Capítulo 19
Monasterio de El Escorial
Madrid
Estoy paseando por el Patio de los Reyes, situado dentro del complejo de El Escorial.
Es una zona abierta y muy agradable, al menos hoy que la temperatura es buena y el sol no quema demasiado.
No es la primera vez que visito este lugar, pero la verdad es que no tengo ni idea de lo que debo buscar ni por dónde empezar, así que he contratado a una guía que me han recomendado unos amigos historiadores que viven en Toledo.
Ya hace un rato que me ha dicho que me espere junto a las escaleras, bajo las estatuas de los seis reyes, mientras ella iba al lavabo y a buscar unos mapas.
O eso creo, porque habla tan rápido y bajito que apenas la he escuchado.
No he entendido ni su nombre y eso que le he preguntado dos veces. Estoy entre Clara, Sara y Mara.
Hasta el momento, los planes han salido según lo que tenía planificado, algo que no siempre se cumple.
A primera hora de la mañana me he despedido de Lucía.
Le he dicho que estaría fuera un par de días y que, si todo iba bien, cabía la posibilidad de que volviera antes.
La experiencia me ha enseñado que es mejor dejar un margen de seguridad por si salen imprevistos, como ocurre en el noventa por ciento de los saltos.
Noventa y nueve por ciento, siendo realista .
Peter me ha recomendado ir hasta el aeropuerto de Sabadell en el helicóptero en lugar del coche, para evitar el denso tráfico que colapsa la Ronda Litoral cada mañana.
Ya lo tenía todo preparado cuando he llegado al helipuerto de la torre Mapfre a las ocho en punto.
Apenas media hora después, despegábamos en el avión privado que uso para ocasiones especiales y una hora más tarde, casi a las diez de la mañana, aterrizábamos en un aeródromo situado a treinta minutos del monasterio.
En comparación, diría que casi he tardado más en sacar la entrada y acceder al interior del recinto, que en llegar a él desde mi casa en Barcelona. Pero bueno, lo que importa es que ya estoy dentro, como un turista más que observa este magnífico edificio.
Sobre mi cabeza puedo ver las estatuas que me comentaba la guía. La verdad es que es curioso que, en lugar de los reyes más importantes del país, estén las figuras de seis reyes del antiguo testamento y que todos ellos, de una forma u otra, hayan estado relacionados con el templo de Jerusalén.
Ya me lo comentó mi padre, que sabe de Salomón más que nadie.
Se moría de ganas de venir conmigo, el pobre.
Sus palabras resuenan en mi cabeza como si lo tuviera a mi lado haciendo de guía: «En el Patio de los Reyes ya podrás intuir la estrecha relación entre Felipe II, el Monasterio de El Escorial y el Templo de Salomón».
—Ya estoy aquí. Disculpe el retraso, pero quería hacerme con estos planos que seguro le ayudarán a entender la magnificencia de esta fabulosa obra arquitectónica.
La voz suave de la guía me devuelve a la realidad.
La miro y veo que tiene el rostro colorado.
Creo que ha corrido más de lo que debería. Debe rondar los treinta y tiene una cara simpática, redonda y con unos mofletes de esos que a las abuelas les gusta pellizcar a todas horas .
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunto, a la vez que le tiendo una de las dos botellas que llevo en mi mochila.
No lo duda ni un segundo.
Agarra la botella y le da un trago largo.
—Muchas gracias, señor Mora, es usted muy amable.
—Mejor nos tuteamos, si te parece. No me siento cómodo cuando me llaman de usted —le digo con sinceridad.
—Me parece perfecto. ¿Comenzamos la visita?
Yo asiento.
Me cae bien esta mujer, se llame como se llame.
—Empezaremos este paseo al mal llamado Monasterio de El Escorial desde aquí —informa con un tono más profesional.
—¿Cómo debo llamar entonces a este lugar si no es monasterio? —le interrumpo, para que me quede claro.
—Es que no es solo un monasterio. Este edificio alberga una biblioteca, un palacio real, un panteón, una basílica, un hospital, un colegio... Es mucho más de lo que la gente se piensa. Treinta y tres mil metros cuadrados… ¡Imagínate!
