Capítulo 8 #2
Son pequeños caprichos que yo también me doy de vez en cuando. Para mí es como ir a un campamento de verano. En unos meses aprendo más sobre una cultura o una persona que en toda una vida de libros. Sí, lo sé, es una auténtica pasada.
Unos metros más adelante escucho unas voces y el sonido típico de un restaurante de la época: risas, golpes y algunos gritos acompañados del olor a comida.
Huele a caldo de pescado desde la distancia.
Y huele muy bien.
La puerta de la posada está abierta.
El local es amplio, con bastantes mesas, casi tan destartaladas como las casas que hemos dejado atrás. Muchas de ellas están ocupadas por comensales que vacían los tazones con ganas.
Un hombre fornido nos mira desde el otro lado de la barra.
Levanta su cabeza en señal de saludo.
Nos acercamos hasta la roñosa barra repleta de platos sucios y jarras vacías.
—Bom dia. Posso comer? —pregunta mi padre.
—Todo el que tenga dinero puede comer aquí —le responde el mesero en un portugués que me cuesta bastante entender.
Señala hacia una de las mesas vacías, que está junto a una de las dos ventanas que tiene el local, y nos invita a sentarnos.
No pregunta más.
Al parecer aquí no hay menú para elegir. O te gusta el plato del día o te quedas sin comer .
Observo a los lugareños mientras espero mi comida.
Mi padre mantiene su mutismo, con la vista fija en la puerta de la entrada. Yo estoy sentado de espaldas a ella.
—Primero comemos algo y luego, si vemos que Yago no aparece, le pregunto —me dice.
—¿Lo conoces personalmente? —quiero saber, al comprender que habla de él como si se conocieran.
Él asiente.
Veo que hay cuatro mesas ocupadas. Me fijo en que, en tres de ellas, come gente de mar, normal en un pequeño pueblo pesquero como este. Sus manos curtidas, sus caras morenas y agrietadas y sus ropajes así lo indican.
El mesero se acerca y nos deja una olla enorme a rebosar de sopa humeante, un par de cuencos, dos jarras de vino y algo de pan. Se marcha sin decir nada.
Creo que no le gustan los extranjeros.
La sopa huele de maravilla, pero he de ir con ojo con la comida. Nunca se sabe cómo me va a sentar. Pero lo cierto es que estoy salivando con su aroma.
—Tiene condimento del bueno, como diría la tía Rosa.
En el rostro de mi padre asoma un gesto de felicidad.
Pruebo un poco y me sabe a gloria.
—Está de rechupete —indica él. No le falta razón—. Se nota que es un pueblo que vive de la pesca.
Vacío mi taza con ansia, y eso que no tenía hambre. Mi padre casi se ha acabado la suya.
—¿Quieres más? —le pregunto.
No contesta.
Veo que tiene la mirada clavada en la lejanía y la cuchara a medio camino de su boca. No dice nada, solo mira hacia la puerta.
Me giro para saber qué o a quién mira de esa manera.
Compruebo que acaba de entrar un chaval .
No debe de tener más de veinte años. Camina pensativo hasta la barra. No se ha percatado de nuestra presencia, pero yo he podido ver su cara con total claridad y mi instinto arácnido me grita que ya nos hemos visto en algún otro lugar.
No en este pueblo.
No en este tiempo.
Rebusco entre mi memoria.
Esa cara...
Mi padre sigue sin abrir la boca.
—¿Quién es? —necesito saber.
—Ese es Yago —contesta.
El mesero se acerca al joven, que se ha sentado en un taburete junto a la barra, y le deja una jarra de vino.
—Ya sabes que yo prefiero agua —le contesta el chaval.
El sonido de su voz me llega alto y claro. Su acento delata que es de la zona, pero hay un timbre oculto en su manera de hablar que me es muy familiar. Una entonación que entra en mi memoria, toca un par de teclas y encuentra el archivo concreto que busco.
Un escalofrío recorre mi cuerpo al recordar quién es.
Rememoro el último instante en que lo vi como si hubiese sido hace unos minutos. Todo gracias al efecto Pausa, que es una consecuencia que sucede durante mis saltos y que hace que recuerde todo como si tuviera memoria fotográfica.
Este efecto me ayuda a no olvidar, pero, como todo en esta vida, tiene su parte buena y su parte mala, ya que queda grabado a fuego todo lo que he vivido y sentido en mis distintas vidas a lo largo de los tiempos: lo bueno, lo malo, lo peor y lo que uno jamás querría recordar.
Este mismo efecto, además, se encarga de que no envejezca por muchos años que viva en el pasado. Debe de ser un efecto común en los Señores del Tiempo. Por eso mi padre está igual que cuando desapareció hace ocho años.
—¿Qué hace él aquí ?
No le encuentro ningún sentido.
Noto como mi padre me mira.
Intuye que sé quién es.
Un destello fugaz me lleva volando hasta una fría mañana del año 1506, en la ciudad de Valladolid.
Viajé hasta allí para ver por última vez a un viejo amigo.
Estaba muy enfermo, tanto que iba a morir en unas pocas horas.
Y resulta que ese mismo hombre es el chaval que andaba buscando mi padre.
Siento la humedad de las calles de la ciudad al amanecer calando en mis huesos, como si estuviera allí, para visitar a la misma persona que está sentada a unos metros de mí y que todavía no me conoce, pero con el que entablaré una bonita amistad.
Ahora me pregunto si ya estaba escrito así.
Si el inicio de nuestra amistad se deberá a que estamos hoy aquí.
No tengo ni idea.
Estos rollos del destino, sus consecuencias y sus múltiples líneas temporales siempre me dan dolor de cabeza. Y, por muchas veces que me lo expliquen, no acabo de entenderlo.
Recuerdo que en aquel viaje me hice pasar por médico. Uno de los muchos que ya habían visitado al enfermo moribundo y que habían intentado, sin éxito, curar sus males.