Capítulo 3
Casa de Lázaro
Betania
El ambiente en el jardín interior es más que agradable.
Los minutos pasan deprisa mientras mi padre y yo nos ponemos al día.
Sin advertirlo, una mujer aparece entre las sombras del patio.
Es morena, de rasgos marcados. Porta una bandeja plateada con algunos pedazos de pan, dátiles y un cuenco con aceitunas.
Se acerca a nosotros y nos ofrece la comida.
Mi padre esboza una sonrisa.
—Muchas gracias, Marta.
Agarra un trozo de pan y me lo da, además de una copa que parece contener vino. Sin decir palabra, la mujer le devuelve la sonrisa y se marcha hacia el interior de la casa.
—¿Es la hermana de Lázaro? —le pregunto en cuanto se aleja de nosotros.
Él asiente mientras mastica el pan.
Creo que mi padre también tiene hambre.
—¿Qué me puedes contar de los ladrones de mentes?
Debo aprovechar que lo tengo delante para saber lo máximo posible sobre nuestra peculiar estirpe familiar y todo lo que tenga que ver con ella.
—Sé que descendemos del mismo linaje —me explica con interés, como si estuviera dando una de sus charlas—.
Según se cuenta, todo empezó tras el nacimiento de dos hermanos gemelos.
El mayor heredó de su padre el don del viajar en el tiempo, como primogénito que era, pero el menor, que nació a los pocos minutos y que no debería haber heredado don alguno, obtuvo la capacidad de viajar en el tiempo de una forma distinta.
—Ocupando la mente de las personas.
—Así es. Nosotros viajamos en cuerpo y alma. Ellos solo pueden poseer la mente de alguien del pasado.
Mi padre detiene su narración antes de darle otro bocado al suculento pan.
—No me canso de este pan. ¡Está de rechupete! —exclama.
Yo me río sin querer. Ya no recordaba esas particulares y graciosas expresiones, típicas de su juventud. Me alegra comprobar que todavía le queda algo de esa chispa que tanto he echado de menos.
—Esos dos gemelos, antepasados nuestros, tuvieron sus más y sus menos y con el paso de los años acabaron luchando entre ellos por liderar el clan familiar —sigue contando, sin dejar de observarme. Es una información importante que desconocía—. Por suerte, ganó el Señor del Tiempo.
—Es más fácil cambiar el pasado si viajas en persona, está claro —le digo.
Él asiente.
—Así fue al principio, pero tras esos gemelos nuestra historia cambió. No hubo otro Señor del Tiempo hasta cinco generaciones después. Sin embargo, los ladrones de mentes nacían en cada generación, sin saltarse ni una.
Yo escucho sin dar crédito.
—Por eso ellos son más numerosos.
Mi padre asiente. Otro bocado de pan. Otro trago de vino.
—Se han hecho fuertes, ricos y poderosos con el paso de los siglos, lo que les hace sumamente peligrosos —indica mi padre, serio y mirándome fijamente—. Tienen espías repartidos por toda la historia. Aquí también, por supuesto .
Otro sorbo de vino. Tiene la nariz rojilla.
—Esos cabronazos tienen muy mala leche —murmura, como si hubiera alguno de ellos cerca—. Están pendientes de cualquier extranjero que aparece de la noche a la mañana, ansiosos por cazar a los Señores del Tiempo para exterminarlos.
—Casi me matan en el último viaje —le digo.
Sus ojos se abren más de lo normal.
—Como lo oyes. Y no ha sido la primera vez.
—Ándate con mucho ojo, Quim. Son muy buenos en su trabajo, sus tentáculos llegan hasta nuestro presente. Están más cerca de lo que te puedas imaginar.
—Como que tienen su sede en la avenida Diagonal.
—Tienes razón y por eso mismo debes ir con extremo cuidado. Si averiguan quién eres, te perseguirán día y noche hasta acabar contigo —me advierte. Está serio, preocupado—. Y, créeme, no hay escapatoria posible. Podrían poseer a tu pareja para que te cortara el cuello mientras duermes, si quisieran.
Yo asiento.
Ya lo sabía.
—Te recomiendo que, siempre que saltes, lo hagas disfrazado para que no te reconozcan. Como lo has hecho en esta ocasión —señala mi barba—. Incluso a mí me ha costado reconocerte.
Le da otro mordisco al pan.
Lo mastica y se lo traga ayudado con un largo sorbo de vino que pone fin a su copa. Va a pillar un pedo que no veas, a este paso.
—¿Cómo averiguaste que tienen su sede en Barcelona? A mí me costó años de estudio y seguimiento.
—En realidad, lo averiguaron el librero y el relojero. Ellos no saben nada de lo mío, pero me echaron una mano con las indagaciones.
Mi padre sonríe al escuchar estos nombres .
—A ese par también los echo mucho de menos —añade con melancolía—. Me encantaría poder volver a verlos. Tengo tantas ganas de abrazar a tu hermana, a la pesada de tu tía…
—Podemos volver juntos —le digo sin pensar.
—¿Cómo vamos a volver juntos, alma de cántaro? Ya te he dicho que he perdido la capacidad de viajar —me recuerda, levantando las manos.
—Lo sé, pero quizá yo pueda ayudarte.
Mi padre me observa sin entender lo que quiero decir.
—Hace poco, y sin querer, salté al pasado junto a Lucía, supongo que te acuerdas de ella…
Mi padre asiente en silencio.
—Resulta que me besó sin yo esperarlo y, de la emoción, o del miedo, no lo tengo claro, saltamos los dos al pasado sin pretenderlo.
—¿En serio? —pregunta con los ojos como platos.
Me da la impresión de que a él nunca le ha sucedido nada parecido.
—La llevé a la época romana. Aterrizamos en un patio, aparecieron unos soldados y casi no lo contamos. —Una gota de sudor resbala por mi frente nada más recordarlo—. Bueno, el tema es que igual puedo llevarte conmigo.
—Podemos intentarlo...
—No perdemos nada por probarlo —corroboro yo.
Mi padre calla durante más tiempo de lo normal.
Su mirada está perdida en las sombras que pueblan las paredes; su mente, lejos de aquí.
—¿Qué te preocupa? —le pregunto.
Noto cómo sopesa sus palabras antes de que salgan de su boca. Clava sus ojos en los míos, serio.
—Tengo muchas ganas de volver a casa, no lo dudes, pero me ha quedado una cosa pendiente de hacer. Tuerce un poco el gesto, como siempre hace cuando está preocupado, y me contempla de nuevo—. Pensaba que nunca iba a poder cerrar este tema, pero ahora que hay una posibilidad…
Yo espero más información. Atento.
—Es que he dejado un tema abierto, muy importante, que debería zanjar para que la historia no cambie.
—¿Qué es? —quiero saber.
—Algo grave. Transcendental.
Eso es que no me lo quiere contar, vamos.
No me quiero imaginar la que ha podido liar.
—Debería pasar por Sagres antes de volver a casa. Es una pequeña ciudad al sur de Portugal.
—¿Qué tienes que hacer allí? ¿Cuándo?
—Unas cosas… Debería estar en la ciudad el día de San Juan del año 1472.
—¿Puedo ir yo y solucionarlo por ti? —le pregunto.
—No. He de ir yo personalmente.
—¿Me lo puedes explicar o vas a seguir dándole vueltas al tema sin decir nada? —le suelto con impaciencia.
Mi padre me mira, pensativo.
Algo se está cocinando en su mente y no sé qué es.
Espero unos segundos para que hable.
Él niega con la cabeza.
—Primero, veamos si eres capaz de llevarme contigo. Después, hablamos —me contesta.