Capítulo 16
Plaza de Rey
Una brisa suave y fresca acaricia mi rostro.
Hace una temperatura ideal. Ojalá fuera así durante todo el año.
Estoy en la plaza del Rey, situada junto a mi tienda.
El lugar está hoy más desierto de lo normal.
Hay un par de personas admirando su arquitectura y su historia.
Hace tiempo que no me pasaba a ver la galera de Bernat.
No es ninguna atracción turística, pero sí es importante para mí.
Se trata del dibujo de un barco que un querido amigo cinceló, siendo tan solo un chaval, en una de las piedras del muro de la capilla de Santa Ágata. Fue justo antes de que dejara Barcelona y partiera en un largo viaje allá por el siglo XIV.
Me acerco hasta el muro y la veo.
A pesar de la poca luz natural que hay a estas horas, se ve bastante bien, sobreviviendo al paso de los siglos.
La pareja que está al lado le hace una foto y se marcha para seguir con su paseo.
Me siento bajo la galera, en uno de los escalones que llevan al Salón del Tinell, como otras tantas veces he hecho cuando me he sentido perdido.
Quizá sea la compañía del dibujo de Bernat la que me ayuda a aclarar mis pensamientos o, tal vez, la melancolía que me provoca el lugar.
Sea por lo que sea, esta plaza siempre hace su magia .
Hoy se cumplen siete días desde que traje a mi padre al presente y la vida de mi familia cambió por completo. Y hace unas pocas horas que despertó de su coma.
En cuanto informé a mi tía de que lo había encontrado vivo, echó a todo el mundo del bar y bajó la persiana sin pensarlo dos veces. Me obligó a llevarla a la clínica en la que estaba ingresado mi padre. Por supuesto, tanto el relojero como el librero nos acompañaron.
En cuanto llegamos, se sentó junto a la cama de su querido hermano y no se separó de él hasta que Mireia, la enfermera jefa de la clínica, logró echarla al caer la noche, aunque le costó lo suyo.
Mi hermana, sus hijos y su marido aparecieron ese mismo viernes al medio día, poco después de que la llamara para darle la buena noticia.
Al día siguiente, a primera hora, tanto mi tía como mi hermana volvieron con mi padre y se quedaron a su lado el día enterito.
Y así ha sido durante todas y cada una de las largas jornadas en las que ha seguido en coma.
Y, desde luego, hubieran seguido así por meses.
No las culpo. Yo también lo hubiera hecho si no conociera toda la verdad.
David, mi amigo el doctor y uno de los actores principales de esta tragicomedia, aconsejó despertar a mi padre en pocos días para bien de la familia, pero, sobre todo, del personal de la clínica, que ya estaban hartos de aguantar a mi tía.
Así que esta mañana, cuando justo hacía una semana que lo habíamos ingresado, mi padre abrió los ojos como por arte de magia.
Mi tía y mi hermana estaban a su vera en ese instante, cómo no, y se encontraron con la primicia por sorpresa.
La mente de mi padre resucitó entre los gritos de alegría de su hija y de su hermana.
Los llantos se mezclaron con los abrazos y zarandeos, mientras el pobre hombre intentaba recordar dónde estaba.
Los sedantes de tantos días, aunque mínimos, lo habían dejado completamente descolocado.
Y más, si le sumamos los chillidos de aquellas dos locas que lo creían muerto desde hacía ocho años.
Sonrío al imaginarme la escena.
Qué contentas estaban las dos cuando llegué poco después de que me llamaran. Todavía seguían nerviosas, exultantes entre risas y llantos.
También puedo imaginarme cómo debe de estar mi padre ahora que está consciente. Tiene a su hijo, Yago, en otro tiempo, en otro mundo al que ya no puede volver, a no ser que yo lo lleve. Lo debe de echar tanto de menos que no sé si algún día podrá ser feliz del todo. Espero que lo logre.
Le volveré a llevar con su hijo, tal y como le prometí.
Se lo merece, al igual que Yago. No puedo evitar cierta sensación de culpa ya que, el mismo día que yo obtuve mi don, fue el fin del suyo.
Desde la escalera en la que estoy sentado veo cómo mi tía levanta la persiana de su bar, a pesar de que ya son más de las nueve de la noche.
Junto a ella está mi padre, del que no se ha separado ni un segundo desde que lo sacó de la clínica casi en brazos.
