Capítulo 7
Aeródromo de Sagres
Sur de Portugal
A los quince minutos de aterrizar, Peter nos ha dado el visto bueno para dejar el avión.
Hemos cogido un taxi en la misma puerta del modesto aeródromo, que cumple a la perfección con lo que necesitamos.
Yo hubiera ido hasta el pueblo caminando, pero mi padre ha insistido en que es mejor ir en coche.
Según él, no hay nada que ver en los cuatro kilómetros de caminata que nos separan del lugar al que hemos de ir.
Yo creo que es porque está agotado, aunque el orgullo le impida reconocerlo.
El taxi nos deja en un cruce de carreteras junto a la Praia da Baleeira.
La verdad es que el lugar está más solitario que el desierto del que venimos.
No hay nadie a la vista, y eso que estamos a tiro de piedra del pueblo.
Tan solo veo, a unos cien metros de distancia, un pequeño edificio de piedra gris.
—Es una hacienda donde a veces me he quedado a dormir. También existe en el pasado al que vamos, es curioso. Otro edificio distinto, pero el mismo oficio —informa mi padre.
Yo asiento.
Hoy lleva él las riendas de esta misión tan secreta.
Lo miro y me percato de que no vamos vestidos de la mejor manera, pero es lo que hay.
Llevamos casi la misma ropa que en el siglo I.
No es que sea la más idónea para estar paseando por el siglo XV, pero, por suerte, lo hemos podido complementar con prendas que siempre me dejo olvidadas en el avión de otros viajes.
Ropa que Zoe, muy amablemente y sin preguntar nada, va guardando.
Tampoco sabría qué decirle. Solo podría mentirle, claro está.
Pero no lo necesito, mis colaboradores saben que no deben indagar en mis tejemanejes.
Y eso de no tener que dar explicaciones se agradece.
Y se paga.
Con un par de capas, un sombrero y poco más, añadido a lo que ya llevábamos, podremos pasar inadvertidos en este lugar. No se aprecia demasiado movimiento de gente, así que no creo que esté mucho más concurrido siglos atrás. De todas formas, si nos falta ropa ya pillaremos algo en cuanto lleguemos.
Mi padre desciende por un pequeño terraplén hasta llegar a una playa repleta de piedras. El sol se acaba de poner por el lado contrario, lo que quiere decir que esta playa está orientada al este. Esto nos brinda una penumbra perfecta para lo que queremos hacer.
—¿Y bien? —le pregunto.
—Cuando quieras. Ya sabes, intenta caer lo más cerca posible del anochecer del veinticuatro de junio de 1472 —me indica como si fuera lo más normal del mundo.
Lo miro.
No añade nada.
Supongo que si quiero saber algo más deberé esperarme hasta llegar al lugar.
Pienso en lo que tiene pendiente de hacer y soy consciente de que lo que tuvo que cambiar ya ha cambiado, porque estamos en el presente y, por lo tanto, ya ha pasado, sea lo que sea.
Él también lo sabe.
Por eso me ha pedido que no compruebe nada en Internet durante el viaje, que no busque cambios en la historia.
No quiere saber nada, solo quiere volver y dejar las cosas como siempre debieron estar para que se cumpla el presente que nosotros conocemos.
No me quiero imaginar lo que habrá hecho. En fin…
Nos sentamos uno frente al otro, como en el anterior salto. Nuestras piernas se tocan, además de las manos, que mantenemos entrelazadas con fuerza para que no se separen durante el viaje.
Nos concentramos en el momento exacto que ha fijado.
Ni más ni menos.
Intentaré que sea un salto perfecto. Si estuviera yo solo lo sería, pero, al llevar un paquete extra, no sé si lo lograré. Espero que no sea tan extenuante como el anterior, porque no tengo ganas de cargar con mi padre por el pasado de una ciudad que desconozco.
Respiro profundamente.
Mi padre me imita.
Guarda silencio.
Creo que vuelve a estar nervioso.
Yo también lo estaría, la verdad. Ir de acompañante sin tener el control del viaje debe de ser duro cuando siempre has sido tú el dueño de tu destino.
Respiro con calma de nuevo e intento dejar la mente en blanco. Con los ojos cerrados puedo ver el brillo que se acerca. Pienso en la fecha y en todo lo que eso conlleva.
Percibo más luz.
Y calor. Mucho calor, sobre todo en mis manos.
Mi cuerpo deja de pesar.
La quietud se adueña de todo justo cuando empiezo a saltar en el tiempo. Es como elevarme en el aire y perderme en una oscuridad inmensa, mientras en mi mente repito, una y otra vez, la fecha concreta de destino.