El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Tienda de Quim

Tecleo el código de seguridad y la persiana de mi tienda se levanta sin hacer apenas ruido.

En cuanto se detiene, paso por debajo y tecleo otro código para poder abrir la puerta de entrada.

Tengo un sistema de alarma de lo más completo, ya que en el interior de este local se hallan algunas de mis posesiones más importantes.

Sobre todo, las que están ocultas en mi cripta secreta.

He quedado con mi padre porque quiero ponerle al día de varios asuntos, además de mostrarle cómo está la que hace años era su tienda.

Seguro que le encantará volver a estar tras un mostrador.

O eso espero, porque a mí ya no me mola nada y necesito que alguien se haga cargo del negocio.

Y quién mejor que él, el dueño original que ahora tiene tiempo de sobra.

El pobre estuvo ayer rodeado de gente hasta que logró escabullirse a su casa, harto de tanto teatro. No lo culpo, la verdad. Yo no hubiera aguantado ni una hora.

Pensaba que lo vería esta mañana en el bar de mi tía para tomar café, pero no estaba. Supongo que habrá aprovechado para dormir. Yo me he pasado, como cada día, a por la ración de cafeína. Mi tía estaba la mar de contenta. Radiante como pocas veces la he visto.

El timbre de la entrada resuena por toda la tienda .

Mi padre está esperando a que le abra. Pulso el botón que tengo junto al mostrador y la puerta se abre.

Hoy tiene mejor cara que ayer. Se nota que ha comido bien y que ha dormido mejor.

Sin la barba ni los pelos largos que llevaba parece mucho más joven.

Su hermana todavía estará flipando con el hecho de que no haya envejecido nada en estos últimos ocho años, pero eso es algo que no podemos disimular.

—Buenos días, Quim.

—¿Qué tal has dormido? —le pregunto después de darle un beso.

—Como un bebé. Estaba un poco nervioso con tanto follón, pero tu tía me dio una de sus pastillitas mágicas y no recuerdo ni haberme acostado en la cama.

Yo sonrío.

En cuanto se cierra la puerta, pulso en el mando a distancia y vuelvo a bajar la persiana de la entrada.

Me mira extrañado.

—A esta hora ya deberías tener la tienda abierta.

Tiene razón, pero mi horario es particular.

—Si te digo la verdad, hace mucho tiempo que no sigo un horario normal —le informo a la vez que le hago señas para que me acompañe—. Cada vez me agobia más estar tras un mostrador aguantando curiosos que después no compran nada.

—No te preocupes por eso, yo te ayudaré. A mí siempre me ha encantado estar tras el mostrador.

—Me parece genial. ¡El puesto es tuyo!

—Espero que el salario sea bueno. Soy un historiador con mucha experiencia en el trabajo de campo —me suelta con una sonrisa.

Ha sido más fácil de lo que esperaba.

Así tendrá cosas que hacer el hombre, ahora que ha vuelto. Y qué mejor que estar en el que era su propio negocio .

—Vamos abajo, tengo que mostrarte cosas nuevas y hoy no tengo ganas de hablar con nadie. Total, los mismos que pasan por la puerta y se la encuentran cerrada, se van a la tienda del tío Mario, así que todo queda en familia.

La tienda de mi tío, su hermano, está junto al bar de Rosa. Tiene un local de empeños donde compra y vende de todo. Desde que dan esos programas de telerrealidad de negocios como el suyo ha ganado en clientela. Y yo que me alegro por él.

—¿Qué me quieres enseñar? —pregunta, curioso.

—¿Dónde tienes guardados los objetos valiosos? —quiero saber yo, sin hacer caso de su pregunta—. Nunca encontré una caja fuerte ni lugar alguno en el que ocultaras tus piezas más queridas y secretas. No me digas que tú no tenías de esas.

