El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Sagres

Estamos de pie ante la caseta de madera vieja y medio destruida en la que, según él, estaba el taller de su hijo Yago.

Todavía me cuesta creerlo. Su hijo. Ni más ni menos que el Almirante.

Me pregunto si, en su lecho de muerte, él ya sabrá que yo soy su hermanastro.

Seguro, vamos. No me cabe ninguna duda. Por eso me tratará de forma distinta que al resto.

El viejo local, que no tardará en derrumbarse del todo, carece de cartel que indique si aquello era un negocio. No tiene pinta de casa particular, eso seguro.

Nos plantamos ante la puerta más estropeada que he visto nunca y, sin pensarlo dos veces, mi padre la abre y se adentra en el interior. A pesar de estar medio quemado y carcomido por los bichos y el salitre del ambiente, este lugar fue algún día una zona amplia y diáfana.

—La última vez que entré en este salón había varias mesas grandes y robustas, atestadas de planos y mapas, algunos acabados, otros, a medio terminar.

Con total seguridad te digo que en este taller se fabricaban las mejores cartas de navegación de todo Portugal, gracias a uno de los mejores cartógrafos del mundo.

—Tu suegro —añado con algo de ironía.

Mi padre sonríe sin mirarme .

—Deberías venir algún día y ver cómo trabajaban Jafudà, bueno, Jaume, ya me entiendes, y su hijo Jacome. Mano a mano. Dibujando. Midiendo. Estudiando…

Seguro que lo haré porque ha de ser algo digno de contemplar.

—Así que esta ruina de casa era el taller que Jaume Ribes montó en Portugal tras cerrar el de Mallorca —deduzco mientas observo el lugar.

Mi padre afirma.

—Y de Jacome. Cuando murió me lo dejó a mí y, más tarde, se lo cedí a Yago. Al menos, era suyo cuando me marché hace unos meses —comenta sin dejar de mirar la roñosa estancia—. No sé qué ha podido ocurrir.

—Supongo que tú también serás bueno haciendo mapas. Y más, sabiendo lo que sabes.

—Lo soy. Pero nunca he dibujado una isla desconocida en este tiempo en mapa alguno —me suelta con solemnidad. Acto seguido, baja la mirada y añade—: Aunque creo que alguna vez se me ha podido escapar alguna que otra información tras unas cuantas copas de vino, pero nada grave.

Lo miro desde el otro lado de la sala.

—No me extrañaría nada que fueras tú el que le dibujara, con pelos y señales, el mapa a Piri Reis.

Su mutismo lo delata mientras mira hacia otro lado.

Cuando mi padre calla es que algo esconde.

—Tuvo que ser impresionante ver a Jaume y a su hijo Jacome trabajar juntos —le digo, algo celoso.

—Ya lo puedes decir, ya.

—¿Qué edad tenía tu suegro por aquel entonces?

—Rondaría los treinta.

—¿Y no se extrañó al verte, años más tarde, igual de joven ?

—No. Recuerda que te dije que siempre viajo disfrazado. Cuando volví pasado un tiempo con otro aspecto, Jacome no se percató de nada.

Mi padre se acerca a una de las pocas paredes que todavía queda intacta, una que aguanta todo el techo. Da unos cuantos golpes en ella y extrae uno de los tablones de madera. Está negro y requemado como el fondo de una chimenea en pleno invierno.

Mete la mano en el hueco oscuro que ha quedado a la vista y rebusca hasta que saca una especie de tubo largo y marrón.

Yo observo la escena, boquiabierto.

—Creo que lo que acabas de sacar de las entrañas de esa roñosa pared es un tubo de plástico que no debería existir ni ahora ni aquí.

Se arrodilla en el suelo.

—Si se hubiera quemado, el mundo sería muy diferente en nuestro presente. Solo me he asegurado de que este objeto sobreviva a cualquier percance —señala a su alrededor, como si no hubiera notado el estado de la casa.

Limpia con sus manos, como puede, una pequeña zona del suelo en la que deja el tubo ignífugo. Lo abre y saca de su interior un rollo de piel. Me mira y sonríe.

Es esa sonrisa que siempre ponía cuando estaba a punto de desvelar algo importante. Tengo la piel de gallina y no es por el frío ni la humedad que hace aquí dentro.

Desenrolla el rulo de piel con extremo cuidado hasta que aparece otra tela protectora de color amarillo sucio. Yo diría que es lino viejo. La extiende en el suelo y me quedo petrificado al entender lo que estoy viendo.

