El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 2
4%

Capítulo 2

Casa de Lázaro

Betania

Nos alejamos unos metros del resto de hombres que pueblan el patio de la casa y nos sentamos los dos solos en un pequeño banco de piedra que hay en una esquina, bajo una lámpara de aceite que baila al son de la brisa nocturna.

Mi padre no ha dejado de tocarme en ningún momento. Creo que necesita saber que soy real.

Su mirada pícara y su sonrisa traviesa me observan a tan solo un metro de distancia.

No ha cambiado nada.

Sigue tal y como lo vi la última vez, antes de que partiera de viaje a una de sus excavaciones, hace ya ocho largos años.

—No sabes cómo me alegra comprobar que tú también eres un Señor del Tiempo —susurra con una voz que vuelve a despertar en mí sentimientos olvidados—. Te he echado tanto de menos.

Su tono es calmado y sus palabras desprenden sinceridad.

El encuentro me ha dejado la boca seca. Daría lo que fuera por tener a mano una cerveza bien fría.

Nos observamos durante un instante sin hablar.

—¿Cómo estás, hijo? ¿Cómo va todo por casa? —pregunta sin más, supongo que para romper el hielo.

Yo lo miro sin saber muy bien por dónde empezar.

Hay tanto de qué hablar .

—Estamos todos bien. Nuestras vidas cambiaron cuando desapareciste, como es normal, pero nos repusimos. ¿Llevas todo ese tiempo aquí? —quiero saber.

Él sonríe.

Sus ojos transmiten felicidad.

—Estuve primero en otro lugar. Hace cinco años que llegué a Betania y aquí sigo, como puedes ver —murmura con algo de melancolía, casi con tristeza, juraría—.

Siento haber desaparecido, no era mi intención haceros sufrir.

Tenía pensado volver al instante en el que salté, antes de que nadie se percatara de mi desaparición.

Yo asiento. Ya lo sabía, o lo intuía, más bien.

—Desde que me enteré de que tú también podías viajar en el tiempo, sospeché que esa era tu intención. Y por eso he estado buscándote como un loco.

Me contempla con interés.

—Lo siento, pero no puedes volver al momento en el que saltaste —le suelto sin más.

—Supongo que no quieres perder lo que has vivido todos estos años en los que he estado fuera.

—Correcto. Ni quiero ni puedo.

Sonríe de nuevo a la vez que me toca en el hombro.

—¿Cómo lo supiste? —inquiere.

Esa es una pregunta que he temido desde el momento en que lo averigüé.

He meditado la respuesta cien veces y he llegado a la conclusión de que no puedo revelar la verdad.

Si le digo que lo descubrí gracias a que la cagó llevándose un objeto al pasado, es posible que lo cambie. Y eso no debe suceder.

—Digamos que lo supe por las huellas que has ido dejando. No puedo añadir nada más.

—Para no cambiar la historia —indica muy sabiamente.

Yo asiento sin dar más detalles.

—Estos ocho años han sido muy importantes para mí, tanto que deben seguir existiendo —le cuento—. No debes volver al instante en el que te fuiste. Todo lo que he vivido estos años no puede desaparecer como si nada.

—Por supuesto, Quim. Lo comprendo perfectamente. Tienes todo el derecho del mundo a pedirme tal cosa.

Levanta su mirada y observa lo que nos rodea.

Su mutismo me indica que está meditando.

—Hijo, aunque no me hubieras avisado tampoco hubiera podido volver a nuestro presente.

—¿Qué quieres decir? —pregunto extrañado.

Mi padre sopesa su respuesta un momento.

—Algo insólito me sucedió al poco tiempo de llegar aquí. Una mañana me desperté y comprobé que ya no podía saltar en el tiempo —suspira un par de veces—. Así, de sopetón y sin previo aviso. De un día para otro, fui incapaz de viajar siquiera un par de minutos al pasado.

Yo lo observo durante un momento sin decir nada.

Me está contando la verdad.

—¿Por qué? —pregunto sin más.

Él niega con la cabeza.

No tiene ni idea.

—¿Cuándo sucedió?

Mi instinto me chiva que la respuesta a su problema es más sencilla de lo que parece.

—A los pocos días de llegar aquí —repite él. Piensa con más detenimiento—. Hará unos cinco años, aproximadamente.

Mi mente ata cabos a la misma velocidad que lo harían Holmes o Poirot en una de sus aventuras. Más que nada, porque la respuesta es bastante sencilla si conoces todos los datos, como es mi caso.

