Capítulo 1
Betania
El aire de la noche es fresco pero no lo suficiente como para hacerme sentir incómodo.
Por si acaso, llevo una capa ligera, que me protege de una humedad que aumenta a medida que los colores anaranjados del atardecer se desvanecen y el cielo se cubre con un manto oscuro salpicado de estrellas.
Muchas más de las que estoy acostumbrado a ver en mi ciudad y en mi tiempo, a pesar de que la luna llena comienza a elevarse lentamente por encima de las montañas, bañando toda la zona con una luz pálida que da a las tinieblas un tono plateado, casi místico.
Siento que esta vez estoy cerca de la posibilidad de encontrar a mi padre.
En uno de sus diarios, los cuales he estudiado hasta la saciedad, mencionaba específicamente esta noche, este lugar y a Lázaro, lo que me dio una esperanza real de que estuviera aquí.
Lo malo es que no dejó demasiados detalles, solamente una vaga referencia.
Sabiendo cómo es, podría estar por los alrededores tanto para conocer al resucitado como a Jesucristo, a María Magdalena, a cualquiera de sus apóstoles o a todos juntos. No lo dudo. Yo también he viajado para codearme con personajes históricos. Y en más de una ocasión.
Tú también lo harías si pudieras.
En este instante, camino por las polvorientas calles de Betania, una pequeña ciudad cerca de Jerusalén, en otro intento desesperado por encontrar a mi padre.
Su rastro me ha llevado a esta noche, a este lugar y a este tiempo.
A una pequeña urbe ubicada al este del Monte de los Olivos, que en mi tiempo se llama Al-Eizariya, que en árabe significa Lugar de Lázaro.
Y a él es precisamente a quien he venido a buscar: al hombre resucitado.
En mi mano llevo una pequeña lámpara de aceite que he comprado en un mercado a la entrada del pueblo.
Su luz vacilante me guía a través de un sendero irregular y solitario.
Mis pies levantan pequeñas nubes de polvo mientras avanzo con la única compañía del sonido que hacen las sandalias sobre el suelo que, debo decir, me parece extrañamente relajante.
Hay algo casi irreal en la serenidad de este lugar, una quietud que desconozco en mi presente.
A pesar de la cantidad de veces que he saltado al pasado, no puedo evitar pensar en lo fascinante que es estar aquí y ahora, en esta época tan especial, buscando a mi padre, otro viajero del tiempo que, según pude comprobar en sus propios escritos, podría hallarse en la casa de un personaje que ha sido resucitado de entre los muertos por alguien mucho más importante que todos nosotros juntos.
Y no lo digo porque sea un creyente acérrimo, en absoluto, lo digo por el peso histórico que ese hombre tendrá en la futura historia de la humanidad.
Solo espero que este viaje sea el definitivo y encuentre a mi padre de una vez por todas.
Llevo más de una docena de viajes a distintas épocas y lugares, pero no acabo de dar con él.
Siempre voy varios pasos por detrás de este hombre tan escurridizo.
En algunos pueblos parecía que lo conocían, con otros nombres y otro aspecto, pero ya no estaba allí cuando yo llegaba. No por ello voy a dejar de intentarlo.
Sigo caminando y el olor de la tierra húmeda y las hierbas silvestres me llena los pulmones, mezclándose con los aromas de los alimentos que emanan del interior de las casas.
Nada más girar a la derecha, enfilo hacia una calle más ancha y veo varios grupos de hombres que caminan con paso decidido, en silencio.
Los sigo durante unos minutos hasta que distingo a lo lejos una vivienda que destaca por ser más grande que las demás.
Llego al final de la calle.
Sin duda, esa casa es la de Lázaro.
La puerta está entreabierta. Un haz de luz cálida escapa hacia el exterior, atrayéndome.
Sopeso por un momento si entrar o quedarme aquí esperando.
No quiero meter la pata. Tampoco debo intervenir en el pasado más de lo que ya lo he hecho, y sé, por experiencia propia, que cuando me mezclo con la gente del pasado acabo cagándola.
—¿Te has perdido? —pregunta una voz desde la entrada. Habla en arameo.
Es un hombre algo más bajo que yo, delgado, moreno, con la barba poblada y el bigote rasurado. Yo también llevo hoy una barba, pero postiza, acompañada de una peluca para tener el pelo más largo.
Es moda aquí y ahora.
Tras muchos saltos que han puesto en peligro mi verdadera identidad, tomé la decisión de viajar disfrazado y bajo falsas identidades.
El hombre me mira con recelo.
A su espalda aparecen dos tipos más.
