El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 24
33%

Capítulo 24

Bar de Rosa

Han pasado casi veinte minutos desde que he salido de la librería de don Emilio y todavía tengo la última frase de mi padre danzando por mi cabeza.

No la entiendo, pero sé que hay algo de verdad en ella.

Mi sentido arácnido me lo dice. Me lo grita una y otra vez: «El coloso ha de erigirse sobre las venerables minas, cuyas entrañas ocultan el secreto del sagrado Velo de Cronos».

Más claro, el agua.

Según esas pocas palabras, parece ser que el rey edificó el monasterio en ese lugar en concreto para cerrar el paso a unas minas que contenían un artefacto capaz de viajar en el tiempo.

Lo que más me preocupa, cada vez que lo repito en mi mente, es que no me parece una locura. A estas alturas de la vida, en la que he visto tantas cosas extrañas e increíbles, cuyas historias se han perdido o transformado a lo largo del tiempo, ya no me sorprende nada.

Mi tía me mira sin hablar mientras limpia la barra.

—El bocata estaba buenísimo, tieta .

Ella asiente con una sonrisa.

Sus bocatas siempre están buenos. Me los hace como a mí me gustan y eso no tiene precio.

—¿Quieres otro? —me pregunta. Si por ella fuera estaría comiendo todo el santo día .

—No, gracias. Estoy lleno. Un agua con gas sí me tomaré mientras espero a que llegue Lucía.

Había quedado con ella para cenar, pero me ha dicho que llegará más tarde, así que yo ya he dado buena cuenta del suculento bocata de bacon crujiente. Estaba hambriento.

La puerta del bar se abre y deja paso a los tres personajes más extraños del barrio, si no contamos a mi tía Rosa y a mí mismo. Vamos, que por aquí todos somos más raros que un perro verde.

Dos de ellos me saludan con la mirada y se sientan en su mesa de siempre. El tercero, mi padre, se acerca para darme otro beso. Está recuperando los besos perdidos.

Sabes mejor que yo que, hasta los huesos, solo calan los besos que no has dado.

—Siéntate con nosotros —me dice.

—Rosa mía, ¿qué suculento menú sorpresa nos vas a ofrecer esta noche para nuestro deleite personal? —pregunta el relojero.

—Ya estamos todos —se oye decir a mi tía desde la cocina, entre golpes de cacerolas—. Cualquier día os prohíbo la entrada. Esa sí que sería una buena sorpresa.

El dúo Sacapuntas sonríe con calma.

—Quim, me alegra mucho verte —saluda el relojero nada más dejar su bastón apoyado en la mesa—.

Lamento no haber podido acercarme antes a la librería para conversar acerca de ese curioso documento del que habéis estado hablando.

Emilio ya me ha puesto al corriente. Bien sabes que disfruto estas aventuras tanto como el que más.

Ya me lo imaginaba.

Estos dos son uña y carne y se lo cuentan todo, aunque tú no quieras. Un matrimonio bien avenido en toda regla, vamos. En este caso me da igual. La sabiduría del relojero siempre es bien recibida .

—Investigaremos más profundamente para averiguar si ese objeto es real o no. Hasta que no encontremos más información, poco más podemos hacer —me dice el librero mientras me siento junto a ellos.

—Podemos vigilar a los malotes que, al parecer, también van tras la pista de esa antigualla, sea lo que sea —les suelto sin haberlo pensado demasiado.

En realidad, no lo he considerado ni un segundo.

Ha salido de mi boca sin querer.

Era más una frase dirigida a mi padre que a ellos dos, ya que él sabe de qué va todo.

Los tres me miran.

Mi padre algo más sorprendido que sus colegas.

Esperan más información.

Mientras bebo de mi agua con gas, mi cabeza trabaja a destajo para encontrar alguna excusa que soltar. Pero no la encuentro. Eso me pasa por no pensar antes de hablar.

—¿Tiene algo que ver sobre el tema ese que me has comentado hace un rato? —inquiere mi padre, salvador.

Yo asiento despacio, sin abrir la boca.

Entre otras cosas porque no tengo ni idea de lo que decir.

El librero y el relojero observan como si estuvieran viendo una película de suspense y esta fuera una escena de especial tensión.

—Yo también pienso que puedes tener razón en sospechar de ellos, aunque en realidad no haya nada que los relacione directamente con los robos acontecidos en El Escorial —suelta mi padre.

Sigo sin decir nada.

No es porque no quiera, es que no sé cómo hilar su idea con la realidad. Estoy más perdido que los tipos de aquella serie cuyo avión se estrella en una isla rara.

La mirada del dúo Sacapuntas se clava de nuevo sobre mí.

Yo vuelvo a asentir. No quiero soltar prenda .

Ellos miran a mi padre de nuevo.

Esperan.

Tienen paciencia de sobra, son ancianos.

—Al parecer, esa empresa lleva semanas solicitando información al conservador jefe de El Escorial sobre un objeto llamado el Velo de Cronos —informa, por fin, mi padre a sus amigos.

