Capítulo 17
Bar de Rosa
Al entrar al bar de mi tía compruebo que ya hay mucha gente.
Amigos y familiares se acercan a mi padre para charlar cariñosamente con él, intentando recuperar tantos años de ausencia.
Parece estar algo agobiado. Me mira de vez en cuando y puedo notar en sus ojos que ya está harto de tanto teatro, pero no nos ha quedado otra opción para que pudiera volver a nuestras vidas sin levantar sospechas sobre nuestro don.
Lo miro y sonrío.
Pues no te queda nada que aguantar, chaval.
Me acerco al relojero y al librero, que están sentados en su mesa de siempre, observando a mi padre con curiosidad.
Solo les faltan las palomitas. Hago señas a mi tía para que me sirva algo, ella sabe que a estas horas no tomo café, pero sí una cerveza bien fría.
Al traerme la bebida, se queda mirando al dúo que tengo a mi lado.
El relojero se pone tenso y agarra su bastón, como siempre que hace cuando ella aparece sin avisar.
—Tranquilo, tigretón —le suelta al ver su reacción—, que cualquier día te da un tabardillo. ¿Os pongo algo más?
El librero se ríe. Yo también.
—No me asustas, querida amiga, pero debes comprender que siempre apareces de improviso y con sigilo, como un depredador, y este corazón de guerrero ya no es lo que solía ser .
—Guerrero de salón de baile. El terror de las señoritas de bien es lo que tú has sido —indica el librero.
—Eso también, mi estimado amigo. Qué tiempos tan hermosos aquellos en los que conquistaba la pista de baile con mis pasos acompasados —recuerda el relojero.
—Ya estamos llorando por los años pasados —añade mi tía—. Venga, va, decidme qué queréis, que no dispongo de toda la noche.
Hecha la comanda, se marcha tras la barra mientras ronronea algo que no entendemos, pero que nos podemos imaginar.
—¿Qué tal estáis? —quiero saber.
La verdad es que hacía días que no hablaba con ellos. Solo saludos fugaces en la calle. La última vez que estuvimos como ahora, charlando aquí mismo sentados, fue antes de mi último salto en busca de mi padre.
—Pues andamos como siempre, Quimet. Con los achaques típicos de la edad —apunta el librero.
—Cada vez que hablas de esa forma, Emilio, nos haces más viejos. Sabemos bien que ya tenemos un cierto rodaje, no es necesario insistir —protesta el relojero muy serio.
Don Alfonso, que así lo conocen todos en el barrio, no quiere hacerse viejo.
Nunca lo ha querido, siempre ha sido un hombre que se ha cuidado mucho, un casanova presumido de pelo engominado, traje perenne y perfume caro.
Un rojo de salón. Ahora que ya debe de estar rondando los setenta, no lo lleva demasiado bien.
No se puede quejar, ha vivido mucho, pero supongo que echa de menos aquellos años en los que, junto al librero y a mi abuelo, formaban el trío de ladrones más buscado del país y al que jamás pudieron dar caza.
Mi tía los llamaba el trío Calavera cuando mi abuelo todavía vivía.
Ahora que solo quedan ellos dos los llama el dúo Sacapuntas.
—Somos viejos, Alfonso, acéptalo y pasa página; además, mejor envejecer que la alternativa .
El relojero niega con la cabeza.
Me mira.
—¿En qué te encuentras ocupado ahora, mi buen amigo?
Ellos no saben nada sobre que viajo en el tiempo.
Mi tía Rosa tampoco. Mucho menos ella, la verdad, me ataría a la mesa para no perderme de vista si se enterara de que puedo viajar al pasado, a épocas en las que he estado a punto de morir docenas de veces.
Y más sabiendo que te puedes quedar durante años varado en el olvido, como le ha pasado a mi padre.
Este tema es complicado y debe permanecer en las sombras, aunque sean como de mi familia.
—Pues ahora mismo en nada en concreto —le contesto.
Es cierto.
Desde que volví con mi padre no he hecho nada especial ni lo he pretendido. Tan solo he abierto la tienda como cada día a la espera de nuevos clientes. Supongo que necesito un tiempo de monotonía y descanso después de estos últimos meses de búsqueda estresante.
—Es normal, Quimet, con tanto ajetreo familiar, uno no se puede concentrar en otra cosa —indica el librero.
—Es momento de disfrutar de la compañía de tu padre. Ya habrá tiempo para que emprendas la búsqueda de todas esas obras de arte que aún aguardan a ser descubiertas en los rincones del mundo.