—Por supuesto que sí, pero están a buen recaudo en otra época, lejos de mi casa —me suelta sin más. Espera un breve instante y añade—: Siempre he pensado que guardarlas en mi presente era arriesgado. Si los ladrones de mentes me encontraban, no quería que se quedaran con ninguna de ellas.

—Ya me dirás dónde están y las paso a buscar para que no se pierdan —le digo mientras bajamos a la bodega del local—. Yo las tengo aquí conmigo, pero las guardo en un lugar oculto que jamás podrán encontrar.

O eso espero.

Mi padre me observa con curiosidad mientras me sigue sin decir nada, escaleras abajo.

En cuanto llegamos al sótano noto el frescor del ambiente.

Toco en uno de los ladrillos de la pared y este se abre para dejar a la vista un teclado.

Una vez puesto el código y superado el lector de huellas, parte del muro pivota hacia el interior para dar paso a una oscuridad que nos llevará un piso más abajo, mi cripta secreta. Y sagrada para mí.

Mi padre no dice nada, pero veo que está asombrado .

—De momento solo se abre con mi código y mi huella. En cuanto pueda, añadiré otra para ti, así podrás entrar cuando quieras —le digo, para que no piense que no me fio de él.

Sí me fío, por supuesto.

Además, según me contó mi amigo Ismael, ningún ladrón de mentes podrá poseerlo por haber sido un Señor del Tiempo.

Al parecer, no pueden hacerlo porque somos familia, o algo así.

Es un alivio, porque cuando un ladrón de mentes ocupa la de una persona obtiene sus recuerdos y conocimientos.

Por suerte, no podrán hacerlo con mi padre ni averiguar dónde tengo mi santuario.

Espero que Ismael no estuviera equivocado, no quiero que esta cripta sea conocida por esos tipos porque la dejarían vacía sin dudarlo ni un instante.

—Has ocultado el segundo sótano. Muy listo —indica.

No hay que olvidar que esta tienda era suya y, por lo tanto, él ya conocía la cripta a la que vamos. Yo me limité a hacer obras para esconderla a la perfección y que pareciera que ese local solo tenía dos plantas: la de la calle y el sótano.

Bajamos los primeros escalones y los sensores de movimiento activan la luz.

En cuanto el muro vuelve a su posición original, cerrando la entrada, nos quedamos aislados en medio de una tenue oscuridad.

Seguimos bajando hasta el final y al llegar al último escalón las luces de la cripta se encienden y se hace de día otra vez.

Mi padre observa la sala diáfana y bien iluminada que ocupa la misma superficie que el local que está a pie de calle.

—Bienvenido a mi paraíso secreto.

Él mira a su alrededor.

Noto, por su silencio, que está flipando.

—Recuerdo este sótano mucho más sombrío y húmedo. Menuda obra de ingeniería que has hecho aquí, hijo.

—En mi último viaje averigüé que este espacio fue creado por los romanos y que aquí almacenaban grano en unas vasijas enormes —le informo a la vez que caminamos por el lugar. Él no abre la boca, solo observa—. Siglos más tarde pasó a ser una posada.

—La posada de la señora Joana —indica él.

—Veo que la conociste.

Él sonríe recordando otros tiempos.

—Supongo que averiguaste que esa estupenda y particular mujer era una antepasada nuestra —me dice. Así que él también lo descubrió.

Yo asiento.

—Tengo muy buenos recuerdos de ella —añado, yendo hacia una de las vitrinas—.

Mira, todo esto de aquí era suyo. Me lo encontré haciendo las obras —le cuento, señalando hacia unas monedas, varios cuencos, algunos cubiertos y los restos de uno de los delantales negros, bordados con una flor, que siempre usaba para cocinar y que ella misma confeccionaba.

Mi padre sonríe al verlo. Le trae recuerdos.

Dejo que camine a sus anchas por la sala y observe con calma mis tesoros más preciados.

