Capítulo 20
Pasado
Monasterio de El Escorial
La solidez bajo mis pies evidencia que ya he llegado al destino.
Espero que sea el elegido. Aunque haya sido un salto fácil por ser cercano en el tiempo, nunca te puedes fiar, que menudas sorpresas me llevado en más de una ocasión.
Al abrir los ojos compruebo que el sol ha desaparecido y en su lugar hay una oscuridad casi absoluta.
Tampoco escucho ruido alguno y esto, ahora mismo, es una buena noticia.
Observo con atención a través de las cuatro aberturas que me brinda el Templete.
No hay nadie a la vista. El lugar está completamente vacío.
Salgo al patio por la cara este y puedo admirar, sobre mi cabeza, un cielo nocturno plagado de estrellas que me vigilan.
Camino con sigilo, despacio, agachado para que la negrura me camufle.
Paso junto a uno de los centenares de columnas que pueblan la fachada del patio hasta llegar al claustro principal.
Ojalá que no cierren por la noche con llave todas las puertas que tiene el monasterio.
Son miles, así que no creo. Espero que dejen abiertas aquellas que me interesan. Pruebo suerte en una de ellas.
Se abre sin ofrecer resistencia.
Genial, vamos bien .
Nada más entrar me percato de que la oscuridad del exterior es casi la misma que en el interior.
Al parecer, están de ahorro y apagan todas las luces por la noche.
Suerte de las modernas luces de emergencia, que señalan las puertas de salida y me brindan una pizca de luz.
No es mucho, pero me sirve para caminar sin dejarme los dientes clavados contra una estatua de mármol.
No puedo ver el detalle de las paredes, pero sí me doy cuenta de que toda la galería por la que camino está abarrotada de cuadros enormes. Recuerdo haberlos visto en la visita de esta misma mañana.
Gracias a la guía, sé cuál es la puerta exacta que me dirigirá hasta la sacristía que me interesa. Una sala abovedada y con los techos ornamentados que me ha parecido una verdadera preciosidad. Espero que no sufra daño alguno en el futuro asalto que va a presenciar.
La guía, de cuyo nombre sigo sin poder acordarme, me ha explicado que se llevaron varios objetos y que rompieron otros tantos, entre ellos, una figura de san Lorenzo que llevaba allí desde el principio de los tiempos y que era la pieza más horrorosa del lugar.
Al igual que Laura, mi amiga policía, la guía tampoco entiende que no hayan metido la mano ni en la cajonería donde se guardan los ornamentos sagrados ni se hayan llevado un hermoso espejo de cristal de roca, regalo de una reina cuyo nombre tampoco recuerdo.
Es muy raro. Una de dos: o no tenían ni idea de lo que buscaban, o lo tenían muy claro. No hay término medio. Y mi instinto me dice que la segunda opción es la correcta.
Lucía me comentó que los objetos robados que habían hallado estaban rotos en cien pedazos, como si buscasen algo en su interior, lo que explicaría que se llevaran las reliquias menos valiosas de toda la sacristía y las hicieran añicos.
Después de recorrer la sala al completo, me percato de que hay pocos lugares donde esconderse .
Tras mucho indagar, decido atrincherarme entre unas cajoneras más antiguas que el hilo negro. Me agacho y rezo para que mi figura quede camuflada por la tétrica oscuridad que me rodea.
Aquí creo que podré pasar desapercibido.
O eso espero.
No las tengo todas conmigo.
Miro mi móvil y veo que son las once y veintiocho de la noche. Los ladrones ya deben de estar al llegar.
Un momento después, escucho pasos y gente hablando en la galería por la que he venido. Cautelosos no son. La puerta de la sacristía se abre y aparecen por ella dos hombres vestidos con el uniforme de la empresa de seguridad que se encarga de vigilar el monasterio cuando está cerrado.
No encienden la luz de la sala.
Mejor para mí.
Llevan una pequeña linterna cada uno.
Entran en la estancia. Uno de ellos, el que parece más joven, camina directo hacia el extremo opuesto por el que acaba de entrar.
Si continúa por ese camino pasará por delante de mí en breve.
El otro se acerca hasta uno de los muebles que está junto a la entrada e intenta abrir unos cuantos cajones.
No puede, parecen estar cerrados con llave.
Esta escena me suena tan familiar que me pone los pelos de punta.
Mi sentido arácnido, que ahora sé que viene de serie con el paquete prémium de Señor del Tiempo, se dispara hasta erizarme los pelos de la nuca.
Tengo claro que estos dos tipos son vigilantes de seguridad, pero sus mentes, en este momento, no les pertenecen. Son ladrones de mentes.
Escucho la voz de mi padre diciéndome que los mate.
Que los liquide.
«Dos ladrones de mentes menos, hijo. Eso no se consigue todos los años. Es como ganar un mundial, Quim».
No puedo hacerlo .
Ni quiero.
Sé que estos dos pobres hombres no tienen culpa de que los hayan poseído. Tienen padres, posiblemente hijos, hermanos y familiares que no merecen un dolor gratuito como el que sufrirían si me los cargo.
Aunque sería el camino más fácil.
Intento calmarme un segundo.
Sigue caminando por la sala y pasa a dos metros de mí. No te detengas, chaval. No mereces una muerte así.
