Capítulo 25
Monasterio de El Escorial
Aquí estoy otra vez, paseando por los jardines exteriores de esta enorme edificación.
Me podía haber tomado un par de días de descanso por eso de que tengo todo el tiempo del mundo en mis manos, pero la verdad es que no me apetecía.
Quiero sacarme cuanto antes este tema de encima.
Me pesa demasiado como para poder relajarme sin más.
Lucía me lo ha notado esta mañana. Por eso no ha protestado porque tuviera que marcharme de nuevo de viaje a Madrid.
Ella también prefiere que acabe este asunto para que nos vayamos de vacaciones unos días a Roma.
No pinta nada mal, aunque me encantaría llevármela a la Roma del siglo I para que la viera en todo su esplendor.
Quizás algún día.
Mi padre se ha quedado de nuevo con las ganas de venir.
Le está costando asimilar que ya no puede viajar en el tiempo. Quería acompañarme de la mano, tal y como hicimos en Sagres para ver a su hijo, mi hermanastro. Pero no quiero. Si a mí me pasara algo, cosa muy probable, él se podría quedar perdido en el tiempo.
Otra vez.
No pienso arriesgarme a ello. Mi tía no lo soportaría .
Lo he dejado a cargo de la tienda, eso lo entretendrá un poco. Y yo estaré muchísimo más tranquilo y concentrado en lo que debo hacer.
Además, junto al dúo Sacapuntas, según dijeron ayer por la noche, irán a investigar los alrededores de la empresa que nos interesa. Espero que puedan, al menos, identificar a los miembros actuales de los ladrones de mentes. Esto ya nos daría mucha ventaja.
Mi padre quiere cargárselos, así, sin más.
Pim, pam .
Sin remordimientos.
No lo culpo, pero a mí todavía no me sale esa vena asesina que él sí parece tener, al igual que el librero y el relojero. En fin, que no puedo criticar las decisiones que uno toma sin haber vivido su vida primero.
Miro a mi alrededor y compruebo que estoy solo.
El parque deportivo situado al este del monasterio está desierto.
El día es frío, gris y encapotado. No creo que tarde mucho en llover.
Camino unos pasos hasta esconderme entre unos árboles verdes y frondosos que crecen junto a un campo de fútbol sala.
Guardo silencio un minuto.
Observo de nuevo a un lado y a otro.
Estoy solo.
Sin dejar de vigilar, me quito el chándal que llevo puesto y me quedo con la ropa que visto debajo. Es sencilla pero ideal para viajar hasta finales del siglo XVI.
Guardo mi ropa moderna en una bolsa de deporte oscura y la escondo entre las ramas del árbol más frondoso.
En su interior también hay un botiquín, un teléfono desechable, una tarjeta de crédito y un par de bebidas y de barritas energéticas.
No sabes lo que se agradece tener estos artículos a mano cuando vuelves de un viaje largo a una época en la que puede pasar de todo .
Miro a mi alrededor una vez más para comprobar que nadie se haya percatado de que he escondido la bolsa ni, por supuesto, que me pueda ver desaparecer como por arte de magia.
Una vez satisfecho, me siento en el suelo y apoyo la espalda en el árbol. Me concentro en el año al que quiero viajar, respiro, me relajo y me dejo llevar…