Me repite la pregunta, esta vez en griego.
—No…, no estoy perdido —respondo en griego también, con la voz pausada. No es que lo hable con fluidez, pero me defiendo bastante bien, ya que he estado viviendo años por aquellas tierras, ahora lejanas.
Sonrío al hombre y a sus amigos.
No dejan de mirarme.
Yo no pretendo parecer peligroso, así que bajo la mirada.
Disimulo lo mejor que puedo .
Tras la resurrección de Lázaro, tanto él como su familia y amigos están en el punto de mira de demasiada gente poderosa.
—Estoy buscando a mi padre —les digo al ver que no se mueven de la puerta—. Creí que…, tal vez, podría estar en casa de Lázaro esta noche.
El hombre, de unos cincuenta años, me observa.
Sus ojos escrutan cada detalle. Siento que ve más de lo que me interesa mostrar, como si pudiera intuir que no pertenezco a esta época.
Abre la puerta un poco más.
—Puedes pasar, si lo deseas, y comprobar si está —anuncia. Su voz es suave y llena de amabilidad.
Le doy las gracias y lo sigo.
Llegamos a un patio amplio y fresco que huele a menta y albahaca.
Hay varias lámparas de aceite, colocadas en las esquinas, que lanzan sombras parpadeantes sobre las paredes.
Pocos pasos después entramos en la casa.
El aroma a pan recién horneado me embriaga de inmediato, recordándome que no he comido nada en horas.
Lo está cocinando la mujer que está arrodillada frente a la chimenea, que también hace las veces de cocina.
Me comería diez de esos, por lo menos.
La estancia es acogedora. El chisporroteo del fuego invita a sentarse y disfrutar del ambiente.
Unas cuantas voces de hombres se escuchan en la lejanía. Reconozco algunas personas hablando en arameo, otras en hebreo y unas pocas en griego. El hombre que me guía me lleva hasta ellas. Salimos del interior y entramos en lo que creo que es el patio principal de la vivienda. Y allí lo veo.
Es Lázaro, el resucitado, según cuenta el evangelio de Juan.
Pues está muy bien para haberla palmado, la verdad .
Está sentado en un poyete que rodea a una enorme higuera en el centro del patio, conversando tranquilamente con un hombre y una mujer.
Ella podría ser Marta o María, una de sus hermanas, aunque no puedo asegurarlo.
A primera vista, he de decir que no parece que este hombre haya muerto y vuelto a la vida de nuevo.
El individuo que me ha invitado a entrar se acerca hasta él y le dice unas palabras. Lázaro levanta sus ojos y, en cuanto nuestras miradas se cruzan, siento un escalofrío que me sube por la espalda. No es miedo ni mi sentido arácnido que normalmente me avisa de los peligros que me acechan.
Es otro sentimiento.
Hay algo especial en él, una expresión extraña; me transmite una sensación que no puedo describir con palabras.
—Bienvenido —me dice Lázaro, con voz serena.
Habla en griego. Supongo que se lo han chivado.
Su mirada parece penetrar en mi mente, como si supiera quién soy y para qué he venido.
No sé por qué estoy nervioso. Pero lo estoy.
Lázaro es mayor de lo que me imaginaba, aunque admito que no he leído mucho sobre él. Debe de rondar los cuarenta. O los treinta y pico mal llevados. Lleva una túnica a rayas con las mangas demasiado anchas, para mi gusto, pero que es típica de la época. Muchos la llevan igual.
Me siento a su lado, sobre el murete de piedra que rodea a la higuera, intentando encontrar las palabras adecuadas. Pero antes de que pueda articular una pregunta, Lázaro habla de nuevo. Su tono es tranquilo pero firme.
—Buscas respuestas, lo veo en tus ojos —apunta.
Toma un trozo de pan de una bandeja que tiene a su lado y me lo ofrece. Yo lo acepto de buena gana. Está caliente.
Hombre, supongo que todo el mundo que viene a verte estos días, después de que te hayan resucitado de entre los muertos a los cuatro días de palmarla, busca alguna respuesta. Como poco, saber qué hizo tu amigo para devolverte la vida. Normal. Yo busco a alguien.
—Muchas gracias por tu hospitalidad —le digo al cabo de unos segundos—. Busco a mi padre.
Al instante, una decena de personas se reúnen alrededor de nosotros. Todos me observan, en especial el hombre que estaba junto a él cuando llegué. No me quita el ojo de encima, el tío.
—¿De dónde eres? —quiere saber. Supongo que mi acento extranjero me ha delatado.