—¿Ves la escultura? —grita el otro desde la entrada.
—Está sobre el mueble —responde el que tengo más cerca, sin dejar de caminar—. Si no encontramos hoy alguna pista de su paradero tendremos que bajar al panteón. O a las grutas. Ya no quedan más lugares en los que buscar.
—Eso son palabras mayores. No podemos ponernos a picar piedra así como así —refuta el de la puerta de entrada, con total tranquilidad—.
Tendremos que buscar siglos atrás, cuando este lugar no estaba tan vigilado como ahora.
Quizás, con algo de suerte, algunos de los que estaban en la construcción oyeron hablar de ese jodido Velo de Cronos, porque en este tiempo está claro que no lo conoce nadie.
Mi instinto se activa de nuevo.
No sé de lo que hablan, pero sin duda es importante.
Y mucho.
Gritan sin miedo a que alguien los escuche. ¿Quién vigila al vigilante? Parece ser que nadie.
No quiero hacerles daño porque no tienen culpa de lo que están haciendo. Bastará con dejarlos sin sentido para que los ladrones de mentes desocupen las suyas.
Antes de que mi cabeza pueda recapacitar, mi cuerpo se levanta de un salto y se abalanza sobre el guardia que tengo más cerca.
Le suelto un puñetazo que no espera y cae redondo al suelo, noqueado.
Un segundo después, ya vuelvo a estar camuflado entre las sombras que me brindan las paredes. El otro no me ha visto.
—Abel, ¿qué estás haciendo? ¿Abel?
Al no recibir respuesta, se acerca para comprobar qué ha pasado. Cuando lo tengo a un par de metros, lo abordo por detrás y lo agarro del cuello para dejarlo también sin sentido. Pero antes de que llegue hasta él la oscuridad absoluta, le pregunto:
—¿Qué buscáis aquí?
Aflojo un poco la presión del cuello.
Quiero que hable.
No dice nada, solo forcejea.
—¿Qué estáis buscando? —pregunto de nuevo.
Todavía tengo un halo de esperanza de que solo sean vigilantes cumpliendo con su labor de patrullar por los pasillos y yo la esté cagando, pero mi instinto sabe que no.
—Vete a la mierda —balbucea.
Agarro su arma del cinturón y se la pongo en la sien.
—Dime qué buscas o tu camino se acaba aquí.
—No eres capaz —me reta, rabioso.
—Díselo a Jacob —le digo al oído—. Ah, no, espera, que a ese cabrón lo liquidé hace unos meses con mis propias manos.
En ese instante, su cuerpo deja de forcejear y se centra en girar su cabeza para mirarme a la cara. Yo lo aguanto en la misma posición, apretando más el arma contra su cabeza. No voy a dejar que vea quién soy, hoy no he venido disfrazado.
—Eres hombre muerto, puto Señor del Tiempo —escupe con toda la rabia que sus pulmones permiten.
Antes de que pueda preguntarle de nuevo, se desmaya. Lo dejo caer con cuidado. El pobre poseído no tiene ninguna culpa. Camino hacia el final de la sala, pasando junto al cuerpo del guardia que sigue tendido en el suelo, y llego hasta el lugar donde está la escultura que querían llevarse.
Cojo la pequeña estatua con cuidado y la miro.
Es muy normal. Y muy fea, como dijo la guía.
La agito en el aire para ver si noto algo en su interior, pero no hay nada. La observo un instante. ¿Qué hago? ¿Me la llevo y la rompo en casa con cuidado o la hago añicos aquí para ver si hay algo dentro?
Un ruido sordo soluciona mi dilema.
Ha sido un disparo.
Al estruendo le sigue el estallido de la figura, que explota dejando la mitad inferior agarrada por mi mano y el resto esparcido por el suelo en multitud de trozos pequeños. Lo que contuviera en su interior ha salido despedido fuera de mi vista.
Retrocedo un paso antes del segundo disparo, que hace estallar la esquina del mueble que tengo a mi lado.
Reculo contra la pared antes de que llegue el tercero.
Me oculto entre las sombras y espero. Estoy un poco agitado y no puedo pensar con claridad.
Me concentro en saltar en el tiempo, pero no puedo.
El pistolero está a dos metros de distancia y sé que va a dispararme en cualquier momento.
Sin pensarlo dos veces, lanzo lo que queda de la pobre figura de san Lorenzo a la pared que tengo enfrente. El sonido de la estatua rompiéndose en pedazos hace que el vigilante desvíe su mirada hacia el otro lado.
—Maldito hijo de…
No le da tiempo a decir nada más.
Me acerco a él y lo dejo sin sentido de nuevo. Esta vez me aseguro de que así sea, para que la mente del ladrón deje de poseer a este pobre desgraciado, al que mañana le va a doler la cabeza de lo lindo sin saber por qué.
Salgo de la sala como alma que lleva el diablo y me escurro entre las sombras de la galería, deshaciendo el camino por el que he venido, antes de que otros vigilantes de seguridad, que ya escucho a lo lejos, se apunten a la fiesta.
Entro al patio y camino hasta el Templete desde el que salté. Me concentro, a pesar de los nervios, para regresar al tiempo del que vine.