El relojero tiene razón.
Miro al dúo Sacapuntas y veo bondad en sus ojos.
A pesar de todo lo que han robado durante sus vidas son de las mejores personas que conozco, por descontado. Nunca robaron a particulares ni hirieron a nadie; aun así, han sido unos cacos, como dice mi tía.
Yo también escamoteo cosas de vez en cuando, para serte sincero, pero solo cuando lo que me llevo ya ha sido robado con anterioridad.
Ya sabes lo que dicen: quien roba a un ladrón.. .
El arte se puede comprar, por supuesto, yo vendo muchas obras a colecciones privadas, pero siempre de forma legal.
El cliente me dice lo que quiere, yo lo encuentro y se lo vendo.
Con factura y todo. A ver, sí, que para encontrar según qué cosas viajo al pasado y me las llevo de allí, cierto, pero solo lo hago con objetos que, de otra manera, se hubieran perdido en la historia.
Aquí entra en juego otro efecto: el efecto Escondite. Llamo así a la jugada de esconder un objeto en el pasado y recogerlo en mi presente. De esta forma, todas las pruebas confirmarán su antigüedad. Solo debo elegir el refugio perfecto.
Lo que no tolero son las colecciones ocultas, cuyas obras han sido expoliadas sin compasión y están a la vista únicamente de unos pocos privilegiados.
Eso me pone enfermo.
Me encanta colarme en casas ajenas repletas de colecciones exclusivas, obtenidas de oscuras maneras, para llevarme hasta la última obra y devolverlas a los museos públicos.
Es gratificante ver la cara de los dueños cuando comprueban que sus tesoros, sus ansiadas reliquias, que tanto dinero les han costado, han desaparecido de sus cajas fuertes y han acabado expuestas para ser admiradas por todo el mundo, muchas veces de forma gratuita.
—Creo que hay una bella dama que reclama tu presencia, querido amigo —me dice el relojero, sacándome de mis pensamientos. Señala con su perilla hacia la barra.
Me giro y la veo.
Es Lucía. Guapa como siempre.
—Queridos amigos, vuestra compañía siempre es muy amena, pero debo dejaros —les suelto como despedida mientras les guiño un ojo.
—Tonto serías si no lo hicieras —añade el relojero.
Dicho esto, me acerco hasta la barra y me siento junto a Lucía, no sin antes darle un beso .
—¿Qué tal? —le digo nada más sentarme—. Ha venido más gente de la que me imaginaba.
—Ya me lo esperaba. Todo el mundo le tenía un enorme cariño a tu padre. Tiene, quiero decir —corrige con una sonrisa—. Además, eso de que haya vuelto de entre los muertos es un cotilleo que más de una en el barrio quiere comprobar en persona.
Yo asiento.
En un rincón del bar están las amigas de mi tía, las cotorras oficiales de Radio Patio, emisora abierta las veinticuatro horas del día, con la que te puedes enterar de todos los chismorreos del barrio sin que se salven ni ellas mismas.
—No tardaré mucho en irme para casa, que mañana tengo un grupo a las nueve y quiero descansar —me informa a la vez que me acaricia la mano.
Su piel es suave. Me encanta.
Lucía es historiadora y trabaja en el Museo de Historia de Barcelona, que está justo enfrente del bar de mi tía, a cinco pasos, literalmente.
De vez en cuando, hace de guía para grupos de turistas, ya que tiene un gran conocimiento del casco antiguo de la ciudad, así como de su historia.
Además de esto, en muchas ocasiones perita artículos para mi tío Mario y para mí, casi siempre sin preguntar sobre su procedencia, aunque este favor solo lo hace porque nos tiene en gran estima.
Sospecha que en los sótanos de los Mora todo es posible.
Lo sé porque me lo dijo ella misma antes de salir juntos.
Era un punto que le preocupaba bastante.
Yo le prometí que todo lo que hacía era legal, por supuesto, qué otra cosa podía decirle.
Mi tía se acerca hasta nosotros y deja otra cerveza para mí y un agua para Lucía.
—Qué guapa estás siempre, jodía —le suelta a su amiga. A mí ni pío.
La quiere como a una hija y desde que estamos juntos está más contenta que yo cuando encuentro una reliquia valiosa .
—¿Comemos juntos mañana? —le pregunto.
—Por mí sí —me contesta.
—¿Tienes grupos toda la mañana?
—No, solo a primera hora. Al mediodía he de ir a ver un par de piezas para verificar su autenticidad.
