Capítulo 23
Librería de don Emilio
Nada más llegar al barrio, enfilo directo hacia los dominios de mi querido amigo el librero.
En cuanto le he contado a mi padre que tras los robos del monasterio están los ladrones de mentes, se ha preocupado bastante.
Y no le falta razón. Si encuentran lo que están buscando, sea lo que sea, será perjudicial para nosotros.
Me ha dicho que me esperará en la librería con don Emilio.
Según hemos acordado, nuestra coartada para investigar y averiguar información sobre el objeto conocido como el Velo de Cronos consistirá en afirmar que tres de los anticuarios más prestigiosos de la capital me han preguntado por él.
Y la coincidencia nos ha parecido, como poco, algo extraña.
De momento no diremos nada más. Tampoco ha hecho falta.
El librero se ha entusiasmado nada más saber que existe una novedad que lo va a distraer de la monotonía.
Y si, además, se trata de rebuscar entre antiguos y polvorientos documentos, mejor que mejor.
En cuanto entro en la librería, la esencia que desprende el papel de los libros antiguos me inunda por completo, un aroma cada vez más complicado de encontrar, un lujo en peligro de extinción.
Por suerte para el barrio, y para mí, don Emilio no tiene pensado cerrar su negocio hasta que se muera.
Esta es una de las pocas librerías de mi ciudad en las que puedes pasear entre montañas de historia escrita.
Menos mal que con los rifles no se matan las palabras.
Mi padre y el librero se giran para mirarme en cuanto entro.
Están uno frente a otro. Entre ellos, el viejo mostrador principal.
Sobre el cristal rayado del expositor, que ha visto más libros que ningún otro en la ciudad, hay esparcidas decenas de hojas de distintas tonalidades. Todas ellas parecen muy antiguas.
—Quimet —saluda el librero.
Mi padre se acerca y me da un beso.
—¿Qué tal tu viaje?
—Bien. Más rápido de lo que me pensaba.
—Hemos indagado sobre ese objeto que me has comentado —informa tras unos segundos—. La verdad es que no hay mucho sobre él, pero lo poco que hay…
—…es verdaderamente interesante —interrumpe el librero sin dejar de buscar entre las hojas.
Me acerco hasta el viejo mostrador que lleva en ese mismo lugar desde que tengo memoria.
Es un mueble de unos dos metros de largo cuya parte superior es de cristal.
Si no fuera por todo lo que hay esparcido en este momento sobre él, se podrían ver libros, documentos y accesorios variados que el librero expone con mimo.
Este mueble sirve, además, como frontera natural que delimita la parte pública de la librería y los dominios privados de don Emilio, en los que se hallan la caja registradora y una puerta que es el único camino hacia el sótano, lugar al que solo pueden acceder los elegidos.
Y de esos hay muy pocos.
—Quimet…, no sé cómo lo haces, pero siempre apareces con temas sugerentes —susurra el librero sin dejar de rebuscar entre los papeles. Está contento.
Se nota que necesita algo con lo que entretenerse y salir de la rutina. Se detiene ante una de las láminas y la levanta .
—¡Aquí está! —exclama con orgullo.
—¿Qué es? —ansío saber. El documento que tiene en su mano aparenta varios siglos.
Mi padre observa a su amigo y vecino sin decir nada.
Ambos sabemos que el librero funciona a una velocidad distinta a la del resto de los mortales.
Necesita su tiempo. No es que sea lento, al contrario, es que su mente, brillante como pocas, siempre parece estar en una dimensión distinta a la nuestra.
«Hay que tener paciencia. Así son los genios», decía mi abuelo, que lo conocía mejor que nadie.
—Solo he hallado dos menciones a ese objeto llamado el Velo de Cronos —indica por fin el librero, para nuestro descanso. Ya se nos estaba acabando la paciencia—. Son referencias muy vagas y separadas una de la otra por siglos de diferencia. Pero quizá sea un cabo del que podamos tirar.
—¿Qué cuentan? —quiero saber.
De nuevo, el librero se toma su tiempo.
Si estuviera aquí su amigo el relojero ya le habría llamado la atención. Es el único que lo hace.
—El primer apunte que he encontrado es del año 901. Lo tenía en mi caja de seguridad desde hace más lustros de los que recuerdo —señala con una sonrisa.
—¡Vaya! —exclamo sin querer.