—Otros artículos, únicos en su género, los tengo donados a los mejores museos del mundo —le explico para ponerle al día—. Allí son expuestos para que todo el que así lo desee los pueda contemplar y disfrutar. Siempre a través de empresas fantasma que jamás me relacionarán con ellos, claro está.

De vez en cuando sí que vendo algunos de estos objetos y reliquias, sobre todo bajo pedido, porque, como todo buen hijo de vecino, necesito fondos para vivir y para poder mantener una infraestructura que es más complicada de lo que te pueda parecer a simple vista.

Para el resto del mundo, eso sí, no debo ser más que otro pobre currante con un horario que cumplir y unos impuestos que pagar.

—Antes de cada salto paso por aquí —le digo a mi padre, que todavía está perplejo—. En este espacio tengo dinero, ropa y armas para viajar a casi cualquier época y lugar .

Él observa todo con atención.

Veo orgullo en su mirada.

—Te noto más pensativo de lo normal. ¿Qué te ronda por esa cabeza de chorlito que tienes? —quiere saber, mientras sigue mirando cada rincón de la que también es su cripta ahora.

Me siento en la única silla que hay en el lugar. Está en el centro de la estancia, frente a una pequeña mesa.

—No es nada. Solo que ayer Lucía me contó algo y desde entonces no deja de rondarme por la cabeza —le cuento con sinceridad.

La verdad es que sienta de maravilla poder hablar con alguien que es como yo. O que lo ha sido.

—Tranquilo, hijo, ese instinto viene de serie con tu don. Es como un sexto sentido que nos indica hacia dónde debemos mirar o cuándo indagar. También nos advierte, muy a menudo, de cuándo correr, que no está nada mal.

Guardo silencio unos segundos.

Yo lo miro extrañado.

—Así que estos inesperados e insólitos escalofríos que me suben por la espalda de vez en cuando ¿son normales?

—Lo son para nosotros. Para ti —rectifica—. Porque forma parte de tu naturaleza como Señor del Tiempo que eres.

La verdad es que algo así me imaginaba.

Casi siempre hago caso de esos impulsos que aparecen de la nada, pero, sabiendo que forman parte de mi don, a partir de ahora estaré mucho más atento.

—Cuéntame… ¿Qué es lo que te preocupa?

—Lucía me explicó ayer que ha habido varios robos en El Escorial. Al parecer, llevan toda la semana robando piezas sin ton ni son.

Mi padre escucha con atención.

Se apoya en la mesa, enfrente de mí.

Noto que está pensando, que su cabeza busca respuestas .

—¿Qué te dice tu instinto? —quiere saber—. Como yo ya no tengo el don, mi instinto ya no me apunta absolutamente nada. Está más callado que tu abuelo, que en paz descanse.

Qué burro es.

Sonrío, a pesar de todo.

—Siento mucho que lo hayas perdido, de verdad.

—No es culpa tuya, hijo. Supongo que no puede haber dos Señores del Tiempo viviendo en la misma época —susurra con sinceridad sin perder la sonrisa.

Creo que le ha dado muchas vueltas al tema—.

Yo he vivido una vida repleta de emociones y aprendizajes que no voy a olvidar.

He sido muy afortunado. Si tu don ha aparecido es porque es necesario para nuestra misión, sea la que sea.

Debería haber tristeza en su tono, pero parece que lo ha asimilado bastante bien. Sopeso sus palabras. Algo de razón debe de tener. Aunque no tengo ni idea de qué puedo hacer yo que no podría hacer él.

—Mi instinto me grita que los ladrones de mentes están tras esos robos. No sé por qué, pero intuyo que tienen su firma.

—Si así lo crees, debes investigarlo —me dice sin más, como si fuera lo más normal del mundo—. No busques explicaciones, tan solo sigue tu instinto. Ahora te está señalando que es posible que haya algo en el interior del monasterio que quieren con ansia.

—¿Qué crees que puede ser?

