El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Barrio Gótico

Hoy va a ser un gran día. Lo primero que debo hacer es ir al bar de mi tía Rosa a tomarme la dosis de cafeína necesaria para hablar con ella y contarle que mi padre ha vuelto. Se va a poner loca de contenta cuando se entere. Siempre fue su hermano favorito, dicho por ella misma multitud de veces.

Nada más pisar la calle, una agradable claridad me da los buenos días y me recuerda que me he vuelto a dejar las gafas de sol en casa.

Si es que no pierdo la cabeza porque está pegada al cuerpo.

Camino los pocos pasos que me separan del templo de la cafeína, disfrutando de la calma que se vive en el barrio en estas fechas.

El verano ya ha pasado y la marabunta de visitantes que disfrutan de las calles del Gótico de Barcelona ha desparecido como por arte de magia.

Hasta las próximas fiestas, que volverán de nuevo. Es lo que tiene vivir en el centro.

Siento cómo mis piernas flacuchas flojean al caminar. Todavía arrastro el cansancio de los últimos días, sumado a que no he dormido demasiado bien, además de los nervios que me acechan porque no sé cómo va a reaccionar mi tía.

Tras contarle anoche a Lucía lo de mi padre, estuvimos hablando hasta las tantas de la madrugada. Quería saber detalles y no dejaba de preguntar una y otra vez. Yo me limité a ceñirme al guion pactado, sin dar demasiada información extra .

Estaba tan contenta por su vuelta que tardó horas en dormirse. Y ahí sigue. He preferido no despertarla. No hace mucho que salimos juntos, aunque sí hacía una eternidad que ya me gustaba. Menos mal que ella se lanzó con el primer paso, porque si no, seguiría siendo nada más que un amor platónico.

A cada paso que doy siento unas tremendas agujetas en las piernas, debidas, casi seguro, a las caminatas de estos días.

No es que hayan sido exageradas, es que no estoy en demasiada buena forma últimamente.

Lo peor es que no noto el cansancio hasta que vuelvo a mi presente.

Supongo que también se debe al efecto Pausa.

Es bueno porque, mientras estoy en el pasado, mi cuerpo es una máquina, pero, en cuanto vuelvo, todo el desgaste que he sufrido durante mi estancia me llega como una ola.

Menos mal que tengo calmantes de los buenos, de esos que se dispensan solo con receta.

Abro la puerta del bar y el aroma a café dilata mis pupilas. Antes de darle un sorbo ya soy un poco más persona.

—¡Dichosos los ojos que te ven! —saluda mi tía nada más entrar—. Anda que te cuesta mucho enviar un mensajito para decir que sigues respirando.

Me regaña por no haber sabido de mí en toda la semana. No es que no haya querido, es que me ha sido imposible.

—Vaya careto que me traes hoy —añade enfadada.

Ahí está mi Rosa, directa al grano, como siempre.

No tiene ni idea de lo que tengo que decirle, pero sé que le voy a regalar veinte años de vida en un instante.

—A ver si dormimos un poco más, nene. No es necesario que lo des todo en los primeros meses —me indica, incansable, mientras prepara un café expreso doble, como a mí me gusta. Sonríe. En el fondo me quiere mucho. Yo más.

—No es eso, tieta . Estos últimos días han sido duros.

—¡Tú sí que tienes la cabeza dura! Anda… ¡Siéntate! ¿Quieres un bocadillo de los tuyos ?

—Quizá después. Ahora solo café y un poco de tu tiempo, que debo contarte algo muy importante.

Ella se detiene al instante y me observa.

Me estudia.

—¿No habrás cortado ya con la buena de Lucía?

Yo niego con la cabeza.

Ella me sigue mirando.

Sin decir nada más, prepara el café y me deja la taza humeante sobre la barra. Apoya los codos sobre ella, frente a mí, y espera a que hable. Sabe que lo que tengo que decirle es importante. Lo intuye porque es más lista que el hambre.

Yo me siento en mi taburete de siempre. En la esquina, donde puedo ver todo el local. Doy un sorbo al café.