La verdad es que tiene razón.
—Ahora mismo nos encontramos en el Patio de los Reyes, llamado así, como puedes ver —dice señalando hacia arriba, donde en el balcón del primer piso asoman las imponentes esculturas—, por los seis soberanos que vemos en la fachada de la basílica.
Se aleja unos pasos para observar las estatuas con mayor comodidad.
—Tenemos ante nosotros a Salomón, David, Josías, Manasés, Josafat y Ezequías —indica.
Las dos figuras centrales que miran por encima del hombro a todo el que entra en la basílica son, por supuesto, David y Salomón.
—Es curioso que en lugar de reyes españoles o santos católicos estén estos señores —le suelto para ver si las teorías de mi padre son correctas .
—Digamos que el rey Felipe II, que fue el que supervisó la construcción de este complejo lugar, estuvo bastante influenciado por otro rey mucho más antiguo.
—Salomón —contesto yo como si se tratara de un concurso.
—Por supuesto —responde sin dejar de mirar la estatua del rey de Israel, mientras sube las escaleras. Yo la sigo.
Dejamos el enorme rectángulo del patio, pasamos bajo la mirada de las seis efigies y nos adentramos en la basílica.
Quiero saber, antes de acabar la visita, cuál es el mejor lugar para saltar al pasado y esperar a que aparezcan los ladrones, a ver si así puedo averiguar algo sobre los tipos que han asaltado este lugar durante varios días seguidos.
—Esta zona es el Sotocoro. Imita, a menor escala, la Iglesia Mayor que veremos a continuación. El pueblo debía quedarse aquí, ya que no podían entrar a la Capilla Real —susurra la guía, parada en una esquina de la pequeña sala.
Sigue caminando y entramos a un espacio mucho más grande y bonito. La guía me observa y aguarda a que acabe de admirar el lugar. Paciente, sin interrumpirme.
Es una buena guía.
—Ahora nos encontramos en la parte central de la Capilla Real. En ella solo podían entrar los reyes y aquellos que fueran sus invitados —informa en voz baja.
—Siempre ha habido clases —opino, también en voz baja.
—El arquitecto que diseñó y comenzó la obra fue Juan Bautista de Toledo, pero murió pocos años después de comenzar los trabajos. Tras su muerte, se hizo cargo Juan de Herrera.
—¿Cuál de los dos decidió que toda la planta que acabamos de recorrer se edificara siguiendo los planos exactos del Templo de Salomón? —le pregunto para ver su reacción.
Ella me mira con los ojos entrecerrados.
—Ya te he dicho que Felipe II estaba bastante obsesionado con Salomón y con el templo de Jerusalén —me comenta, acercándose un poco más para que no la escuchen el resto de los visitantes—.
El rey creía que él era el Salomón de la época.
Y en este edificio puedes encontrar un sinfín de pruebas que así lo atestiguan.
—Si no me equivoco, en el mismo lugar en el que se halla el altar mayor debería de estar el Sanctasanctórum.
Ella asiente.
Me mira por un momento, pensativa.
—¿Tú qué es lo que quieres saber? —me pregunta con los ojos fijos sobre los míos. Ha puesto los brazos en jarras. Espera una respuesta.
—Soy historiador y he leído sobre las similitudes entre este lugar y el mítico templo sagrado. Y entre el rey Felipe II y Salomón —le explico con sinceridad.
Ella me mira durante un poco más y asiente.
Se aleja unos pasos y señala hacia las escaleras que llevan hasta la zona principal de la basílica.
—El altar mayor, que está adornado con jaspe, mármol de colores y diversos frescos de Pellegrino Tibaldi y Federico Zuccari, sería el punto exacto del lugar más santo del templo de Jerusalén, según los planos —me informa sin titubear.
Yo observo la zona.
El retablo es espectacular.
—Aunque he de decirte que hay una zona más importante en este edificio y está justo debajo —añade como si no tuviera importancia.
—Te refieres a los panteones —quiero saber.
—Ese es un espacio significativo, claro, pero no me refiero a la sala donde descansan reyes y reinas, colocados de forma cronológica y que es visitado por cientos de personas cada día.
