Capítulo 6
En algún punto sobre Andalucía
Me despierto en la penumbra, escuchando de fondo el monótono ruido de los motores del avión.
Tardo un par de minutos en recordar dónde estoy.
Me incorporo sobre el cómodo asiento en el que me quedé dormido, hace no sé cuánto tiempo, y observo a mi alrededor.
A unos pocos metros lo veo. Está dormido como un bebé, roncando a pierna suelta.
Es mi padre.
Compruebo mi móvil y veo que son las seis de la tarde.
Me he pasado las últimas cuatro horas frito.
Mi padre se durmió al poco de salir. Se comió lo que le trajeron y, antes de darme cuenta, reclinó el respaldo del asiento y se quedó roque.
Y ahí sigue el tío. Ajeno a todo. Pobre, está destrozado.
Es innegable que ese salto le ha quitado mucha energía.
Tengo varios mensajes de mi tía y de Lucía. Voy a aprovechar para contestarlos ahora y así no se preocuparán. Porque, en cuanto lleguemos a Sagres, saltaremos al pasado de nuevo y no sé cuánto tiempo vamos a pasar allí.
No tengo ni idea de qué es eso tan importante que mi padre debe zanjar para que no cambie la historia. Miedo me da.
Pánico, más bien.
—Quim, aterrizaremos en media hora —avisa Peter, el piloto, asomando la cabeza por el pasillo .
—Gracias —le contesto.
Me levanto con menos vigor del que me gustaría y siento que tengo agujetas en los gemelos y en los brazos.
—Papá —susurro para no asustarlo—. Despierta. Ya casi hemos llegado.
No hace un solo movimiento.
Está profundamente dormido.
—¡Papá! —exclamo, algo más fuerte, a la vez que lo zarandeo como si hubiera turbulencias.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —balbucea con los ojos medio abiertos. Intenta incorporarse, pero no puede.
—Estamos llegando —le informo de nuevo.
Él asiente. No estoy seguro de que me haya entendido.
Coloco su respaldo en posición vertical para evitar que se duerma de nuevo y pulso el botón para llamar a la asistenta de vuelo. Dos segundos después, aparece por el pasillo.
—¿Desea alguna cosa, señor Mora? —pregunta Zoe, que, además de ser quien se encarga de todo durante los vuelos, es la mujer de Peter, mi piloto de confianza.
Por más que se lo he pedido, no deja de llamarme señor Mora. Ya lo he dejado por imposible.
—Sí, Zoe, por favor. Yo quiero un café doble y algo dulce. ¿Y tú? —le pregunto a mi padre.
—Otro café doble, por favor —indica él.
—¿Alguna cosa para comer?
—Algo con chocolate, si puede ser —dice mi padre.
—Ahora mismo vuelvo —indica Zoe antes de irse.
—Aterrizaremos en un pequeño aeródromo que está a poco más de cuatro kilómetros del pueblo —informo a mi padre.
—Lo conozco bien —responde—. He viajado a este lugar más veces de las que te podrías imaginar. Es como mi segunda casa .
—¿Me vas a contar ya para qué hemos venido? —le pregunto para ver si ya es hora de soltar prenda.
Me mira, pensativo.
—En cuanto lleguemos, hijo, en cuanto lleguemos.