Es un mapa.

Esbozado, evidentemente, por la mano de un Cresques.

Se puede apreciar a simple vista la técnica familiar .

—Has de saber que este mapa fue dibujado a lo largo de una década de viajes casi imposibles —indica mi padre con solemnidad.

Me fijo en el plano.

Es una carta de navegación en la que puedo ver las costas de Portugal, las Islas Canarias y África. Frente a ellas, hacia el oeste, observo atónito parte de la costa del continente americano.

Lo examino con más detenimiento y distingo las islas del Caribe delineadas. También veo parte del continente que va desde Venezuela, por el sur, hasta yo diría que el norte de Florida, incluyendo toda Centroamérica y el golfo de México. No es perfecto, pero se acerca muchísimo a la realidad.

Entre los dos mundos hay una serie de apuntes que indican la distancia, así como unas pocas líneas que marcan los vientos y las corrientes marinas que se han de seguir, tanto para ir hacia el oeste como para volver al este.

—Este es el objeto que debo entregar a Yago antes de irnos para no cambiar el pasado.

No sé qué decir, la verdad.

—Gracias a ti podré cumplir la promesa que le hice a mi mujer y entregarle esto a nuestro hijo —dice casi en susurros con cierto temor en su voz—. Nuestro futuro hubiera sido tan distinto si no lo hago…

Yo lo observo.

Por su cabeza deben estar pasando mil ideas a la vez.

—Esta carta perteneció al padre de Margarida.

—A Jacome —digo en voz baja, ensimismado.

Mi padre asiente.

—Él, a su vez, lo heredó de Jafudà, que lo heredó de Abraham, y así hasta llegar a un lejano Cresques de principios del siglo XIII, también cartógrafo, que fue el encargado de darle las últimas pinceladas allá por el año 1210.

—¿Siglo XIII? No me lo puedo creer —atino a decir .

—Como lo oyes.

Está convencido y habla sin titubear.

—¿Estás seguro de esos datos? —le pregunto.

—Segurísimo. Lo sé porque estuve allí viendo cómo lo acababan, cómo anotaban los últimos apuntes —añade al intuir mi incredulidad—. Tranquilo, fui para verificar su procedencia, pero no interferí en nada, te lo prometo.

Yo sonrío sin darme cuenta.

—Estoy flipando, la verdad.

—Pues vas a hacerlo todavía más cuando te diga para quién trabajaban los Cresques…

Lo miro.

Sus ojos brillan.

Su boca no articula palabra, pero su mirada dice mucho.

Su dedo señala la esquina inferior del mapa, que hasta ahora me había pasado inadvertida porque estaba tapada por la tela que lo cubría.

—No…

Sabe que reconozco lo que estoy viendo.

—Es el sello de la Orden del Temple…

—Flipante, ¿a que sí? —me suelta orgulloso.

Por eso está mi padre aquí.

Este es el nexo.

Seguro que seguía alguna pista de los templarios y acabó en Sagres sin percatarse de dónde se estaba metiendo.

Yo no digo nada; espero más información.

—Esta carta se dibujó tras múltiples viajes que los templarios hicieron al Nuevo Mundo partiendo desde La Rochelle, cuando nadie más sabía que existía.

—No puede ser…

—Te lo juro, Quim. Lo he visto con mis propios ojos. Este mapa siempre ha pertenecido a la familia Cresques, y se ocultó en cuanto los templarios desaparecieron.

Lo miro con total incredulidad .

—Quim, en cuanto Yago tenga este mapa, que le pertenece por derecho por ser descendiente de un Cresques, decidirá lanzarse a la aventura en un acto tremendamente valeroso que ninguno de sus antepasados se atrevió jamás a emprender.

Acaricia la tela del plano con mimo, pensativo.

—Yo también pensé como tú, que la había fastidiado y que había cambiado la historia —añade al cabo de un rato, casi diría que con preocupación—, pero no será así.

En lo único en lo que he intervenido es en que soy el padre de Yago, el chaval que se convertirá en Cristóbal Colón —se queda sumido en sus pensamientos tras escucharse a sí mismo—. Bueno, que no es poco, ya lo sé…

—¡Tú dirás! —exclamo con socarronería—. Ahí es nada, vamos. Un pequeño detalle sin importancia. Has creado a alguien cuya vida hará que cambie la historia de España y del mundo entero.