No, me refiero a otro lugar —me explica despacio y sin alzar la voz, como si estuviera revelándome el secreto más importante de la historia—.
Te hablo de las grutas sobre las que se edificó este majestuoso complejo .
Yo la miro por unos segundos.
—No me digas que tú eres de las que creen que aquí había una de las puertas del infierno y que Felipe II construyó toda esta parafernalia para cerrarla.
—Yo solo digo lo que el cliente quiere escuchar —me suelta tan tranquila—. Y como no paras de hablar de Salomón y de su templo, pensaba que querías la versión mística de la ruta del monasterio…
Yo sonrío.
Me gusta esta guía.
—¿En qué quedamos? —pregunta levantando las cejas.
—Una mezcla de ambas, venga —le confirmo—. Y, de paso, cuéntame algo sobre los robos que he escuchado en las noticias. ¿Qué se han llevado? ¿Cómo puede ser que entren a robar cada noche en un lugar tan importante?
Tras dos horas de chismorreos y explicaciones históricas, mezcladas con apuntes más oscuros y tenebrosos, finalizamos el tour .
No me cabe la menor duda de que esta mujer sería capaz de hacer un recorrido para un grupo de historiadores profesionales, seguido de otro para adoradores del misterio y acabar con uno especial para las cotorras marujas de Radio Patio, todos con excelente nota.
—No te olvides de darme una buena puntuación en las redes —me dice antes de alejarse hacia la puerta.
Ni que decir tiene que le pondré cinco estrellas.
Si logro acordarme del nombre, claro está.
Tras hacer todo el recorrido completo y haber sacado algo de información sobre los intentos de robo, ya tengo claro desde dónde y a cuándo debo saltar para pillar in fraganti a los cacos.
Y allí que me dirijo.
A la derecha de la basílica se encuentra un espacio abierto, conocido como el Patio de los Evangelistas. Es un jardín al aire libre, dentro de una planta cuadrada, que tiene en el centro una edificación de base octogonal, rematada con una cúpula a la que la guía ha llamado Templete.
Toda la zona es bonita y, lo que más me gusta, tranquila.
No hay mucha gente y desde el interior del Templete puedo saltar sin que los que estén paseando por el patio se den cuenta de mi repentina desaparición. Y es el lugar perfecto para aterrizar la noche de uno de los robos, ya que ninguna cámara de seguridad me captará.
Camino por el frondoso claustro, sintiendo el calor del sol en mi rostro, fijándome en toda la gente que anda por el lugar. Algunos admiran su fachada, otros se hacen fotos y el resto tan solo charla y pasea.
Me dirijo hacia el Templete octogonal.
Está abierto por cuatro de sus caras, las que apuntan a los puntos cardinales. En los cuatro lados restantes, hay otras tantas estatuas de evangelistas que van a ser testigos silenciosos de mi viaje. Delante de cada una de ellas, una pequeña piscina de forma cuadrada refleja la luz del sol.
Camino entre dos de las esculturas y entro en el Templete. Sobre mi cabeza se halla la cúpula circular que aporta majestuosidad al lugar. Miro por las aberturas y no veo a nadie cerca. Pego la espalda a la pared, para que ningún curioso me pueda ver desde fuera. Espero unos segundos.
Me concentro.
Quiero saltar al pasado miércoles, uno de los días en los que entraron a robar.
La guía me ha contado que, según las grabaciones de las cámaras de seguridad, el robo tuvo lugar en la sacristía que está junto a este patio, sobre las once y media de la noche.
Así que saltaré minutos antes para que me dé tiempo a colocarme en el lugar preciso.
Respiro con calma.
Me concentro para sacar de mi cabeza todos los pensamientos que discurren por ella.
Siento las pulsaciones en mi mente .
El calor del lugar desaparece.
Los sonidos se alejan a medida que mi pulso disminuye.
Apenas noto mis pies ni la fría piedra en la que apoyo mi espalda. Instantes después, mi cuerpo vuela en el espacio y en el tiempo, donde todo se vuelve oscuro.