El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Pasado

Puerto de Sagres

En cuanto percibo la gravedad tirando de mí, sé que hemos llegado a destino, aunque no estoy seguro de que la fecha sea la correcta.

En estos primeros momentos, lo más importante, según experiencias pasadas, es comprobar que no haya nadie cerca que nos haya visto aparecer como por arte de magia.

Ya me ha pasado alguna que otra vez y no es agradable.

Mis ojos se van acostumbrando a la intensa luz que me rodea, enfoco la vista, y reparo en que el sol está demasiado alto para ser las últimas horas del día. Está claro que no hemos llegado al anochecer.

—Creo que es mediodía —dice mi padre a un par de metros de mí, como si me hubiera leído el pensamiento.

Está atontado, aunque algo menos que en el primer salto.

—Ahora solo falta comprobar que sea el día exacto.

O al menos el año, que no las tengo todas conmigo.

—Lo es —confirma mi padre al ponerse en pie, mirando hacia el horizonte.

Yo sigo su mirada, pero solo veo algunos pocos barcos.

—¿Aquello es el puerto? —quiero saber.

—Así es. Y aquel barco de velas blancas y rojas —señala con la mano hacia un navío en concreto—, el más grandote de todos, es en el que, en teoría, yo debía de llegar hoy. Así que estamos en el día perfecto. Lo has logrado, hijo.

Me abraza, satisfecho.

Tras reponernos del salto, subimos la pequeña montaña de arena por la que habíamos bajado. Este lugar cambiará muy poco en los próximos seis siglos. Llegamos a un camino de tierra que parece bordear la costa y nos llevará hasta el pueblo, o eso ha dicho mi padre.

Comenzamos a caminar.

Él está más pensativo de lo normal.

No quiero preguntarle de nuevo, porque es evidente que no quiere contarme nada hasta que él lo decida.

—Me dijiste que debías volver aquí para no cambiar el pasado. Siempre tengo mis dudas con estos temas…

—¿A qué te refieres? —me pregunta.

Ya lo hemos hablado, pero quiero romper el hielo.

—Venimos de nuestro presente, por lo tanto, si algo tuvo que cambiar en el pasado, ya estaba cambiado.

—En cuanto llegamos al presente, el pasado ya se había modificado, cierto. Pero al volver, tenemos la posibilidad de cambiarlo de nuevo, haciendo que el presente que conocemos desaparezca por el que crearemos hoy. Pensaba que lo habías comprendido, Quim.

—Esto de las paradojas temporales es demasiado complicado de entender —le digo sonriendo—.

Yo solo hago lo que me dijo Einstein, tras intentar explicarme estos temas una y mil veces: «Mira, Quim, cuantas menos cosas toques, mejor.

Y, si es posible, no hables con nadie mientras estés en el pasado. Punto».

Mi padre también sonríe.

—No le falta razón. Pero lo que tenemos que hacer aquí y ahora, es, únicamente, para dejar la historia tal y como tú y yo ya la conocemos .

—Lo que quiere decir que la historia que conocemos es así porque tú tuviste algo que ver —replico.

Asiente.

—Pero solo un poquitín de nada —contesta.

Ya lo sabía yo.

Otro que mete la pata allá donde va.

Ya sabemos a quién he salido.

En fin…

Seguimos caminando. Me distraigo con el paisaje para no darle más vueltas al asunto.

El mar está sereno. Las imperceptibles olas mueren en calma bajo la eterna mirada de los islotes do Martinhal, mientras un tórrido sol desparrama sus rayos con fuerza sobre la arena por la que caminamos.

Nos dirigimos hacia un arcaico puerto en el que todavía no hay turistas ni embarcaciones deportivas.

En su lugar, puedo distinguir diversas galeras, algunas carracas y un par de carabelas majestuosas, que parecen dispuestas para partir hacia las costas africanas.

No tengo ni idea de qué es lo que mi padre puede buscar aquí y ahora.

Se aparta de las preferencias profesionales que lo atraían, por decirlo de alguna manera.

Él siempre ha tenido unos gustos muy concretos…

Que si el rey Salomón y todo lo que lo rodea, que si Tierra Santa, la Orden del Temple y aquello que tenga que ver con tesoros perdidos, y otros misterios por el estilo.

Por eso no dudé de que podría estar en el siglo I.

Pero que estemos aquí y ahora me rompe los esquemas.

—Todo lo que sé de este lugar es algo que me contó una vez don Emilio, el librero —digo en voz alta, por si él quiere aportar más información—.

Me explicó que por aquí vivió el infante portugués don Enrique, el Navegante.

También me dijo que en esta ciudad fundó su famoso centro de estudio de navegación.

Mi padre asiente, sin confirmar ni desmentir, mientras seguimos caminando hacia el puerto .

—Me pidió que si algún día localizaba algún documento que probara su existencia, se lo llevara sin dudarlo. Al parecer, el librero jamás había dado con ninguno. Así que, aprovechando el viaje, si encontramos algo se lo llevaré.

—Qué grande es don Emilio —se limita a decir.

—¿Sabes algo de esa escuela? —le pregunto.

—Todo a su tiempo.

Qué rabia me da cuando se pone así de misterioso.

