Capítulo 4
Alrededores de Betania
Tras despedirnos de Lázaro y de sus hermanas y agradecerles su cálida hospitalidad, mi padre y yo nos hemos marchado de la ciudad.
Llevamos un rato caminando a paso ligero por el pedregoso y solitario sendero que va hacia Jerusalén.
Solo nos acompaña el reflejo de una luna llena que nos observa curiosa, rodeada de nubes que arrojan un halo de misterio sobre el terreno.
—Creo que lo más sencillo será saltar a mi presente y luego volver al momento que quieres visitar —opino mientras seguimos caminando. El frescor de la noche ha ido en aumento y ahora ya tengo algo de frío.
Mi padre guarda silencio.
Creo que está sopesando mi propuesta.
—Primero, porque es un salto fácil —prosigo al ver que no dice nada—. Ya sabes que saltar al presente es como saltar a un pozo con fondo, no hay que calcular nada, solo dejarte llevar hasta llegar al final.
Veo que él asiente mientras caminamos.
—Segundo, porque necesitaremos medios para salir del país, viajar hasta Sagres y volver al pasado desde allí mismo.
Y para llevar a cabo todo eso, es mejor ir al presente donde cuento con los medios necesarios, ya sabes, profesionales que saben cómo viajar entre países sin que quede rastro alguno —le expongo.
Aunque ya sabrá de lo que le hablo, seguro que él también tiene sus métodos y sus contactos—.
Nadie sabrá jamás de nuestra visita a Israel ni a Portugal.
—No tengo claro que ir al presente primero sea buena idea, porque lo que haya sucedido en Sagres, ya habrá pasado.
Sopeso lo que dice.
Tiene razón.
—La otra opción es saltar al año al que necesitas ir…
—1472 —repite al instante.
—Pues eso, saltar a ese año, contando con los meses suficientes para viajar desde aquí mismo hasta el sur de Portugal, algo que será peligroso, tremendamente duro y complicado.
No dice nada mientras piensa.
Sonríe con esa mueca irónica que tanto he echado de menos. Seguro que a él tampoco le apetece una excursión medieval de meses de trayecto en los que igual perdemos la vida.
—Mejor vamos al presente —decide sin dejar de caminar—. Ya no estoy pa muchos trotes que digamos.
Un par de kilómetros más adelante nos salimos del sendero de tierra para adentrarnos en una zona desértica, salpicada de algunos olivos y maleza. La conozco bien, ya que desde aquí mismo salté desde mi presente, donde sigue siendo un terreno muy parecido.
Las nubes se disipan y la luna nos ilumina la zona, algo que nos irá genial para no caer en uno de los muchos agujeros que están repartidos por el árido suelo.
—Saltaremos desde aquí —le indico a mi padre.
Miro alrededor y compruebo, una vez más, que estamos en el lugar propicio. Un crujido de ramas secas a pocos metros de nosotros hace que me tense de los nervios.
Los dos nos agachamos .
Esperamos un momento para asegurarnos de que no haya nadie cerca. Por mi mente aparece la figura de Jasón, el amigo de Lázaro, que parecía vigilarnos todo el rato.
¿Nos habrá seguido?
Dejo pasar un minuto, o algo más, para comprobar que estamos completamente solos. No me fío ni un pelo. Desde que en mi último salto casi me mata un tipo, que me persiguió sin percatarme de ello, me he vuelto un paranoico de la leche.
Me siento en el suelo en una zona lisa y libre de plantas.
Le tiendo la mano para que me acompañe.
Normalmente salto de pie, pero en esta ocasión tan especial prefiero hacerlo sentado, por si nos mareamos.
—¡Vamos! Cuanto antes lo hagamos, mejor —le apremio, antes de que se arrepienta. No quiere aparentarlo, pero sé que está nervioso.
Se sienta frente a mí, con las piernas cruzadas, como si estuviéramos en una clase de yoga, aunque ninguno de los dos está relajado.
Me coge las manos y las aprieta.
Veo cariño en sus ojos, además de un ligero temor.
—Estoy preparado —dice de repente—. Cuando quieras.
Sobran las palabras.
Respiro profundamente.
Noto que mi padre me observa y eso no me ayuda.
—Cierra los ojos y concéntrate tú también, como si fueras a saltar a voluntad.
Él asiente sin protestar.
Escucho cómo su respiración se ralentiza y se hace más profunda. Es la misma técnica por la que empiezo yo.
Respiramos a la par, en sincronía.
A cada segundo que pasa dejo de sentir el aire frío de la noche en mi cara. Mis pulsaciones bajan de velocidad y comienzo a escucharlas en el interior de mis oídos.
Poco a poco desaparecen los sonidos que nos rodean .
Busco en el interior de mi mente y le ordeno a mi cuerpo que se deje llevar a otro tiempo.
Tras unos instantes de quietud absoluta, una luz brillante aparece frente a mí. La veo con claridad, aunque mis ojos siguen cerrados. No sé si mi padre también podrá verla.
Me concentro en el tiempo al que quiero ir y me dejo llevar. Al presente, ni más ni menos que al último segundo posible del trayecto. Noto que mi cuerpo deja de pesar porque ya no siento los guijarros clavándose en mis posaderas.
La luz brilla de forma más intensa, acompañada de un calor excesivo que me invade, algo que no había sentido antes en ningún salto. No siento las manos de mi padre, pero sí un calor extremo en el lugar donde deberían estar.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando, por fin, vuelvo a percibir el cuerpo recobrando su peso. La luz intensa desaparece poco a poco, así como el silencio que nos ha acompañado durante el salto. La temperatura también es distinta.
Hace mucho más calor.
Abro los ojos, temeroso de lo que me pueda encontrar. Me duelen de tanta luz. Tardo más de lo normal, pero, en cuanto se acostumbran al reluciente sol que nos rodea, lo veo.
Percibo sus manos sudorosas entrelazadas con las mías.
Mi padre sigue aquí, junto a mí.
Puedo ver que está aturdido, su cabeza se inclina hacia un lado, casi sin sentido.
Creo que estamos en el presente, aunque siempre me queda la duda de si la he cagado y he aparecido en otro tiempo.
Me levanto con más esfuerzo de lo normal.
La cabeza me da vueltas, tengo la boca reseca y siento un cansancio extremo, como si acabara de correr dos maratones seguidas. Intuyo que lo mismo le debe de pasar a mi padre, quizá multiplicado por tres.
—¿No tendrás un poco de agua? —balbucea, todavía sentado en el suelo y con la vista perdida en el horizonte.