Lo primero que hizo fue llevarlo a la barbería de Joan, que está aquí al lado, a que le cortara el pelo y le rasurara la barba.
No quiero ni pensar en la cara de mi tía al verlo igual que hace ocho años.
Espero que con la emoción del día no se haya percatado de ello, aunque siendo como es mi Rosa, me extraña mucho.
—Hola, tontorrón —dice alguien a mi lado.
Se acaba de sentar sin que me haya percatado de nada.
Es Lucía, tan bonita como siempre. Se acerca y me da un beso en los labios.
—¿Qué haces aquí? —quiere saber—. Siempre que te encuentro sentado en estas escaleras es porque necesitas aclarar tus ideas —se responde ella misma, con toda la razón del mundo.
—Tú lo has dicho —asiento .
Le doy otro beso.
Cada vez que lo hago soy consciente de la suerte que tengo. Ella es un diez. Yo, no más que un cuatro y medio en el mejor de los días.
—No me extraña que tengas la cabeza tan liada, Quim, esta última semana ha sido una montaña rusa de emociones. Tanto para ti como para toda la familia.
Ella se incluye en la familia, por supuesto. No porque estemos juntos, sino porque quiere a todos sus integrantes como si lo fueran. Nos conoce desde hace muchos años.
—Venga, vamos, que hoy es un día muy importante para tu tía y debemos estar junto a ella para ayudarla en todo lo que necesite.
Dicho esto, se levanta.
Me tiende las manos y me levanta casi sin esfuerzo.
La verdad es que peso como un pollo mojado, como diría mi tía. Soy un tirillas. A ver si vuelvo a ir al gimnasio de nuevo. No recuerdo la última vez que fui, a quién quiero engañar.
Caminamos hacia el bar, que vuelve a estar abierto tras una semana cerrado, hecho que solo había sucedido durante el confinamiento y porque mi tía no tuvo más remedio.
—Creo que Rosa ha invitado a toda la familia y a los más allegados a barra libre de tapas y bebidas.
Está loca de contenta, pobre, no me extraña —me informa, como si yo no hubiera visto las decenas de mensajes de voz que mi tía ha enviado por wasap durante todo el día a un grupo que ha creado expresamente para ello.
Nada más entrar veo a mi padre sentado ante una mesa en el centro del bar. Me acerco hasta él y me siento a su lado.
Mi tía aparece nada más escuchar el tintineo de la puerta de entrada.
—Hola, tieta —le digo .
Ella se acerca y me planta un besazo en la cara mientras un abrazo de oso me deja casi sin respiración. Está pletórica. Lucía me mira sonriendo a un metro de distancia. Sabe que ella será la siguiente víctima.
—Le he ordenado a tu padre que no se mueva de ahí en toda la noche, o lo subo a su casa y lo acuesto —amenaza mi tía mientras le señala con un dedo acusador.
—No me siento cómodo aquí plantado como un mono de feria —atina a decir mi padre con la voz temblorosa.
No le tiene miedo, pero tampoco quiere llevarle la contraria—.
Solo te ha faltado ponerme en un altar repleto de velas, hija.
Puedes relajarte un poco, que el médico ha dicho que estoy estupendamente.
Ella lo mira seria, con los ojos entornados.
Lucía sonríe en silencio.
—¿Te das cuenta de lo bien que se ha mantenido el jodío estando en coma? —me suelta mi tía, haciendo caso omiso de las últimas palabras de su hermano—. Voy a tener que enchufar a tu abuela a una máquina de esas para quitarle las arrugas.
Lucía no puede aguantar y sus carcajadas suenan alto y claro.
—¿Verdad? No ha envejecido nada —prosigue Rosa, antes de darle a mi padre un pellizco en el moflete y plantarle un beso en la cara.
Se marcha hacia la cocina, sonriente.
Al llegar a la puerta se gira y me dice:
—¡Nene! Tú sube a buscar a tu abuela mientras Lucía me ayuda a preparar cosas, que la pobre también quiere estar aquí.
Yo asiento.
—Hace muchos días que no la veo —digo en voz alta.
—Yo acabo de subir a verla —dice mi padre—. No ha parado de llorar durante todo el rato que he estado con ella.
—Es normal, Félix, eres su hijo. Pilar creía que te había perdido para siempre —atina a decir Lucía .