El librero me mira y asiente sin decir nada.
Deja su preciado tesoro sobre el mostrador.
Es una hoja de color marrón y está protegida por un plástico para evitar que se dañe.
—No es un pergamino —digo al verla más de cerca. Es algo que me extraña, ya que era lo más usado en aquella época, que yo sepa.
—Tienes buen ojo, Quimet. Esta hoja no viene de dominios cristianos —explica el librero ante mi apreciación—.
En las regiones bajo mando musulmán, como al-Ándalus, el papel comenzó a introducirse gracias a la influencia de la civilización islámica, que lo había adoptado de China tras la batalla de Talas a mediados del siglo VIII.
—Este tipo de hojas se fabricaba a partir de fibras vegetales como el lino —apunta mi padre, que seguramente lo sabe porque él mismo fabricó algunas durante sus viajes. Yo sí lo he hecho. Aunque su uso era aún limitado, se utilizaba en círculos muy específicos.
El librero asiente.
Está encantado de buscar información sobre cualquier tema entre todo lo que tiene guardado en su sótano. Es como un ratón de biblioteca que además está aburrido.
—¿Qué dice ese documento? —le apremio para que acelere, intentando no ser demasiado maleducado.
—Lo que narra es, como poco, impresionante —adelanta mi padre. Y si él dice eso, es porque lo es.
—Fue escrito en la ciudad de Ṭulayṭulah, Toledo para nosotros, por alguien llamado Ibn Faris al-Toledí —comienza a contarme el librero—. Gracias a algunas referencias, hemos podido averiguar que ese hombre era un erudito en filosofía.
—Había muchos escribas así. Era bastante normal en aquella época, donde la escritura y el conocimiento estaban profundamente ligados a los estudios religiosos, científicos y místicos —añade mi padre.
—Evidentemente, este hombre era especial —matiza el librero, al que le encanta rebatir temas.
Señala con el dedo sobre el plástico que las protege—.
Ibn Faris fue un estudioso de la Casa de la Sabiduría en Toledo.
Se dedicó a traducir y preservar textos clásicos griegos, latinos y persas, además de escribir tratados sobre temas como la alquimia y la astronomía.
El librero, que se acaba de poner unos guantes blancos de tela, abre con cuidado el protector transparente que guardaba las hojas.
Una a una, las expone sobre un trapo negro y limpio .
—Este escriba, fascinado por la intersección de lo espiritual y lo físico, documentaba, sobre todo, por lo que hemos podido comprobar tu padre y yo, objetos de gran simbolismo, como talismanes, astrolabios o manuscritos cifrados que se creían poseedores de conocimiento divino o poderes ocultos.
Observo las hojas colocadas en fila y espero más información, paciente. Al librero no le importa el silencio, vive entre su abrazo la mayoría del tiempo.
—¿Por qué en Toledo? —pregunto para romper la quietud del ambiente y no gritar de los nervios. A pesar de mi aguante, las esperas del librero me comen por dentro en más momentos de los que desearía.
Mi padre sonríe.
—Madrid era una ciudad pequeña por aquel entonces.
Toledo era un crisol cultural donde convivían musulmanes, judíos y cristianos.
Sin lugar a duda, esta mezcolanza hacía de la ciudad un lugar ideal para que alguien como Ibn Faris tuviera acceso a saberes y leyendas místicas —expone mi padre, como si supiera perfectamente de lo que habla.
Además de un gran historiador, estoy seguro de que ha estado allí, en aquella época, y lo ha vivido de primera mano.
El librero asiente sin refutar nada de lo que ha dicho su colega Félix. Señala con el dedo enguantado una de las hojas para que la mire.
Me acerco a ella y me fijo en la firma que hay al final del escrito, que parece ser la del mismísimo escriba.
—El propio Ibn Faris escribió estas hojas —confirma el librero para mi asombro. Este hombre tiene verdaderos tesoros guardados en su sótano.
Como yo mismo, ahora que lo pienso.
—Él fue el encargado de estudiar y escribir sobre un objeto misterioso que, según relata aquí, era un antiguo talismán que contenía inscripciones sumerias, además de símbolos egipcios .
—Flipante —suelto en voz alta.
—Se refiere a él como el Velo de Cronos.
Se queda callado durante un par de segundos.
Después, una decena más.
