Capítulo 9
Valladolid
Al amanecer
Golpeo el portón con el pesado picaporte de bronce que preside la puerta.
Está muy frío al tacto. El ruido resuena, rompiendo la paz del momento, y se pierde por una calle húmeda y solitaria a la que todavía no llegan los primeros rayos de sol.
Segundos después, la puerta se abre entre crujidos.
Un hombre de pelo cano, que supongo que forma parte del personal de servicio, me observa desde el interior. Me invita a pasar.
Me acompaña hasta un salón que parece ser la estancia principal de la casa.
Está tenuemente iluminado. La temperatura es agradable gracias a un enorme fuego que arde con fuerza en una chimenea a la que me acerco, hasta empaparme de un necesario calor que hará desaparecer esta sensación gélida que me abraza y que tan poco me gusta.
Una de las enormes puertas dobles que dan al aposento en el que me encuentro se abre. Por ella aparece una mujer menuda, vestida con ropas oscuras, que se acerca hasta mí. Me mira con los ojos entrecerrados, como si me estuviera escrutando.
Pasado un breve espacio de tiempo, no muy agradable, he de confesar, me habla:
—¿Es usted el doctor Mora?
—Así es —miento solo en parte .
No soy doctor, pero sí me apellido Mora. Pero eso a ella no le importa. Además, mis pobres conocimientos de medicina seguro que superan los de los mejores médicos del momento.
—A pesar de que viene muy bien recomendado, he de advertiros de que, hasta ahora, todos sus colegas han dictaminado lo mismo: el Almirante no pasará de esta semana.
Si se refiere a él como Almirante es porque debe de ser una persona que lo aprecia. Nadie lo llama así desde que perdió su título hace años.
—Déjeme que yo obtenga mis propias conclusiones.
Sé que no voy a poder hacer nada por él, ni quiero. No puedo modificar el pasado. Debe morir hoy, tal y como está escrito. Su vida acabará en unas horas, después de años de padecimiento, repletos de desilusiones políticas y personales.
Entro en la habitación y lo veo postrado en una enorme cama, que todavía lo hace más pequeño.
Los reflejos anaranjados del fuego, que arde en otra pequeña chimenea, disimulan un poco su extrema palidez.
Está muy delgado, demacrado, casi cadavérico.
Nada que ver con el hombre que conocí estando en su mejor momento de la vida.
No se parece, ni por asomo, al lozano Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Oceana, título que los Reyes Católicos le otorgaron tras volver de su primer viaje al Nuevo Mundo.
Lo he visto varias veces en su vida y en todas ellas he sospechado que sabía mi secreto.
Su forma de hablarme y de tratarme era muy diferente de la que utilizaba con el del resto de personas.
Pero él nunca me comentó nada, ni siquiera sobre lo más obvio, ya que yo me he mantenido físicamente igual a lo largo de décadas de su vida.
En lugar de eso, me decía: «Por cierto os digo, buen amigo, que no habéis cambiado en absoluto; cada vez que os contemplo parecéis tan poco agraciado como de costumbre».
Si no hubiera sido porque me tenía mucho cariño, creo que me hubiera denunciado a la Inquisición .
La mujer se acerca hasta nosotros.
Se sienta en el borde de la cama y toma su mano.
Yo permanezco a su lado.
Lo despierta con suavidad.
El moribundo abre los ojos.
Pasados unos segundos me mira.
Su rostro se ilumina con un gesto amable.
Intenta incorporarse y alcanzar un vaso con agua que tiene sobre la mesita de noche. Bebe y carraspea un poco antes de hablar.
—Bien sabía yo que vendríais a visitarme una última vez antes de emprender mi postrero viaje.
Me tiende su mano huesuda y yo la sujeto entre las mías con cariño.
Hemos sido más que amigos, a pesar de no haber compartido más que momentos sueltos de nuestras vidas. Aun así, hay una bonita y sincera amistad entre nosotros.
