El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

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Al-Eizariya

Observo el desierto paisaje que me rodea y compruebo que no haya nadie cerca.

Tras mucho indagar, decidí que este era el lugar más seguro desde el que saltar al pasado y volver de él.

Por suerte, como siempre hago, dejé una mochila escondida muy cerca de aquí.

En su interior hay un par de bebidas y barritas energéticas, medicinas básicas, por si acaso vuelvo jodido, como ya me ha pasado alguna que otra vez, algo de efectivo, una tarjeta de crédito y un teléfono para avisar de que he llegado y que pasen a buscarme.

Mi padre observa, todavía aturdido por el viaje, cómo rebusco entre unos matorrales. En cuando me ve sacar la mochila, se le abren los ojos como platos.

—Lo has logrado, Quim —dice con una media sonrisa.

—Lo hemos logrado —matizo.

—Por favor, dime que ahí dentro tienes agua fresca —suplica.

—Fresca no creo que esté, pero la sed te la quitará igual.

Abro la cremallera de la bolsa, saco una de las bebidas ricas en sales minerales y se la lanzo. La botella pasa junto a él sin que la pille. Solo la sigue con la mirada.

—Tienes menos reflejos que un pino .

—Creo que este salto me ha dejado un poco lerdo —dice con algo de esfuerzo.

Me acerco hasta él y le doy la otra botella. Decido quitar yo mismo el tapón y ponérsela en la boca para que no la derrame.

El tapón le molesta en los labios. Intenta arrancarlo, pero no puede.

—Ahora las botellas son así —le informo—. El tapón se queda acoplado para facilitar el reciclaje.

—Pues es incómodo de pelotas —protesta.

Yo me encojo de hombros.

En cuanto se la ha bebido, parece mejorar de repente.

Le paso una barrita para que reponga fuerzas. Después, recojo la botella que le había tirado, que todavía descansa sobre el reseco suelo, para dar buena cuenta de ella.

Yo también la necesito, lo reconozco.

—Hemos llegado bien —le oigo decir en voz baja. —No las tenía todas conmigo, si te soy sincero. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza la posibilidad de poder viajar junto a otra persona.

—Pues ha funcionado.

A no ser que nos muramos de un ictus en los próximos minutos, claro está, porque viendo lo mal que estamos, no me extrañaría en absoluto.

Saco el teléfono y marco un número de memoria.

Tras un par de tonos de llamada, una voz contesta.

—Dime.

—Ya puedes pasar a buscarme.

—Enseguida estoy allí —dice antes de colgar.

—Veo que tú también tienes tus contactos —sonríe, algo más repuesto del salto, pero todavía con muestras visibles de debilidad—. La verdad es que sin ellos no seríamos nada.

—Ya lo puedes decir, ya …

Me acerco a mi padre, que aún está sentado en el suelo, y noto que los pies pesan más de lo normal. El cansancio de viajar los dos juntos me pasará factura en breve si no me alimento como es debido.

Lo miro y veo que él está igual.

—Menos mal que hemos saltado al presente —le digo para que vea que yo tenía razón—. Imagínate que, en este estado, todavía nos quedaran varios meses de viaje a lomos de un caballo o un burro a través de la durísima Edad Media.

— Nanai de la China —niega con la cabeza—. No salimos con vida de este valle ni de coña, vamos, ya te lo aseguro yo. Si apenas puedo levantarme —atina a decir.

—Venga, vamos, mi amigo nos recogerá en la carretera principal, junto a una escuela que hay justo aquí detrás —le informo, señalando a un edificio situado a unos cien metros de distancia, justo donde acaba el terreno reseco y pedregoso.

Le ayudo a que se ponga en pie y comenzamos a caminar a paso lento hacia la carretera.

—Ni una hora de viaje —balbucea de nuevo—. Tal y como estoy, no aguantaría vivo ni una hora de viaje.