Capítulo 11
Sagres
Estoy tan empanado que por poco me marcho sin pagar.
Suerte que, al decirle adiós al dueño de la posada antes de salir por la puerta, he visto en sus ojos una mirada sospechosa que me ha transmitido sin palabras: «Como os larguéis sin abonar la cuenta os corro a palos de aquí a Lisboa».
Mi padre ni se ha enterado. Se ha limitado a marcharse sin echar la vista atrás.
Nada más salir, lo veo al final de la calle, mirando hacia un mar que parece estar en calma. Las gaviotas sobrevuelan la zona y las siluetas de las embarcaciones se mecen con una brisa suave y agradable. Me acerco hasta él y medito mis palabras.
Antes de que pueda decirle nada, se gira y me mira.
Yo espero, paciente.
—Han pasado muchos años desde la primera vez que viajé a este pequeño pueblo —comienza, como si estuviera contando una de esas anécdotas que tanto le gustaba explicar cuando daba clases en la universidad—.
Vine para conocer a Jacome de Mallorca. Era un personaje que me intrigaba, ya que apenas había datos históricos sobre él. Incluso se recelaba de su existencia.
Vuelve su mirada hacia el horizonte.
Después se gira de nuevo para seguir hablando .
Yo no abro la boca, me limito a escuchar con atención.
—Al final, resultó que Jacome de Mallorca, era, en realidad, Jacome Ribes, hijo del famoso cartógrafo Jaume Ribes, quien, antes de convertirse al cristianismo, era conocido como Jafudà Cresques. Supongo que sabes quién es.
Por supuesto sé quiénes son los Cresques porque también me crucé con ellos en algún momento de sus vidas.
—Yo ya conocía a Jafudà y a su padre, Abraham. Estuve junto a ellos durante algunos años porque me apeteció aprender a cartografiar de la mano de quienes fueron los mejores en el oficio. Acabé apreciándolo mucho.
Me mira con cariño.
Se acerca y coloca su mano en mi hombro.
El contacto es agradable, cercano. En estos momentos me doy cuenta una vez más de cuánto lo he echado de menos.
—Supongo que tú también has aprovechado este don para aprender de los maestros y artesanos en algún momento de la historia —añade antes de volver la vista hacia el mar—. Y, si no lo has hecho, te estás perdiendo algo impagable —susurra, como hablándole a los galeones anclados en la lejanía.
—Sé a qué te refieres, y sí, lo he hecho más de una y de dos veces. Diría que es lo mejor de este don que tenemos.
Él asiente satisfecho.
Orgulloso.
—Pasé junto a Jacome unos buenos años, recordando a su padre y a su abuelo.
Me quería como a un hijo. Me trató siempre como de su familia.
Y, sin pretenderlo, acabé enamorándome de su hija, Margarida —me explica con la voz serena y contenida, repleta de añoranza—.
Tu madre ya hacía años que se había largado y yo me sentía más solo que la una.
Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño .
Lo entiendo porque yo también he tenido algún que otro amor platónico perdido en el tiempo, que necesitaba visitar de vez en cuando. Ahora, con Lucía a mi lado, ya no lo necesito.
—Tiempo más tarde nos casamos —añade para mi sorpresa—. Y, poco después, tuvimos a Yago.
—¡¿Qué?! —exclamo incrédulo y sin poder decir nada más. A pesar de las decenas de preguntas que tengo en la punta de la lengua, las palabras no fluyen como deberían.
Me mira.
Está serio.
—Me casé porque, si quería pasar más tiempo con ella, debía hacerlo o se hubiera casado con otro —explica casi sin poder hablar. Tiene un nudo en la garganta—. Lo de tener un hijo no estaba en mis planes, por supuesto, pero sucedió.
Se da la vuelta y pierde su mirada de nuevo en la lejanía.
—Años después averigüé quién iba a ser aquel chaval en el futuro. Te puedes imaginar… Me sorprendió como nada lo había hecho en mi vida.