—Permanecéis igual de joven... Y también de poco agraciado, he de confesaros. Eso, por cierto, no hay quien lo cambie.
Tose y sonríe. La mujer lo mira extrañada.
Seguro que debe de conocer a todo su círculo íntimo y a mí no me había visto en la vida.
—Me alegro de volver a verte, amigo mío.
—Dejadnos solos, por favor —pide mirando a la mujer, que se marcha sin decir palabra—. Sin duda, está escuchando al otro lado de la puerta. Es buena persona, mas algo curiosa y entrometida —logra decir con dificultad, como si cada palabra le pesara.
—Vela por ti, resulta obvio que te tiene aprecio.
—Ciertamente, es la única que me ha cuidado desde que caí en esta pendiente infernal de desgracias y dolores. De esto último ya no hay retorno posible.
Se incorpora del todo y se sienta .
Le coloco unos cojines en la espalda para que esté más cómodo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunto por compromiso.
—Seguro estoy de que lo sabes, no disimules ni juegues conmigo, pues si aquí te hallas, intuyo que no me resta mucho tiempo.
—Hoy acaban tus sufrimientos —le informo.
—Pues mucho me alegra escuchar eso. Ya ansío dejar este mundo, que no me ha tratado como era menester —balbucea sin dejar de mirarme.
Se refiere, por supuesto, a toda la serie de problemas políticos y administrativos relacionados con sus gestiones en el Nuevo Mundo. Dificultades de administración en La Española, quejas de los colonos y diversos conflictos con otros gobernadores.
Colón regresó a España en el año 1500 con la intención de defender su administración. Sin embargo, al llegar, fue arrestado por orden de los Reyes Católicos y encarcelado en la Torre de los Locos, no muy lejos de aquí.
Hay historiadores que cuentan que, además de los problemas administrativos, existían razones políticas y económicas detrás de su arresto. Los reyes estaban preocupados por la reputación de la monarquía y los intereses monetarios de España en el Nuevo Mundo.
Aunque Colón fue liberado poco tiempo después, sus títulos y privilegios le fueron revocados. Aun así, trató durante los últimos años de recuperar su estatus y resolver las disputas legales y financieras relacionadas con sus viajes.
—No me han tratado como merezco. A mí, al hombre que cambió la historia del mundo, aunque nadie desee reconocerlo.
—No te falta razón, debo decir.
Aunque él tampoco lo puso fácil.
Pero no se lo voy a discutir, claro está. Bastante tiene con saber que hoy la palmará .
—Algunos lo imaginaron, pero yo lo hice.
Y esa gesta, casi imposible, no me la arrebatará nadie jamás —me dice con tristeza y orgullo a partes iguales—.
Aunque no albergo duda alguna de que, una vez que me haya marchado, los reyes no respetarán lo pactado y firmado por ambos antes de mi primer viaje.
Así, pues, debo pedirte un último favor, querido Quim.
—Por supuesto, amigo mío. ¿Qué necesitas? —quiero saber.
—Ahora que aguardas junto a mí, en mi lecho de muerte, puedo confirmar que mi padre tenía razón en cuanto a tu persona. Él me aseguró, hace ya muchos años, antes de desaparecer de mi vida, que debía confiar en ti antes que en nadie.
Ahora mismo estoy muy perdido.
¿Su padre me conocía?
En mi presente todavía no hay nadie que sea capaz de ratificar a ciencia cierta los orígenes de Cristóbal Colón ni quiénes fueron sus padres. La versión oficial dice que era genovés. Aunque otros muchos afirman que era portugués, gallego o mallorquín, además de judío…
Creo que hoy me iré de aquí sabiendo la verdad.
—¿Tu padre me conocía?
Él asiente, mientras sus ojos brillan con un gesto cómplice.
—¿Quién era tu padre?