—Creo que tú perdiste tu don justo cuando yo obtuve el mío —le digo con seguridad, pero sin prueba alguna.

Mi padre me mira con cariño, a pesar de la pésima noticia que le acabo de dar. Cuánto lo he echado de menos .

—Puede que tengas razón.

Ojea a su alrededor de nuevo, mientras su mente viaja. Por su cabeza deben de estar pasando muchas ideas en este instante.

—¿Cómo te enteraste de nuestro don? —quiere saber.

—Lo descubrí por casualidad —explico—. Tuve un accidente y, tras varios días en coma, desperté en el hospital aturdido y sin saber qué había pasado.

—Siento mucho no haber estado allí, hijo.

—No pasa nada —le disculpo, haciendo gestos con mi mano para quitarle importancia—.

Tras despertar, estuve una semana en cama sin poder levantarme.

Tenía el fémur y dos costillas rotas. Un día —sigo contando, a la vez que recuerdo ese momento como si fuera ayer—, harto ya de estar allí, no sé cómo, desaparecí de la cama y acabé tumbado en el suelo, en plena calle, sobre la hierba.

—Menudo susto tuviste que darte —apunta como si no lo supiera ni lo hubiera sufrido en mis propias carnes.

—Ya lo puedes decir, ya.

—¿A cuándo saltaste?

—Aparecí un par de siglos antes de que construyeran el hospital. Eso lo supe después, cuando indagué.

—Supongo que estabas en la planta baja, menos mal, porque si hubieras estado en la quinta… Menuda caída… Hubieras muerto seguro —murmura para que los hombres que están cerca no lo escuchen.

Hay preocupación en sus ojos.

—Así es. No sé tú, pero yo solo puedo viajar en el tiempo, no en el espacio.

—A mí me sucede igual. Me sucedía… —se corrige al instante—.

Aunque debo explicarte que viajar en el tiempo tal y como lo hacemos nosotros también es una forma de viajar en el espacio, porque de una época a otra la tierra se mueve y el lugar al que vas a aterrizar no está siempre en el mismo punto .

Lo miro pensativo un instante y asiento.

No le falta razón.

—Bueno, lo que sea, pues que así me enteré de que podía saltar en el tiempo. Después de esa experiencia —prosigo con mi relato—, todo fue ensayo y error. Y he de admitir que fueron muchos más errores que aciertos.

Él sonríe con ganas por primera vez.

Su sonrisa me trae gratos recuerdos.

—Pues no le veo la gracia, porque las he pasado canutas.

—Lo siento, Quim, pero es que la tiene. Muy en el fondo, lo sé, pero la tiene.

—Ya me podías haber avisado de este don —le recrimino sin intención—. Me hubieras ahorrado tiempo, muchísimas preguntas y más disgustos de los que hubiera deseado.

Él me coge de la mano.

Me regala una de sus sonrisas.

—Quim, esta capacidad no pasa de padres a hijos de forma natural, lo lógico es que salte varias generaciones.

¿Cómo iba a saberlo? Debo confesarte que todavía estoy impresionado de que tú la tengas —me indica con seriedad, gesticulando, como siempre hacía.

Espera un poco antes de hablar, se nota que mide sus palabras—.

Quizá tengas razón y, por este motivo, en cuanto tú obtuviste tu don, yo perdí el mío.

—Lo del salto generacional también me lo contaron a mí. Por eso me costó creer que tú podías ser también un Señor del Tiempo. ¿Ya sabías que podías viajar antes de experimentar tu primer salto?

—No. Fue una sorpresa. En cuanto volví de mi primer viaje, tu abuelo se dio cuenta de que algo me había sucedido. Me sentó en el bar de tu tía y me relató la crónica de nuestra familia. Al menos, hasta donde él conocía.

Yo lo miro con los ojos muy abiertos.

—Qué suerte la tuya —vuelvo a echarle en cara sin pretenderlo .

—Él no podía viajar en el tiempo, ni su padre ni su abuelo, pero todos estaban al tanto de nuestro don. Es un conocimiento que ha pasado de padres a los hijos primogénitos, aunque estos no fueran Señores del Tiempo.

Sigo mirándolo boquiabierto.

—Te aseguro, Quim, que yo también te lo hubiera advertido si hubiera estado a tu lado tras tu primer salto —aclara mi padre con solemnidad—. Pero, como ya te he dicho, y por más que me pesara, no tenía ninguna esperanza de que tuvieras el don.