Pone cara de inocente, pero de eso no tiene un pelo, vamos.
—Ya no había vuelta atrás, Quim. El futuro estaba escrito para aquel joven, por más que me pesara, y yo debía ceñirme a un guion que, por nada del mundo, se debía cambiar.
—No me lo puedo creer —atino a decir con la voz entrecortada—. ¿Me estás insinuando que Cristóbal Colón es tu hijo?
Confirma con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
¿Cristóbal Colón es mi hermano?
—He estado viviendo una doble vida sin proponérmelo. No ha sido nada fácil estar en el pasado durante varios años, volver al presente, vivir otros tantos años, para después regresar al pasado, justo al mismo punto donde lo dejaste, y seguir con tu otra vida.
—Y tu otra familia —añado con algo de envidia .
Comienza a caminar de nuevo, esta vez hacia un espigón de tierra que se adentra en el mar.
—Continuamente echaba de menos a alguien, estuviera donde estuviera. Volvía cada cierto tiempo, pasaba unos años con vosotros y después regresaba aquí porque también lo necesitaba.
—Nunca llegamos a notar tu ausencia.
—No, por supuesto. Siempre volvía al punto de partida.
No quería que nadie sufriera por mí —me dice secándose las lágrimas que corren por sus mejillas—.
Si no hubiera perdido mi don habría seguido viajando hasta que Yago comenzase su andadura en solitario.
Después, hubiera vuelto a casa y nadie se habría enterado de esta aventura.
—Deberías intentar pasearte por la historia sin modificar nada, es de primero de saltos en el tiempo —le suelto tras un rato de incómodo silencio.
Noto que hay rabia en mi interior.
—Lo sé, lo sé… pero tengo un don especial para meter la pata cada dos por tres, Quim. No quiero, pero no lo puedo evitar.
En el fondo lo entiendo, entre otras cosas, porque yo también la he cagado más de una vez. Pensaba que era el campeón del mundo en esto, pero veo que mi padre me supera y con diploma de honor incluido.
Se detiene al final del espigón y mira hacia el horizonte, como si allí buscara las palabras que le faltan. No puedo culparle de nada. Lo que le ha sucedido a él me ha podido pasar a mí en decenas de ocasiones. Es más, no me extrañaría descubrir un día que tengo algún cabo suelto de este tipo.
—Así que, Yago es hijo de Margarida, nieto de Jacome Ribes, bisnieto de Jafudà Cresques y tataranieto de Abraham Cresques —digo casi sin pensar, más para romper el mutismo del momento que otra cosa—.
Vamos, que se le debe dar de muerte eso de pintar mapas, porque forma parte de la familia de cartógrafos más famosa del mundo.
—Margarida murió a principios de este año en el que estamos ahora —susurra mi padre, visiblemente apenado—. Aunque para mí hace ya cinco largos y solitarios años que se fue. Aun así, la sigo echando de menos.
—Lo siento mucho, papá. Pensaba que todavía estaba viva.
El tiempo pasa y no decimos nada.
Comienza a caminar por donde hemos venido, en dirección a la posada. Supongo que quiere ir ya al taller de Yago.
Su hijo.
—Conocí a Jafudà hace poco. Poco para mí, quiero decir. Para él era el año 1402 —le cuento a mi padre para cambiar de tema—. Visité a su padre, Abraham, en el taller que tenían en Mallorca. Y él estaba allí, todavía aprendiendo. Fui para darle recuerdos de su primo, mi buen y gran amigo Ismael.
Aproveché, no te voy a engañar, para comprarle algunos mapas y planos que me llevé al presente y que ahora valen un dineral. No entra en mis planes venderlos, pero no está mal tener un seguro por si llegan malos tiempos.
—Jafudà fue, como bien dices, un excelente cartógrafo, entre otras muchas cosas —añade mi padre, algo más tranquilo.
