El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Edificio Vimley C&S

Barcelona

En cuanto los dos vigilantes de seguridad quedan inconscientes junto a Quim, las mentes de dos hombres comienzan a despertar de un profundo sueño, a más de seiscientos kilómetros de El Escorial.

Se hallan en la única planta del edificio que está habitada a esas horas de la noche.

En ella tiene su sede una sociedad internacional llamada Vimley Consulting & Security, donde la jornada laboral depende de tantos factores que no hay un día en que el horario sea igual que el del anterior.

La oficina central de la todopoderosa empresa tecnológica está en la avenida Diagonal de Barcelona y, como todas las grandes empresas de su sector, guarda secretos.

En este caso es uno que nada tiene que ver con sus actividades habituales, sino con algo mucho más profundo, antiguo e increíble de lo que cualquier ciudadano de a pie se pueda imaginar.

En los dominios de la lujosa décima planta solo hay una sala en la que se necesita una acreditación especial para acceder.

Se trata de una tarjeta que está al alcance de unos pocos.

En este instante, tres hombres se encuentran en su interior.

Uno de ellos es el médico que siempre debe estar presente durante los saltos.

Los otros dos no son los más listos ni los más ricos ni tan siquiera los más influyentes de esta antigua compañía, pero son importantes para ella.

Dos varones, primogénitos y descendientes del mismísimo Aarón, hermano mayor de Moisés, perteneciente a la tribu de Leví y que, según el Libro del Éxodo, fue designado por Dios como el primer sumo sacerdote, encargado de administrar el Tabernáculo y, más tarde, el templo en Jerusalén. Además, era un Señor del Tiempo.

En el centro de la pequeña y austera estancia hay una mesita redonda en la que nunca faltan las botellas de agua y una caja metálica de color negro.

Alrededor de la mesa se reparten una docena de cómodos sillones colocados como las marcas horarias de un reloj.

En este instante, tan solo dos están ocupados.

A pesar de ser descendientes lejanos de Aarón, al igual que Félix y Quim Mora, los hombres que se hallan en el interior de la sala no pueden viajar al pasado tal y como lo hacen los Mora.

En cierto momento de la historia, el destino quiso que heredaran un don distinto, el que consiguió, por accidente, el más pequeño de dos hermanos gemelos.

Desde entonces, solo pueden viajar ocupando la mente de alguien que ya esté en el momento y en el lugar al que necesiten ir. Son ladrones de mentes.

Los dos hombres, que todavía permanecen estirados, despiertan de un breve sueño. El primero en hacerlo es Abel, el más veterano, a pesar de haber cumplido los treinta hace apenas dos días. Un minuto después lo hace Isaac, cinco años más joven.

Los ojos de ambos están apretados por el dolor que sienten durante los primeros segundos del retorno de cualquier viaje. Y no es lo peor, ni mucho menos. El momento más odiado por ellos es cuando, un momento después, aparecen las convulsiones. Nunca se encuentran con un despertar apacible.

Los dos ladrones de mentes tensan sus mandíbulas, mordiendo con fuerza las férulas de plástico que evitan que sus dientes se partan por la tensión, a la vez que aprietan todavía más los ojos.

Sus manos se aferran a las asas que sobresalen de los laterales de sus asientos, mientras intentan agitar piernas y manos sin éxito, ya que están sujetas por una gran cinta de velcro para evitar daños mayores.

El cruel despertar dura demasiado tiempo.

Siempre es igual.

Cada vez que vuelven de un viaje sufren un estrés tremendo en el instante en que sus mentes vuelven a ocupar el lugar que les corresponde.

Es demasiado intenso para que no deje secuela y ellos los saben.

Con cada retorno, la mente se daña un poco más, sin remisión, y es por ello por lo que los ladrones de mentes dejan de viajar cuando todavía son jóvenes, antes de perder la cabeza del todo.

Treinta y cinco es la edad de jubilación recomendada si no quieren acabar como un vegetal.

A partir de entonces, pasarán a ocuparse de otros menesteres.

El único ladrón de mentes que viajó varios años más de lo que los doctores de la empresa recomendaban fue Jacob, toda una leyenda entre su estirpe.

A pesar de que en sus últimos años ya mostró daños severos en su sique, él siguió viajando, sumido en su propia locura, hasta que Quim acabó con él hace unos pocos meses.

En aquel mismo instante, Jacob se percató de que Quim era de su mismo tiempo, pero no pudo informar de ello a sus jefas, ya que murió antes de hacerlo.

—Estaba allí. Era él.

El primero que balbucea unas palabras comprensibles es el más joven, Isaac, más fuerte y mejor preparado físicamente que su colega.

El doctor que vigila las constantes se acerca y suelta los amarres que sujetan sus muñecas.

Isaac se incorpora y desabrocha las correas de los pies.

Coge una de las botellas de agua y bebe con ganas.

Acto seguido, abre la cajita que está sobre la mesa y se traga una de las pastillas que guarda en su interior.

Son calmantes de acción rápida que les ayudan a soportar los tremendos dolores de cabeza que siempre acompañan al regreso.

Su compañero hace lo mismo, aunque con más esfuerzo.

—Me ha dicho que mató a Jacob. Era él —repite el chaval con más entereza, algo más repuesto—. Es el último Señor del Tiempo, al que todos buscan en nuestro presente.

Abel se pone en pie, estira la espalda y el cuello hasta que cruje como una rama seca.

Se acerca hasta el único mueble que hay en la estancia y abre otra caja.

Es de color gris. No hay señal digital ni electrónica que pueda salir de su interior, por este motivo, en ella se depositan los teléfonos móviles de los que van a saltar, para evitar llamadas, mensajes o alarmas indeseadas que rompan la concentración de los viajeros.

—¿Le has visto la cara? —pregunta el veterano.

—No me ha dejado. Me tenía bien agarrado, el muy mamón. Sabe luchar, de eso no hay duda —opina con conocimiento de causa, ya que él es un consumado practicante de la lucha cuerpo a cuerpo.

—Tenemos que comunicarlo enseguida —indica antes de encender su móvil para informar a sus jefas de lo sucedido.

—No esperaba que estuviera allí. ¿Cómo se ha podido enterar? —se pregunta a sí mismo el más joven.

—Es un Señor del Tiempo, Isaac. Tarde o temprano se va a enterar de todo.