Necesito saber este dato. Y llevarme algún documento que lo pruebe. Es uno de esos premios gordos de la sabiduría que te tocan de vez en cuando por viajar en el tiempo.
—Todo se desvelará a su debido tiempo, amigo.
Apura su vaso de agua con bastante dificultad.
—Deseo que te acerques hasta aquel armario.
Señala con mano temblorosa a un pequeño mueble de madera oscura que hay junto a la chimenea.
Llego hasta él. Abro las portezuelas y descubro un montón de documentos .
—Debería haber una carpeta de cuero en el interior —me dice sin levantar demasiado la voz.
Encuentro lo que me pide entre cientos de papeles.
Se la muestro.
Él asiente.
La acerco hasta la cama y la coge entre sus manos como si fuera un preciado tesoro, que tiembla por culpa de su pulso estropeado. La arrulla varias veces, como si estuviera acariciando un gato que se ha posado en su regazo.
Lo miro inquieto.
Es una estampa algo extraña. Creo que este hombre ha perdido la poca cordura que le quedaba.
Levanta la carpeta de piel y me la da.
Me mira con los ojos anegados en lágrimas.
—Hace unos años tuve la imprudencia de dejar por escrito este testamento. En él relato la realidad acerca de mi vida, toda la autenticidad de una historia que nunca he compartido con nadie.
Yo abro los ojos, sorprendido por sus palabras.
Una tos ronca arranca de su pecho.
—Bebe algo más de agua —le digo.
Lo hace con mucho esfuerzo.
—Nada que ver con las memorias que he contado hasta el día de hoy, que están preñadas de falsedades…
Mi juventud, mi familia, mi primer viaje…
Todo es mentira —prosigue contando el viejo Almirante.
Yo escucho con suma atención, ya que estoy ante un momento crucial de la historia—.
Datos ilusorios pero necesarios, que tuve que relatar para que nadie sospechara que todo lo que he logrado en esta vida ha sido una mera ilusión. Un regalo que quizá no merecí.
Yo escucho, anonadado, sin interrumpir. No creo que se le haya ido la olla.
Muchos historiadores de mi tiempo suponen que este tipo tiene secretos muy gordos todavía por descubrir .
—Deseo que la lances al fuego.
—¡¿Cómo?! —exclamo—. Me sueltas que en esa carpeta tienes los secretos de tu vida, de tus viajes, la razón por la que descubriste el Nuevo Mundo que, por cierto, amigo, nadie se cree que fuera por casualidad, y me dices, así, de repente… ¿¡que lo destruya!?
Mi boca ha comenzado a hablar sin permiso, como hace siempre que estoy nervioso.
—Os ruego que bajéis la voz, por favor.
No está alterado ni nada por el estilo.
Me mira serio y con atención.
—Así es, te suplico que lances esta acta a las llamas para que mis orígenes permanezcan en las sombras de donde nunca han de salir. Y no solo eso, te pido que redactes otra, con una fecha anterior, para preservar mi pasado.
No me puedo creer que me tenga que comer yo este marrón.
A ver, que es un momento clave de la vida de Colón y tal, pero, en realidad, yo he venido aquí, aparte de para saludar a un viejo amigo y asistir a un instante importante en la historia, para ver si puedo llevarme algo del Almirante.
Me vale con cualquier objeto que pueda guardar en mi cripta secreta, para después exponerlo en los museos.
Y si, además, pillo algo para vender, pues también será bienvenido, que mi empresa no se mantiene del aire.
Tras casi quince minutos de dictado por parte del Almirante, terminamos la nueva acta. En ella, que me ha hecho fechar en el año 1498, explica, entre otras cosas, que es genovés.
Pero si no sabe ni hablar italiano, el desgraciado.
No entiendo sus razones, pero no puedo interferir en el pasado de este hombre ni en el de nadie.
Y, por mucho que me duela, este será el documento que pasará a la historia porque, a medida que él lo iba dictando y yo lo iba escribiendo, recordaba que ya lo había leído.