La familia Cresques era de origen judío y se convirtieron al cristianismo a la fuerza, tras las revueltas que tuvieron lugar en su ciudad.
Jafudà, que se cambió el nombre por el de Jaume Ribes tras su conversión, junto a su padre, Abraham Cresques, son los autores del Atlas Catalán, un mapamundi que está considerado toda una obra maestra.
Jaume Ribes se trasladó de Mallorca hasta aquí, según dicen los historiadores, allá por el año 1419, dato que no he podido comprobar todavía.
Como tampoco tengo claro que su traslado a Sagres fuera esponsorizado por el interés del príncipe Enrique para impulsar la exploración marítima portuguesa, ya que todavía no he encontrado resto alguno de esa famosa escuela de navegación.
Observo que mi padre sigue callado y con la mente volando por sus mundos.
Acabamos de pasar por delante de la posada.
Estamos deshaciendo el camino que ya hemos hecho.
Al cabo de unos minutos, llegamos hasta la pequeña plaza, donde se detiene junto a la caseta a la que parece que le ha pasado un huracán por encima.
—¿Cómo vas a solucionar este tema? —quiero saber.
—¿Qué tema? —pregunta él intrigado.
—Ese pequeño problemilla llamado Cristóbal Colón, de oficio descubridor —le suelto sin más.
No quiero parecer grosero.
Todavía noto la tristeza en su rostro.
—No hay nada que solucionar —me suelta.
—No, claro, sencillamente has creado de la nada a una de las personas más importantes de la historia —protesto.
Él me mira, pensativo.
—Mi única labor es entregarle a Yago un objeto que lleva en la familia Cresques desde hace siglos. Una reliquia que ha pasado de padres a hijos y que Margarida me pidió que guardara a buen recaudo hasta que llegara el momento. Después, la vida seguirá su curso —me dice tan tranquilo.
Lo miro. Espero un poco y, al ver que no dice nada más y que tiene intención de entrar al interior de lo que un día fue un taller, le pongo una mano en el hombro para detenerlo.
—¿Seguirá su curso? —repito incrédulo—. ¿Eso es todo lo que vas a decir?
—Quim, hijo, si la historia afirma que ese chaval algún día cruzará el océano, es porque lo hará, te lo puedo asegurar.
Nosotros no pintamos nada, somos simples espectadores.
Es más, si Margarida viviera, yo no necesitaría estar aquí.
Ella se haría cargo de todo. Pero antes de morir me pidió que mantuviera ese objeto oculto hasta que llegara el momento. Y debo hacerlo.
Suspira, cabizbajo.
Está triste, lo noto.
—Yo vi lo que era y, créeme, es una pieza que será clave para el futuro de Yago.
Y del mundo —sigue explicando con la voz calmada.
Se nota que ha vivido muchas vidas, tiene una serenidad natural que solo he visto en las mentes más experimentadas—.
Yo puse a Yago aquí, en este tiempo, en este mundo.
Eso es así, no lo voy a negar, pero no he dirigido su vida en ningún momento.
Ni le he empujado a que sea cartógrafo ni navegante ni pintor ni nada en especial, es más, es un pésimo marinero.
No sé cómo se lo montará, pero, lo que deba hacer, lo logrará él solito. Sin mi ayuda.
—No me lo puedo creer —le suelto asombrado por su calma—. Sabes tan bien como yo que alguien, en algún momento de su vida, le contará que hay nuevas y ricas tierras más allá del Atlántico y por eso se lanzará al mar.
Mi padre me mira.
Sonríe.
Es esa sonrisa traviesa que no ha perdido con los años.
—Tú serás el que le dé esa información —murmuro, dándome cuenta de todo al instante—. Eso es lo que tienes que poner a su alcance para que la historia siga su curso, porque si no, él jamás sabría de la existencia de otra tierra más allá del océano.
—Nadie es perfecto. Si estás libre de pecado, puedes tirarme la primera piedra —añade desafiante.