Y de paso a mí también—. Lo sabemos porque dicho conservador se lo ha comentado a tres de los anticuarios más importantes de Madrid.

—Y estos me lo han preguntado a mí —suelto al instante, situándome dentro de la mentira piadosa.

Mi padre sonríe.

Qué sabio es el tío.

—Por eso mismo, también nos hemos interesado nosotros en ese objeto —añado como un mentiroso profesional.

Podría haber sido político o abogado.

—Ignoro a qué empresa os referís, pero es evidente que no se trata de una simple casualidad. Aquí, sin lugar a duda, hay algo oculto que merece ser esclarecido —indica el relojero, convencido.

Yo vuelvo a mover la cabeza en señal de afirmación.

—¿Cómo dijiste que se llamaba la empresa? —quiere saber mi padre.

Pensaba que ya le había seguido el rollo, pero otra vez me ha vuelto a dejar fuera de juego.

—¡Ah, sí! —exclama de pronto.

Pues menos mal, porque yo no iba a abrir la boca. Estaba a punto de simular un ataque de tos para salir de esta situación sin que estos dos sospechen nada.

—Vimley me has dicho. O algo así.

Los ojos de nuestros colegas y acompañantes se abren de par en par. Se miran entre ellos. Sus mentes se deben de estar comunicando telepáticamente porque el tiempo pasa y no dicen nada .

Solo se miran como si el tiempo se hubiera detenido.

—Mira estos dos atontaos , embobaos como si se acabaran de conocer y no llevaran juntos casi cien años —suelta mi tía Rosa, antes de dejar la cena sobre la mesa.

Mi padre suelta una carcajada sincera.

El dúo Sacapuntas parece salir del trance y miran a mi tía sin haber escuchado nada de lo que ha dicho.

—A ver, parejita de enamoraos , hoy os toca pechuga a la plancha con puré de patatas. Todo casero —informa mi tía antes de irse.

En el fondo los quiere mucho, por eso los cuida como si fueran de la familia.

—Menú de residencia, tenemos para hoy —susurra el relojero, vigilando que mi tía esté lo suficientemente lejos para que no lo escuche y evitar así una colleja inesperada.

—Parece que sabéis algo de esa compañía —suelta mi padre, volviendo al tema que nos importa, como el que no quiere la cosa.

Ahora son ellos los que asienten.

Son hombres de pocas palabras mientras cenan.

—La investigamos hace unos meses —informa el librero.

—¿Por qué? —pregunta de nuevo.

—Por un manuscrito que cayó en mis manos y que te hubiera vuelto loco de contento —le suelta el librero.

¡No! Ni de coña debe enterarse de ese tema.

Mi padre abre los ojos, impresionado.

Sabe que si su amigo le dice eso es porque no le falta razón.

—¿Qué se contaba en él? —inquiere mi padre.

—Nada que nos importe ahora —interrumpo para sorpresa de todos.

Mi padre me mira.

Sabe que no quiero que se hable de ese manuscrito.

Lo intuye .

—Ya me lo enseñarás, parece interesante por lo que explicas —le dice al librero, desafiante, sin dejar de mirarme.

La madre que lo parió.

—Por supuesto. Lo tengo guardado a buen recaudo, en algún lugar de mi sótano.

Que te lo crees tú.

No lo digo en voz alta, pero sí lo pienso con una sonrisa maquiavélica y oculta. Se lo robé en cuanto pude.

Lo siento por el librero, pero ese manuscrito no podía caer en manos de nadie, ni siquiera en las de mis amigos. Demasiada información acerca de objetos muy relacionados con mi estirpe.

Y con mi secreto.

Tampoco quería que mi padre lo viera.

Hubiera vuelto al pasado en busca de esas reliquias y la hubiera cagado, por descontado. Lo siento, pero las cosas deben quedar tal y como están.

—Sabemos de esta compañía porque pocos meses atrás dos matones relacionados con ella intentaron liquidar al bueno de Emilio —informa el relojero.

Mi padre levanta las cejas y los mira con total asombro.

El relojero asiente mientras come, recordando aquella peligrosa situación.

—Investigando a esos dos tipejos descubrimos que la empresa que los contrató fue la que tú has nombrado —le acaba de informar el librero.

—Pero no hallamos prueba material alguna —añade el relojero. Tras soltar su frase, niega con la cabeza y sigue comiendo.

—Podemos investigar a esa gente —señala mi padre.

—Estaremos encantados de visitar y examinar detenidamente las instalaciones de nuestros estimados amigos de la avenida Diagonal —indica el relojero nada más acabar su plato .

—Por supuesto que sí —añade el librero—. Pero esta vez deberemos ir con más ojo. En la ocasión anterior nos descubrieron a la primera de cambio. Fue un trabajo de novatos.

—No nos lo esperábamos —refuta el relojero en su defensa—. Pero esta vez será distinto porque contamos con la inestimable ayuda de nuestro amigo Félix.

Mi padre sonríe.

Ha sabido hilarlo todo con maestría para acabar como y donde él quería. Van a vigilar a los ladrones de mentes sin levantar sospechas sobre nuestro secreto. Sobre mi don.