Al cabo de unos minutos, dejamos el camino de tierra y nos adentramos hasta lo que parece ser la plaza más importante del pequeño pueblo. Echo un vistazo alrededor y lo único que veo son cuatro casas de madera bastante estropeadas.

—Según dijo don Emilio, era un centro de enseñanza muy famoso. Debería estar abierto en esta época. Me imaginaba que estaría en un local cercano al mar, con un cartel rústico acorde a su importancia, pero, visto lo visto, empiezo a sospechar que haya existido siquiera.

Por mucho que intento tirarle de la lengua, no suelta prenda.

Ni pío.

—¿Hacia dónde debemos ir? —pregunto de mala gana.

Ya empiezo a estar cansado de caminar sin rumbo fijo y sin saber muy bien cuánto tiempo he de esperar hasta que el enigmático de mi padre decida contarme qué hacemos aquí.

—En ese local de allí estaba el taller de un hombre llamado Yago Ribes —indica mi padre. Señala hacia una vieja y desvencijada casa de madera que parece haber sufrido un bombardeo reciente. Su voz está más apagada de lo normal—. A él es a quien hemos venido a ver.

—Pues parece ser que a este local le ha caído un rayo, por lo menos. Espero que tu amigo no estuviera dentro.

—No sé qué ha podido ocurrir —murmura mi padre, algo angustiado—. Espero que esté bien. Seguro que ha cambiado el negocio de lugar. Debemos encontrarlo .

Yo lo contemplo, esperando algo más de información, que, por supuesto, no me da. A lo lejos, diviso a un grupo de chavales brincando como pájaros entre las barcas que hay sobre la arena. De un único vistazo se puede deducir que viven en la calle y no comen como es debido.

Pájaros de Portugal, sin dirección ni alpiste ni papeles.

Como ya he comprobado decenas de veces a lo largo de mis saltos, por mucho que me pese, los niños con hambre son la mejor fuente de información.

Y la más barata.

Me acerco a ellos. Mi padre me sigue.

Detienen sus brincos, así como sus risas, y nos observan vigilantes, en guardia. Son críos de la calle y deben de estar acostumbrados a encontrarse con todo tipo de gente. Casi seguro que se topan con más malos que buenos.

— Deus vos salve —les digo desde la distancia.

No hablo el portugués con soltura, pero me defiendo lo justo para hacer cuatro preguntas.

Levanto los brazos en señal de saludo, también para que vean que no llevo armas. Mi padre saluda también.

Permanecen inmóviles, como si estuvieran posando para una foto.

—Podereis vós aconselhar-me um bom lugar para comer?

No es que tenga hambre, pero preguntar dónde comer es lo más normal en el mundo de los viajeros que están de paso.

Los niños se relajan un poco y se miran entre ellos.

Uno de ellos señala hacia una barraca de madera, construida justo a nuestra izquierda, donde acaba la arena de la playa. No tiene carteles ni señales que indiquen que es una posada.

— Detrás está a pousada de João —me contesta.

Yo asiento.

Meto mi mano en la bolsa de las monedas y los ojos de los cuatro niños se agrandan al instante .

Este gesto es mano de santo.

—¿Sabéis dónde puedo encontrar a un hombre llamado Yago Ribes?

—les pregunto en portugués, con la mano todavía en la bolsa.

Callan—. Antes trabajaba en esa casa de allí —les informo a la vez que señalo hacia la destartalada caseta—.

Somos viejos amigos y estará muy contento de vernos de nuevo —aclaro, al ver que no responden.

Los niños siguen callados, subidos a una barca roñosa que algún día fue blanca y azul.

Muevo la bolsa y las monedas suenan.

El tintineo viaja por el aire en forma de ondas sonoras y penetra en las sucias orejas del que más hambre tiene, activando su memoria al instante.

—A veces come en la posada. Seguro que João podrá indicarle dónde dar con él —me indica el más rubio de todos.

El chaval me mira fijamente y me hace una señal con la mano para que le dé un dinero que no he prometido, pero sí he insinuado.

Saco una moneda y se la lanzo.

Estoy tan absorto en mis pensamientos que no sé ni cuánto dinero le he dado, pero, por la velocidad a la que han salido pitando los cuatro, les debo de haber lanzado, como poco, una moneda de oro.

A mi padre se le escapa la risa.

—No me importa el dinero. Seguro que a ellos les proporcionará unos cuantos días de buena alimentación.

Sin decir nada, comienza a caminar hacia el lugar que nos han señalado los chavales.

—Conozco la posada de la que hablan, aunque nunca he ido a comer allí —informa mi padre.

Dejamos atrás la arena de la playa y nos internamos entre unas casuchas de madera, demasiado descuidadas para estar en primera línea de mar y seguir en pie .

Mi instinto arácnido se activa y me alerta de que los secretos del viejo Félix serán desvelados en breve.

—Esa madera no durará mucho más —avisa mi padre, que también parece haberse percatado—. Te lo digo yo, que trabajé un tiempo como aprendiz de carpintero en el antiguo Egipto, a la sombra de un maestro que construía barcos y sarcófagos bajo las órdenes de Ramsés II —añade con picardía.