Capítulo 13
Taller de Yago
Sagres
Estamos de pie ante una casa de madera roja.
Mi padre observa la puerta, con la vista fija en una bola de hierro que hace la función de picaporte.
Según nos ha contado el dueño de la posada, a la que hemos vuelto tras salir del destartalado taller, este es el lugar en el que actualmente vive y trabaja Yago.
—Hace mucho calor —le digo para que decida ya si quiere entrar o seguir esperando ante la puerta durante todo el día.
Mi padre me mira.
Veo nervios en sus ojos.
—¿Cuánto hace que no lo ves? —le pregunto.
—Para mí hace cinco años —contesta volviendo a mirar la puerta—. Los mismos que hace que perdí mi don.
—¿Cuánto hace que él no te ve?
—La última vez fue hace apenas un par de meses, que era el tiempo que en teoría iba a tardar en ir y volver hasta Sevilla, donde tenía unos asuntos que atender —añade mi padre con algo de tristeza—.
Era una excusa. En realidad, necesitaba alejarme de aquí.
Echaba mucho de menos a Margarida y decidí visitar a mi amigo Lázaro.
No me preguntes por qué; simplemente, a veces vuelvo a ver a mis mejores amigos.
Es algo que necesito hacer de vez en cuando.
—Y allí te quedaste los últimos cinco años .
—Así es. Al poco tiempo de llegar, perdí mi don. Y allí me quedé.
Puedo entender su pena y su impotencia al no poder escapar del siglo I, teniendo dos familias añoradas y que no sabían nada de él.
Antes de que mi padre llame a la puerta, esta se abre y aparece la cara de una mujer que se sorprende al vernos.
—¡Félix! —exclama ella.
Justo después, le da un abrazo cálido, cariñoso.
—¡Yago, baja, tu padre ha vuelto! —le grita a la oscuridad del interior, mientras le da a mi padre otro largo abrazo.
—Ella es Felisa, se encarga de la casa —me informa.
La mujer me mira con curiosidad.
Lleva un delantal rojo salpicado de manchas de comida.
—Felisa, este es mi hijo, Quim.
Se abalanza sobre mí para darme un abrazo sincero. Nos separamos y sujeta mi cara entre sus manos.
Me mira o, más bien, me estudia.
—Quim, por fin te conozco. Hemos oído hablar tanto de ti. Qué ganas tenía de verte. No imaginas lo que tu padre te echa de menos cuando no puede ir a visitarte.
Yo miro a mi padre.
Creo que está llorando.
Al cabo de un instante, aparece por la puerta el joven que habíamos visto en la posada sin que él reparase en ello.
—¡Padre! —exclama antes de darle la mano al mío.
Qué extraño me parece todo esto.
Me contempla con recelo.
Veo en sus jóvenes ojos al anciano que será mi amigo.
Me saluda con la cabeza, se acerca y me tiende su mano.
—Hola, Quim, soy Yago.
—Te quedarás a pasar la noche, ¿verdad? —me pregunta Felisa .
—Por supuesto que sí —se adelanta mi padre, a la vez que me rodea con su brazo.
Pues parece que sí nos quedaremos.
—Esta noche y algún día más, ¿no es así, Quim? —pregunta mi padre, a pesar de que él ya ha decidido la respuesta. Me besa y en su cara se dibuja una expresión de alegría, aunque percibo un ligero deje de tristeza en su interior—. Tiene todo el tiempo del mundo en sus manos.