Él me mira sin responder. No tiene argumentos en contra.

—Imagina todo lo que financiará el oro, la plata y demás riquezas del Nuevo Mundo, y piensa cómo hubiera sido la historia si tú no hubieras intervenido —le digo en un tono que denota poca cordialidad.

Tras decir esto, me he quedado mucho más tranquilo.

—Veo que te has quedado a gusto —me suelta.

Yo afirmo.

Cómo me conoce.

Se vuelve a quedar callado.

—Lo hecho, hecho está. No se puede cambiar, así que prefiero no pensarlo más —me dice al cabo de un breve instante.

En el fondo tiene razón.

Vuelvo a fijar mi atención en el mapa.

La verdad es que es una pieza impresionante.

—Yago no llevará tu apellido —le digo ahora que acabo de caer .

—No. Ribes es un distintivo demasiado importante para un cartógrafo y no quise que ese apellido se olvidara. Además de que no quería dejar huella en este tiempo.

—Más de la que has dejado, querrás decir.

Él sonríe con picardía.

—¿Por qué eligió ser Cristóforo Colombo, de origen genovés, en lugar de Yago Ribes, natural de Sagres? —pregunto para aclarar algunas lagunas sobre la vida de su hijo.

—Será consciente de que tendrá que inventarse una nueva identidad para que no lo relacionen ni con los Cresques de Mallorca ni con su pasado judío, porque, si lo averiguan, no recibirá apoyo alguno por parte de los mismos reyes que aprobarán la expulsión de los judíos de su reino.

No me cuadra demasiado.

—Su bisabuelo, Jaume Ribes, ya era un cristiano converso. No tenía ninguna necesidad de ocultar su pasado. No entiendo por qué tanto secreto, la verdad.

—En cuanto la familia Ribes llegó a Portugal, un lugar donde los judíos no eran perseguidos, dejaron de lado sus miedos y volvieron a sus creencias originales, unas que nunca olvidaron, por cierto, pero que sí escondieron por miedo —explica mi padre.

Acaricia el mapa y me mira—. Cuando yo conocí a Margarida no negaba que era judía.

Yago no disimula en absoluto que es judío.

—Así que tú te hiciste pasar por judío —sospecho.

—A mí lo que me importaba era estar con ella.

Sopeso la información que acaba de soltar mi padre y empiezo a ser consciente de lo que tuvo que suceder en aquellos años.

—Por descontado que el hecho de que la familia de cartógrafos más famosos del momento volviese a ser judía sin temor alguno, llegó hasta oídos lejanos —añado, entendiendo por qué Yago tendrá que mentir vilmente sobre su pasado.

Mi padre asiente .

—¿Y el apellido Colón? —quiero saber.

—Margarida Ribes Colom era el nombre completo de su madre. Lo elegirá en honor a ella, aunque en una versión castellanizada.

—Debo añadir —digo en un tono más sosegado—, que tu hijo tendrá un par de pelotas para lanzarse al mar, aun teniendo este mapa. Será una dura y peligrosa travesía.

—No te creas. Tiene todos los datos necesarios para llegar. Solo debe seguir las indicaciones y partir en la época adecuada para que un temporal no lo devore.

—Sí, es cierto, pero así y todo estuvieron a punto de lanzarlo por la borda en su primer viaje al Nuevo Mundo, si no llegan a mediar los Pinzones —indico, sin dejar de mirar el mapa con toda la investigación recopilada de diversos viajes.

—Es cierto. Se perderá unas cuantas millas a pesar de que ese no será su primer viaje.

—¿Qué? —pregunto asombrado.

Él niega con la cabeza.

—Ya te lo contaré con más tiempo —me dice quitándole importancia al asunto—. Ya te he dicho que es un navegante pésimo que se marea nada más poner un pie en cubierta.

Ríe con ganas, seguramente recordando alguna imagen graciosa que ya ha vivido junto a su hijo.

Yo también me río.

—Menos mal que se rodeará de buenos marineros que si no, ya te digo yo que este se nos ahoga nada más salir de Huelva.

—O acaba siendo pasto de los tiburones.

Las carcajadas de ambos resuenan por todo el viejo y descuidado taller, recordándome al instante las divertidas charlas que compartíamos en su tienda, imaginando locas historias sobre las reliquias que teníamos a la venta, mientras esperábamos a que entrara algún cliente por la puerta.