—En el fondo, esos mamones solo persiguen dos cosas: nuestro don y poder controlar el mundo. Si hay algo que les interesa de verdad es porque los llevará a uno de esos dos destinos. O a los dos, lo que sería nefasto para todos.

Yo escucho sin decir nada.

—¿No lo ves así? —quiere saber mi padre.

—No lo sé. Tú tienes más experiencia en esto .

—No lo dudes, hijo. Por eso mismo, cada vez que te encuentres con uno de esos malditos, debes eliminarlo. Hasta que no quede ninguno.

No me convence esa idea, la verdad.

—Supongo que sabes que los pobres desgraciados que son poseídos no tienen culpa ninguna —le digo, recordando a toda la gente que maté antes de averiguar que los ladrones de mentes poseen el cuerpo de inocentes.

—Y supongo que tú sabes que, si matas el cuerpo de un poseído, también acabas con la vida del ladrón que lo está poseyendo en ese momento —indica mi padre, firme, sin titubear.

—Por supuesto que lo sé, pero cada vez que nos cargamos a un inocente estamos cambiando el pasado —le recrimino, ya que me da la impresión de que no es consciente de ello—.

Sin pretenderlo podemos eliminar de la historia al abuelo de un futuro científico que ayudó a desarrollar una vacuna necesaria para la humanidad, por ejemplo.

—Lo sé, Quim, pero no hay otra forma de acabar con ellos.

No estoy de acuerdo en este tema.

Me levanto de la silla y camino por la sala.

—A veces, hijo, el sacrificio es necesario. Los ladrones de mentes son limitados, pero son más numerosos que nosotros. Si tienes oportunidad, elimínalos. Cuantos menos queden, mejor le irá a nuestro mundo.

—Pero hay inocentes de por medio —vuelvo a decir.

—Si valoras cada situación de forma independiente, verás que los daños colaterales son mínimos y necesarios.

Mi padre se acerca y me toca en el hombro.

Está serio.

Entiendo que para él estas decisiones tampoco son fáciles.

—El daño que puede causar un solo ladrón de mentes es casi infinito. Puede saltar durante muchos años y cambiar el pasado en beneficio de su clan, causando miles de muertes en cada decisión que toma.

Yo guardo silencio.

Me duele en el alma, pero sé que en el fondo tiene razón.

—La vida de un panadero de un pueblo perdido en el culo del mundo importa, por supuesto, pero, si es poseído por un ladrón de mentes y estás junto a él, debes matarlo para acabar con el tipo que lo posee —afirma, categórico.

Sus ojos confiesan que a él tampoco le agrada esta opción—.

Te aseguro que esa pérdida será infinitamente más provechosa de lo que pueda aportar al mundo la vida de ese pobre panadero. Y este hecho es innegable, Quim.

Me cuesta admitirlo, pero sé que hay cierta verdad en sus ideas. Yo he sufrido la maldad de los ladrones de mentes y sé que ellos no tienen miramiento alguno.

Camina por la estancia y observa los objetos expuestos. Acaricia algunos de ellos.

—¿Al final cuándo te vas de viaje? —pregunta cambiando de tema.

—El lunes.

—Si lo que quieres es entrar al monasterio y saltar desde dentro, mejor vete el domingo o el martes. Creo que el lunes está cerrado al público.

No lo sabía, pero él sí.

Es perro viejo.

—Ojalá pudiera ir contigo —me hace saber—. Si por casualidad ves al rey dale recuerdos de mi parte.

—¿A cuál de ellos? Necesito más datos. Será por reyes...

Mi padre sonríe.

—A Felipe II, por supuesto —indica levantando los brazos, como si fuera el único monarca que ha habido en la historia del país—. Somos buenos y viejos amigos. Si sabe que eres hijo de Félix, el de Barcelona, te tratará muy bien. Es un tipo un tanto especial pero, en el fondo, muy buena persona.