—Soy Filipo. Vengo de la región de Macedonia, a orillas del mar Egeo —le miento. Está lo suficientemente lejos como para que no duden.
No puedo decirles que vengo de España, claro está.
En esta época, Hispania pertenece al Imperio romano y no me gustaría que me tomasen por uno de ellos.
—¡Qué casualidad! —exclama Lázaro, señalando al hombre sentado a su lado, que todavía me observa como si me estuviera estudiando—. Él es Jasón, otro invitado que llegó esta misma tarde. También es de la tierra de Grecia.
—De Tesalónica, para ser más exactos —me dice con la mirada fija, casi desafiante. Tiene un acento extraño.
—Ciudad muy bonita, he de admitir —respondo con la voz firme, para intentar no levantar sospechas—. Yo nací en Pella. Se podría decir que somos casi del mismo lugar.
Por suerte, estuve viviendo unos años en Pella, la ciudad natal de Alejandro Magno, para conocer de primera mano al gran conquistador y vivir junto a él los primeros años de su andadura. Recuerdo que en aquel viaje pasé varias veces por Tesalónica, situada a un día de camino hacia el este.
El tal Jasón asiente con la cabeza sin decir nada.
Parece que lo he convencido .
—Así que buscas a tu padre —indaga Lázaro con la voz pausada. Parece que el tiempo no va con él. Incluso diría que se mueve a cámara lenta.
Me recuerda a don Emilio, el librero de mi barrio, que siempre va a menos revoluciones que los demás.
—Así es. Pero veo que no está aquí —afirmo tras mirar alrededor—. Tal vez lo estuvo y ya se fue.
—¿Cuál es su nombre? —pregunta uno de los hombres que nos rodean.
Ya la hemos cagado.
Si es que lo sabía, me tenía que haber mantenido al margen. Ya temía yo que este momento llegara. Por eso no quería hablar con nadie y, mucho menos, con el mismísimo Lázaro.
Yo solo pretendía entrar y mirar.
Que no está, pues me largo y aquí nadie sabe ni que he estado. Pero ya estoy complicando el tema.
Otra vez.
Primero, porque mi padre, en realidad, se llama Félix, nombre que no se usará hasta el siglo II o III en Roma, por lo que habrá usado cualquier otro y no tengo ni idea de cuál ha podido ser.
Segundo, porque si conocen a mi padre, dudo que él también haya dicho que viene de Grecia. Sería demasiada casualidad. Y yo no creo en las casualidades.
En fin, que ya la hemos liado.
Veo que Lázaro espera una respuesta.
El resto de sus amigos también.
El paso de los segundos solo consigue llamar la atención de los demás, que me miran extrañados.
Cuando estoy a punto de abrir la boca para cagarla con total seguridad, una voz surge de entre las sombras tras el grupo de hombres, que se gira al unísono para ver al que ha hablado.
Una voz que reconozco al instante.
—¿Hijo ?
Un escalofrío recorre mi espalda al escuchar esa palabra.
Reconozco enseguida ese tono profundo que tanto he echado de menos.
Antes de que pueda reaccionar, una mano se posa en mi hombro y lo aprieta con fuerza. Nada más levantar la vista, veo a mi padre, de pie, sonriendo.
Una quietud densa se adueña del patio, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. La luna llena nos contempla desde las alturas, parece que también sonríe, atenta a este mágico momento, al igual que el resto de los presentes.
Sin darme cuenta, me levanto y me fundo en un abrazo que me llena de sensaciones olvidadas. Durante un instante, vuelvo a ser un niño entre los brazos de mi padre.
Pasado un tiempo nos separamos para vernos mejor.
Está igual, no ha envejecido lo más mínimo.
Me coge la cara entre sus manos callosas y veo lágrimas en sus ojos. También hay orgullo, alegría y muchas más emociones que se acaban de liberar de golpe.
—Lázaro, amigo —dice mi padre con lágrimas en los ojos, dirigiéndose al anfitrión de la casa—, este es el hijo del que tanto te he hablado.
Yo guardo silencio.
Tengo mil preguntas que no puedo hacer ahora.
—Hace muchos años que no nos vemos —añade mi padre sin dejar de mirarme.
Sinceros surcos de lágrimas descienden por sus mejillas para desembocar en una barba poblada y algo canosa.
Se acerca de nuevo y me abraza con más fuerza.
—Quim, no sabes cuánto te he echado de menos —me dice en español, sin percatarse de ello.
Jasón, que no pierde detalle, abre los ojos, sorprendido al escucharnos, sin que al resto de los presentes parezca importarle ni lo más mínimo el idioma en que nos hablemos.