Capítulo 10
Posada de Sagres
Un espasmo repentino me obliga a respirar.
Creo que sin querer he estado aguantando la respiración, mientras recordaba la última vez que lo vi.
Ahí está el futuro Almirante de la Mar Oceana.
Joven, pero con los mismos ojos de pillo que tendrá de mayor.
Y no se llama Cristóbal Colón ni tiene todavía como oficio ser descubridor, obviamente.
Se llama Yago Ribes y, mira tú por dónde, me lo encuentro en el lugar y en el momento que menos me imaginaba, guiado por mi padre, una persona que jamás mostró interés alguno por él.
Lo tengo tan solo a unos metros, bebiendo tranquilamente, sin saber que él comandará la primera flota que llegará a las costas del Nuevo Mundo, al menos oficialmente, porque yo ya pude comprobar in situ que tanto los vikingos como los polinesios llegaron siglos antes.
He leído en algunos antiguos escritos que también los templarios sabían del continente americano; es más, algunos dicen que de allí sacaron el oro y la plata con la que construyeron las catedrales, pero todavía no he tenido la oportunidad de comprobarlo. Todo llegará.
Estoy seguro de que mi padre sabrá algo al respecto .
Menos mal que el chaval no me mira porque si no ya estaría muy mosqueado.
No lo observo con ningún disimulo. Tampoco lo hago a propósito, es que estoy embobado pensando en las veces que lo veré en su futuro.
Y en todo lo que logrará. Y en la gran cantidad de mentiras que soltará a lo largo de su vida para cubrir sus huellas, tanto a nivel personal como profesional.
Y pensar que la verdad nunca se sabrá poque yo quemé aquellas hojas... Ojalá pudiera haber dado el cambiazo y quemar otros papeles sin importancia, porque esa información valdría millones. Eso no quiere decir que pretendiera venderla, no lo creo. Ese documento debería estar en un museo.
Quizás en él explicaba cómo se enteró de la existencia de las tierras lejanas.
Algunos historiadores hablan del protonauta, un marino que llegó del Nuevo Mundo tras una tormenta y que al volver se topó con Colón y le informó de su existencia.
Otras leyendas, sin embargo, cuentan que Colón se hizo con un mapa cuya increíble información logró convencer a los Reyes Católicos para que financiaran su aventura.
Sea como fuere, esos datos se los tragaron las llamas.
Y ahora, ahí está con su cara de adolescente imberbe que aún conserva rastros de acné, sin poder imaginar lo que se le viene encima.
Y yo preguntándome, una y otra vez, por qué mi padre busca a este hombre. Es más, cómo sabe mi padre que este hombre, que se hace llamar Yago Ribes, será Cristóbal Colón, si nadie conoce su pasado.
Un escalofrío me sube por la espalda.
El chaval se levanta de la mesa y, tras intercambiar unas palabras con el posadero, se dirige hacia la calle.
—¿No vas a hablar con él? —pregunto a mi padre.
Él me mira.
Su cara denota preocupación.
Yo diría que más de lo que yo recuerde nunca .
No sé qué se trae entre manos, pero, evidentemente, es un tema muy serio.
—Todavía no, hijo —dice con voz tenue—. Antes tenemos que hablar tú y yo. Debo ponerte al día.
Dicho esto, se pone de pie.
Su mente vuela lejos de aquí.
Lo noto en sus ojos.
—Salgamos a pasear —expresa en un hilo de voz que apenas llego a entender—. Necesito que me dé el aire.