglesia.

Están casi nuevas. Relucientes.

Salomón y David me miran desde las alturas.

Me acerco a ellos y aprovecho la suerte que tengo de ver con mis propios ojos la belleza de una edificación que todavía huele a nuevo.

Antes de llegar al final del patio, un hombre ataviado con ropajes de clérigo baja las escaleras y sale a nuestro encuentro. Tras intercambiar unas palabras con el soldado, sus ojos se clavan en los míos.

Me estudia.

Un instante después, los soldados dan media vuelta.

—El padre Juan le guiará por el interior de la basílica.

Sin esperar respuesta ni agradecimiento alguno, se alejan hasta sus respectivos caballos, montan en ellos y salen al trote para volver a patrullar los jardines que rodean el monasterio.

Yo me quedo solo con el cura.

Apostaría a que es un monje jesuita, pero no lo tengo claro.

Sin decir nada, me hace un gesto con su mano para que le siga. Camina decidido, pasa por debajo de las estatuas y se adentra en la basílica.

Antes de llegar al Sotocoro se detiene.

Observo la bóveda plana situada en el centro de la planta, obra de Juan de Herrera, y me parece increíble que pueda aguantar la estructura y todo el peso del coro.

A los pocos segundos, el monje sigue su camino y accede al lugar al que solo pueden entrar los reyes y sus colegas.

Cruzamos el suelo ajedrezado que forma parte de una planta en forma de cruz latina.

El lugar está limpio e impoluto como nunca lo había visto.

Aunque solo lo he visto un par de veces, ahora que lo pienso .

El monje se detiene antes de llegar a las escaleras que llevan al altar mayor. Una vez allí, se gira y me hace gestos para que me detenga.

—Espere aquí, Su Majestad está a punto de llegar.

Dicho esto, se marcha a través de una puerta, que diría que da a la sacristía en la que estuve escondido no hace mucho. Un par de días para mí; unos siglos para ese buen hombre.

Aprovecho la espera para disfrutar de la belleza que me rodea. Todo reluce como si fuera nuevo. Y es que lo es. Apenas hace un año que la Real Basílica se acabó de construir. Todavía huelo el polvo de la obra en el ambiente.

Los frescos que hay sobre mi cabeza, dignos de la capilla Sixtina, parecen hablarme. El color que muestran es espectacular.

Estar aquí, y ahora, es, simplemente, impresionante.

—¿Qué buenas nuevas me traes de mi gran amigo Juan?

La voz retumba en la sala ocupando cada uno de sus rincones.

Me giro, sobresaltado, para comprobar que el que me habla, a pocos metros de distancia, es un hombre delgado que viste totalmente de negro.

Me mira, curioso.

Altivo.

Su piel es blanca. Lleva una cuidada barba de tonos claros, casi rubios, a juego con el bigote y las cejas. Sus ojos azules y redondos me observan.

Me acabo de quedar sin palabras.

Este es uno de esos memorables momentos que me brinda ser un Señor del Tiempo. Un afortunado como pocos. Ahí está, a unos pocos pasos de mí, ni más ni menos que Felipe II, el rey en cuyos dominios nunca se pone el sol.