Por lo tanto, esta certificación es la que sobrevivirá al paso de los años, y no la real .
—Ahora, amigo mío, lanza la otra al fuego.
No quiero.
Lo miro durante un instante, pero él no titubea.
Me acerco a la chimenea y me quedo de pie ante ella.
La puerta de la habitación se abre y la señora vuelve a entrar. Ha pasado mucho tiempo desde que llegué y supongo que querrá saber qué estamos tramando aquí dentro.
—Su hijo, Diego, acaba de llegar —anuncia.
Él asiente y me mira.
—Por favor —ruega suavemente.
La mujer observa la escena, impasible.
Acerco las hojas que me ha confiado el Almirante y las lanzo a la hoguera sin pensarlo dos veces.
Ella se acerca a mi lado y me pregunta sin abrir la boca.
—Me ha pedido que queme estos documentos —digo a la vez que me encojo de hombros.
Ambos contemplamos cómo los papeles se retuercen y desaparecen entre las llamas.
—Está bien, Beatriz. Ese era mi deseo —le explica.
Ella no protesta.
—Debe marcharse ya —me ordena la mujer.
Me acerco hasta la cama del Almirante y estrecho su mano.
—Algún día lo entenderás —me dice sin soltarme.
Acaricio su cara y me despido de él.
—Buen viaje, Almirante —le digo con mucha pena.
—Nos volveremos a ver —asegura él con lágrimas en los ojos. Hay cariño en su mirada.
Yo asiento en silencio.
Salgo de la estancia y me cruzo con su hijo. Me mira extrañado. Lo saludo con un gesto de cabeza y sigo mi camino, pero él me detiene sujetándome del brazo.
—¿Nos conocemos? —pregunta.
—Yo diría que no —contesto .
—Estoy seguro de que nos hemos visto antes, pero no puedo recordar cuándo o dónde —me suelta pensativo. Se le nota en la mirada que busca en su memoria.
—Seguro que me confunde con otro —le digo a modo de despedida. No quiero pasar ni un segundo más ante él, no sea que recuerde algo que no debe.
Uno de los problemas de viajar en el tiempo es que a veces me encuentro con gente que dice conocerme, como en este caso.
Yo no lo he visto antes, pero mucho me temo que me cruzaré en su vida en algún momento de mi futuro, de su pasado.
Lo que quiere decir que él ya me ha visto, pero que yo todavía no. Sí, lo sé, es un lío.
Me empieza a doler la cabeza solo de pensarlo.
El problema es mayor cuando resulta que hace décadas que nuestros caminos se cruzaron y yo sigo igual de joven.
Dependiendo de la época, me han tachado de brujo, dios, demonio, o cosas peores.
Acusaciones cuyo castigo, según el siglo, suelen acabar conmigo entre las llamas de una hoguera, en el fondo de un río, colgado en la plaza principal, o con la cabeza clavada en una estaca a la entrada del pueblo.
Salgo de la vivienda sin mirar atrás y me pierdo por la primera callejuela que me encuentro. Me dirijo a las afueras de la ciudad antes de que el día despierte y las calles se llenen de gente. Quiero volver cuanto antes a mi tiempo.
Camino con paso decidido mientras me maldigo por no haberme podido quedar con los papeles originales. No quería quemarlos, pero no he tenido opción.
El acta de mayorazgo de 1502, que la historia dice que desapareció tras la muerte del Almirante, resulta que se esfumó porque la quemé yo a petición suya.
La madre que lo trajo.
Si al menos hubiera podido leerla, saber cuál es su verdadera cuna, sus orígenes reales… Casi me arrepiento de haberle hecho caso, francamente .
He de ser paciente.
Estoy seguro de que, tarde o temprano, me enteraré, tal y como él me ha asegurado. Debe de ser porque ya lo ha vivido, pero yo todavía no.
El tiempo dirá.