En cuanto ella se va con mi tía, dejo a mi padre allí sentado, como si fuera un objeto de culto, expuesto para ser observado y venerado.
No tardaré nada en llegar a casa de mi abuela porque vive en uno de los apartamentos de arriba. Como todos nosotros. Trabajamos y vivimos en el mismo edificio. Por eso a este bloque lo conocen por aquí como el edificio de los Mora.
Don Alfonso tiene la relojería en el número 7; la librería de don Emilio está en el 9; en el 11, el negocio de compraventa de mi tío Mario; en el 13, el bar de mi tía Rosa, y en el 15, mi tienda de antigüedades.
Cada uno de nosotros vive en el apartamento que está justo encima de su local, menos mi padre, mi hermana y mi abuela, que lo tienen en la segunda planta.
El piso de mi padre ha estado vacío desde que desapareció, pero ahí sigue, tal y como él lo dejó.
Mi tía así lo decidió y nadie se atrevió a contradecirla.
El de mi hermana también está cerrado, ya que ella vive fuera de la ciudad, pero lo usa cuando viene a vernos, como esta semana, que no se ha separado de mi padre.
La primera que se instaló en el edificio fue mi bisabuela, a la que todos conocían como la yaya Pepita.
Claro que ella fue la matriarca absoluta.
Cuando enviudó se quedó sola con dos hijos al frente del bar que ahora es de mi tía.
Se las ingenió como pudo para sacar adelante a la familia, gracias a su negocio, pero, sobre todo, a sus trapicheos.
Los Mora siempre han sido amantes de los tejemanejes.
Mi abuelo paterno, Jordi, fue el mayor trapicheador de todos, si es que existe esa palabra.
Él, junto al librero y al relojero, llevaron a otro nivel el concepto de ladrones de guante blanco.
Empezaron siendo un trío de ladronzuelos al estilo de Makinavaja y acabaron siendo unos artistas en apropiarse de lo ajeno.
Fueron admirados por los de su gremio y temidos en todos los museos y salas de arte del país .
Mi abuela Pilar, a la que voy a buscar ahora, se hizo cargo de la parte contable del negocio de su marido. Sin levantar sospechas, acabó comprando todos los locales y apartamentos del edificio. Normal que los del barrio llamen a esta calle el reino de los Mora.
En los sótanos de nuestros locales siempre se ha traspasado la línea de lo legal, generalmente con nocturnidad, premeditación y alevosía, para qué te voy a engañar. Yo creo que lo llevamos en los genes.
Aquí están incluidos, por supuesto, el librero y el relojero que, aunque no son de nuestra sangre, siempre han formado parte de la familia. Incluso ahora, que están jubilados, no han dejado de trapichear en ningún momento.
El único sótano que está libre de pecado es el de mi tía Rosa, que es muy legal.
Desde que ella se hizo cargo del bar, todo lo que se hace en su alacena es almacenar comida.
Eso sí, casi todos los planes comienzan en las ajadas mesas de su bar.
Ella lo sabe, pero hace la vista gorda porque la familia le puede, aunque no dejará nunca de lanzarnos indirectas.
Al llegar a casa de mi abuela, llamo a la puerta y espero.
Al cabo de unos segundos, escucho pasos al otro lado.
—Quim, que alegría verte —me saluda.
Le doy un abrazo y un sonoro beso, como a ella le gusta.
—¿Estás lista para bajar? —le pregunto.
—Sí —responde ella con una sonrisa.
La veo muy contenta.
Normal, su hijo ha vuelto de una muerte que nos pilló a todos por sorpresa y, lo que es peor, sin poder despedirnos de él como es debido.
—Gracias, Quim. Yo sabía que, tarde o temprano, tú le mostrarías el camino de regreso a casa —me susurra a la vez que me guiña un ojo.
Dicho esto, me agarra del brazo y enfila hacia la puerta .
Muchas veces me he preguntado si mi abuela sospecha de mi capacidad de viajar en el tiempo.
Algunos comentarios así me lo han insinuado más de una vez, pero siempre me ha parecido imposible, ya que ni yo mismo lo supe hasta que llegó el momento.
Pero, ahora, después de que mi padre me contara que todos los primogénitos de los Mora han sido conocedores del don familiar, aun sin ser viajeros, no me cabe la menor duda de que mi abuela también ha estado al tanto de todo.
No creo que mi abuelo lo mantuviera en secreto. No se guardaban nada.