Pone su mano sobre la mía.

—Si no recuerdo mal, porque lo leí hace ya bastante tiempo, nuestra habilidad lleva más de dos milenios apareciendo cada cinco o seis generaciones.

—Algo así me contó Ismael, un viejo amigo que conocí en el siglo XIV en Barcelona —le explico sin dar demasiados detalles de aquel viaje—.

Recuerdo que en aquel instante pensé que tú no tendrías esta habilidad y que por eso nadie me había contado nada sobre ella, quizás porque la información se había perdido con el último Mora que pudo saltar.

Mi padre asiente mientras bebe un poco de vino.

—También me explicó que nuestra estirpe ya era ancestral en la época de los antiguos sacerdotes egipcios —le cuento por si él sabe algo más. Cualquier nueva información me vendría genial.

Su gesto es de extrañeza, de impresión, diría yo.

—Ese es un dato que no todo el mundo conoce. Si tu amigo lo sabía es porque él también formaba parte de nuestra historia de una forma u otra, por supuesto.

Quiere saber, pero no creo que deba contarle nada.

Es listo como el hambre y, seguramente, intuye que me estoy guardando información que no quiero soltar. Supongo que él ya ha pasado por esta misma situación, con otras personas, en demasiadas ocasiones .

—La leyenda de nuestra familia se pierde en el principio de los tiempos —explica mi padre al comprobar que no voy a aportar nada más.

—A mí me dijo que proveníamos de la tribu de los levitas, que a su vez descendían de antiguos sacerdotes egipcios y a cuyos primogénitos se les conocía como Señores del Tiempo.

—Nuestra genealogía es muchísimo más antigua. He intentado volver para estar junto al primer Señor del Tiempo, pero qué va, no lo he logrado. Siempre he encontrado indicios de viajeros mucho tiempo atrás.

—¿Entonces no sabes quién fue el primero? —pregunto intrigado. No había pensado en ello antes, siempre me pareció buena la versión de Ismael, pero ahora me ha dejado con la miel en los labios, francamente.

—Encontré bastante información de nuestra familia en un viaje a la ciudad de Uruk. No sé la fecha en la que estaba, pero teniendo en cuenta que la Epopeya de Gilgamesh era bastante reciente, yo diría que sería alrededor del año 2000 antes de Cristo. Siglo más, siglo menos.

—¿Te encontraste con algún Señor del Tiempo?

—No. Y tampoco los llamaban así, pero sí que los describían como hombres que tenían el tiempo en sus manos.

Alucino en silencio.

Mi padre mira alrededor, como para comprobar que todo sigue en su sitio. Y así es: Lázaro sigue sentado, charlando, rodeado de sus amigos; Jasón sigue junto a él, mirándonos de reojo sin perder detalle de lo que hacemos.

Cada vez tengo más hambre.

—Sí que averigüé —añade mi padre, siguiendo con la conversación—, que esa estirpe ya era muy antigua entonces.

Hablaban de nuestros antepasados como un linaje especial con un don que, por aquella época, ya se sabía que pasaba solo de padres a primogénitos.

Salté muy atrás en el tiempo para seguir buscando, pero sin obtener respuestas.

Apostaría a que pude llegar sobre el 6000 antes de Cristo.

Mis ojos se abren de asombro.

Estoy impresionado de verdad.

—¿Cómo has podido ir tan al pasado? —quiero saber. Lo voy a hacer yo también, claro está.

—No de un solo salto, pero sí en varios, yendo cada vez a tiempos más remotos —me aclara.

Aun así, estoy flipando—. Pero llegó un momento en el que me cansé de seguirles la pista.

En algunas tribus los llamaban hechiceros, en otros lugares los tomaron por dioses e incluso por demonios.

Al final me aburrí. La última vez, estando al norte de lo que hoy es Siria, me contaron que venían de todavía más al norte.

—¿De Turquía, quizás?

—Casi seguro. Ya te digo que me cansé de buscar —se encoge de hombros sin darle demasiada importancia—. Si algún día tienes ganas y quieres averiguarlo, puedes seguir por donde lo dejé. A ver si tú eres capaz de investigar hasta dónde llegan nuestras raíces.

Anotado queda, vamos.

—Cambiando de tema —digo tras un trago de vino que no sabe tan mal como pensaba—, en mi último viaje me persiguieron unos tipos que, según me explicó mi amigo, han sido nuestros enemigos desde el principio. ¿Sabes algo de eso?

—Los ladrones de mentes.