Quema.

Me gusta mirar a los clientes desde aquí.

Hay dos que me saludan. Están sentados en la única mesa que siempre tiene un cartel de reservado.

Es la más alejada de la puerta. Los dos personajes que la ocupan son amigos míos.

Lo han sido de toda la familia desde antes de que yo naciera.

Se soportan mutuamente desde hace un siglo, por lo menos.

Se cuidan como un matrimonio bien avenido. También lo parece cuando discuten.

—Empieza a hablar ahora mismo o te doy una colleja que te enciendo el pelo —dice mi tía, sacándome de mis pensamientos.

En realidad, estoy haciendo tiempo porque no sé cómo va a reaccionar.

La observo.

Viendo mi cara, ella sabe que me cuesta hablar.

—¿Qué te pasa, cariño mío? —pregunta con el tono de la madre que ha sido para mí desde que se fue la mía.

Respiro en profundidad y me lanzo. A cosas más difíciles he tenido que enfrentarme en mis viajes.

— Tieta … Mi padre está vivo .

Mis palabras tardan un tiempo en llegar a su cerebro, que las procesa con lentitud.

Pasados diez segundos sus ojos se abren de par en par.

Su torso se incorpora, deja de apoyar los codos en la barra y coloca las manos sobre ella. Veo, a cámara lenta, cómo su boca se abre, pero no dice nada.

Está en shock .

— Tieta , en este último viaje he encontrado a mi padre. Está en coma. Ha estado en coma desde que desapareció. Lo encontré en un hospital de un apartado pueblo al sur de Níger.

Veo como las lágrimas aparecen en sus ojos y, a pesar de que no ha articulado palabra alguna, intuyo todo lo que quiere decirme. Pero no puede.

Solo escucha, necesita más datos.

—Lo saqué de aquel hospital y lo he traído a Barcelona. Está en la clínica de un amigo, bajo sus cuidados. Sigue en coma, pero el médico ha dicho que, con la medicación adecuada, hay bastantes posibilidades de que despierte dentro de poco.

Espero que se lo crea.

Mi tía comienza a llorar como nunca lo había hecho. Bueno, sí, como lo hizo el día del funeral de mi padre.

Los dos ocupantes de la mesa reservada se acercan al ver lo que está sucediendo. Creo que me han escuchado. Uno es don Emilio, el librero; el otro, don Alfonso, el relojero. Eran amigos de mi abuelo y, por supuesto, también lo son de mi padre.

—Quimet, amigo mío, te acabamos de escuchar y no sabes lo feliz que has hecho a este par de viejos —dice el librero. Se apoya en la barra, junto a mí.

Pone su mano en mi hombro y veo que una lágrima cae por su mejilla. Su mirada es tierna.

Me trata como si fuera su nieto, quizá porque quiso a mi padre como a un hijo. Y a mi abuelo como a un hermano .

—Quim… —dice el relojero—. No sé ni qué decir, hijo. Solo puedo añadir que hoy es un gran día para esta familia de la que nos sentimos parte.

El relojero es más frío y distante que el librero, pero, en el fondo, también me tiene mucho aprecio. Hoy viste un traje nuevo que no le había visto antes. El bastón es el mismo de siempre. La perilla también.

Mi tía observa a los recién llegados.

Coge aire varias veces seguidas.

—Quim, no me estás gastando una broma, ¿verdad? No estás jugando conmigo, tú no me harías algo así… —dice por fin mi tía, con la voz suave y discreta, como pocas veces he oído.

—Jamás te haría eso, tieta —le aclaro. Ella lo sabe.

—En el fondo, mi querida Rosa, tú siempre has dicho que algo en tu interior te gritaba que el bueno de Félix seguía con vida, allá donde estuviese —apunta el relojero.

—Cuéntanos todo, Quim, no te dejes ni un detalle. Lo necesitamos para entender esta situación —me pide el librero, poniendo sus manos sobre las de mi tía, que sigue llorando sin parar.