—¿Qué son? —pregunto con curiosidad.
—Una escultura y un jarrón —explica ella con entusiasmo—. Laura me ha pedido que las estudie para saber si se trata de las que han sido robadas de El Escorial.
Un escalofrío sube por mi espalda hasta acabar en la nuca, haciendo que se me ponga la piel de los brazos de gallina. Mi instinto arácnido se acaba de despertar y me grita que indague en este asunto. Todavía no sé por qué.
—Si quieres te puedo acompañar —le suelto a ver si cuela y así me entero de más información.
—No es necesario. Además, a Laura no le gusta demasiado que los Mora andéis metiendo las narices en sus cosas —me recuerda a la vez que levanta las cejas y tuerce el gesto—. Ya sabes de qué hablo, no te hagas el tonto.
Yo asiento sin decir nada.
Laura es amiga de los dos, pero, sobre todo, es íntima de mi tía Rosa y de mi abuela, a la que quiere como si fuera su madre.
Laura nos conoce de toda la vida y por eso, aun siendo la jefa de la Unidad de Patrimonio Histórico de los Mossos d’Esquadra, no baja a nuestros sótanos ni indaga más de lo que debe.
Si no fuera por la amistad que la une a la familia, y porque mantiene un romance intermitente con mi tío Mario desde hace años, ya nos habrían registrado hasta la última piedra de los cimientos de nuestras tiendas.
Mejor que no lo hagan, por supuesto.
—Tiene curiosidad por saber cómo han acabado esos objetos en Barcelona —continúa explicándome Lucía—. Dice que ha habido más intentos de robo en El Escorial en la última semana que en toda su historia .
—No lo sabía —reconozco.
No tenía ni idea, la verdad.
—Es todo un poco extraño —responde ella, poniendo cara de no entender la situación—. Me ha contado que drogan a los vigilantes de seguridad. Los pobres no recuerdan nada cuando se despiertan. Ya te digo, muy raro todo.
Otro escalofrío me llega hasta la nuca.
—¿Qué han robado? —ahora tengo mucha curiosidad.
—Nada del otro mundo. Reliquias que sí tienen valor histórico, es innegable, pero no son, ni mucho menos, lo más valiosos que guarda el monasterio.
—Hoy en día roban de todo, sea valioso o no, y eso es porque los que saquean no tienen ni idea de arte.
Ella me observa.
Puedo intuir lo que piensa.
—Laura opina lo mismo. No entiende cómo alguien puede arriesgarse a colarse en El Escorial para robar artículos de tan poco valor, en lugar de cualquiera de los otros miles de objetos que se venderían estupendamente en el mercado negro.
Lo que yo te diga, hoy en día los ladrones no entienden de arte a no ser que lo busquen primero en Google. Esta vez no lo digo en voz alta.
—Bueno, me voy para casa. Ya subirás cuando acabe todo este tinglado. No tengas prisa —me dice antes de darme un beso. Se despide también de mi padre y de mi tía.
Tengo mucha suerte.
—Qué suerte tienes, bribón —dice mi tía Rosa, como si me leyera el pensamiento. Es medio bruja, te lo digo yo.
Saboreo la cerveza mientras observo cómo mi padre sigue saludando a la gente que ha pasado a verlo. Está cansado pero contento por estar de vuelta.
Mis pensamientos vuelan de nuevo hasta El Escorial y la extraña noticia de que lo han asaltado varias veces en los últimos días, drogando a los vigilantes.
Al no estar aquí no me había enterado de nada, pero es, como poco, sorprendente.
Y más si conoces algo de la historia de Felipe II y del Monasterio de El Escorial, ese monumental edificio que mandó construir en mitad de la nada y que tantas similitudes tiene con el desaparecido templo del rey Salomón.
Mi instinto me grita sin parar que es muy posible que los ladrones de mentes estén tras esos robos.
No tengo pruebas, pero mi intuición no suele engañarme.
Que hayan entrado tantas veces seguidas y hayan robado piezas que después dejan tiradas en cualquier lugar, me hace sospechar que están buscando algo que ni ellos mismos saben dónde puede estar. Y no creo que los vigilantes hayan sido drogados. Me apuesto lo que quieras a que han sido poseídos.
Creo que me voy a pasar por allí para intentar averiguar algo más sobre este asunto. Y, si no son ellos, al menos le podré dar a Laura una pista anónima de por dónde empezar a buscar, como ya he hecho con otros casos anteriormente.