Respiro en profundidad para no saltar de la ansiedad.
—Un objeto tan antiguo como el hombre y que se mezclaba desde tiempos remotos en las tradiciones no solo de estas culturas, sino de otras en distintos lugares.
—Menudo galimatías. Eso no nos aclara nada. ¿Al menos explica lo que era? —pregunto sin dejar de admirar la bella caligrafía del antiguo escriba.
—No en este documento —contesta el librero con un hilo de voz.
Mi padre me mira.
Está serio. Pensativo.
Algo me dice que ese objeto es más importante de lo que ninguno de nosotros podemos llegar a pensar.
—¿Y lo explica en el otro?
—Así es —confirma el librero—. Este otro es un escrito del año 1560, firmado por un tal JT que, la verdad, no sabemos quién es. Aquí se describe el Velo de Cronos como un objeto que llamó de forma obsesiva el interés de Felipe II.
Mis ojos se abren más de lo normal.
Mi padre ya esperaba esa reacción.
Por fin tenemos un punto de unión entre los robos de El Escorial y el dichoso Velo de Cronos, sea lo que sea.
—Felipe II lo seguía con interés, seguramente, tal y como indica el escriba del documento, porque se asociaba a un texto místico cabalístico al que el rey Salomón parecía darle mucha importancia.
Otro nexo más: Salomón y Felipe II, juntos de nuevo.
—Y ya sabes cómo era Felipe II cuando se trataba de temas que tuvieran que ver con Salomón —me recuerda mi padre, guiñándome un ojo, como si me hubiera leído el pensamiento .
—¿Sabemos si ese texto es real o solo forma parte de las múltiples fábulas que rodean al rey de Israel? —quiero saber.
—Parece real. No hablo de la historia que se narra sobre el objeto, por supuesto, sino de su existencia —contesta el librero con total seguridad—. Aunque en los escritos de Salomón a los que hace referencia no se habla del Velo de Cronos, sino del Velo de Metatrón.
—¿Metatrón? Eso me suena a robot que se convierte en camión —les digo sin pensarlo.
Los dos me miran sin entenderme.
Hago gestos con la mano para que lo olviden. No creo que estén al día sobre películas de robots alienígenas.
—Hay un claro paralelismo entre Metatrón y Cronos.
Dicho esto, mi padre se queda tan pancho mientras el librero asiente sin abrir la boca y yo espero a que desarrolle algo más su opinión.
—Pues estará claro para ti —le suelto al ver que no va a dar más explicaciones.
—En la tradición mística judía, especialmente en la Cábala, Metatrón es una figura enigmática considerada el escriba celestial, además del guardián del tiempo y los registros cósmicos —dice mi padre al verme cara de no haber entendido nada de nada—.
Aunque no devora hijos como Cronos, tiene control sobre los ciclos divinos del universo.
—En definitiva, y, para resumir, Salomón se refiere a un objeto que tiene la capacidad de variar la dirección del curso de las aguas del río del tiempo —añade el librero.
En mi cabeza ya se están formando algunas ideas.
Está claro que el río del tiempo es una metáfora del tiempo en sí. Y cuando habla de variar el curso del agua se refiere a poder viajar al pasado, al futuro, o a ambos.
—Llámese Cronos o Metatrón, el objeto al que nos referimos parece tener una relación directa con el tiempo —resumo en voz alta. No quiero decir nada sobre viajes en el tiempo, pero seguro que mi padre lo ha pillado al vuelo.
—Solo sabemos que el texto del siglo XVI acaba con una frase bastante intrigante —informa mi padre.
—Además de tajante —añade el librero.
—Y rebuscada —vuelve a decir mi padre.
—Enrevesada, más bien —refuta el librero.
—Además de totalmente innecesaria y compleja —objeta mi padre de nuevo.
Yo miro a uno y a otro como si estuviera viendo un partido de tenis.
—¿Podéis callaros ya y centraros de una vez?
Mi padre asiente, con una sonrisa irónica, a la vez que señala la hoja de la que hablamos.
—Las últimas líneas del documento dicen textualmente: «El coloso ha de erigirse sobre las venerables minas, cuyas entrañas ocultan el secreto del sagrado Velo de Cronos.
Así quedará para siempre vedada su entrada, lejos del alcance de los hombres, para que jamás su poder desborde los límites impuestos por la divina providencia».