El vals de las apariencias 31 Lo que se presta #2
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31 Lo que se presta #2

—No se enfaden conmigo. Yo no fui quien decidió enamorarse de la persona incorrecta tres veces seguidas.

La observación le ganó un insulto de Nick y una mirada negra de Brand. Lo cual, en el fondo, pareció divertirlo más.

Thiago fue a buscar a Lilianne.

No a Brand, ni a William, ni a Matteo. A Lilianne, porque intuía —correctamente— que Elettra le habría dicho algo a ella antes que a cualquier otro.

La encontró en el orfanato, supervisando la cena de los pequeños, con un delantal sencillo sobre el vestido y un niño negro de no más de seis años colgado a su falda como si la usara de poste y de madre a la vez.

La escena habría enternecido a cualquiera menos a Thiago.

Él llegó demasiado cargado de tensión para permitirle al corazón una reacción sencilla.

—¿Dónde está? —preguntó.

Lilianne alzó la vista. El niño siguió colgado de su falda.

—Buenas noches a ti también.

—Lilianne.

Ella desenganchó al pequeño con una mano y lo envió hacia una mesa con una caricia distraída en la nuca.

—Dale tiempo —dijo al fin.

—No quiero darle tiempo, quiero saber qué piensa hacer.

Lilianne se apoyó en el respaldo de una silla.

—Precisamente por eso necesita tiempo, para pensar y aclararse.

Thiago la miró con una exasperación nueva, más cruda.

—No puedo quedarme quieto mientras desaparece así.

Lilianne lo sostuvo con sus ojos claros, durísimos.

—Entonces piensa muy bien lo que vas a hacer a partir de ahora, porque de eso depende tu futuro, si te está gustando Camille, haz el favor y no te cases con Elettra.

La frase lo golpeó como si le hubieran leído el pensamiento más vergonzoso en voz alta en mitad de la calle.

Thiago se quedó inmóvil.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué?

—Porque no puedo faltar a mi palabra.

Lilianne dejó escapar un aire breve.

—Qué enfermedad tan masculina.

Thiago apretó la mandíbula.

—No es una enfermedad.

—No. —Su boca se volvió más afilada—. Es una forma muy elegante de destruirse y llamarlo honor.

La frase lo alcanzó entero, porque en el fondo ya sabía que ella estaba tocando el punto exacto, ya no quería seguir sacrificándose así, ya no con una mujer que no lo miraba de vuelta, ya no cuando la bondad había empezado a volverse distancia y la distancia, costumbre.

No dijo nada más, no podía, porque cualquier palabra siguiente habría sido demasiado verdad.

Lilianne lo vio callar y comprendió.

—Eso —murmuró—. Piensa precisamente en eso.

Nick, mientras tanto, fue buscado por los padres de Camille.

Lo encontraron en la biblioteca azul, no leyendo, claro, sino fingiendo que la quietud de una habitación podía resolver algo que estaba ocurriendo en estaciones, trenes y cuerpos ajenos.

Los de Vauclerc entraron con la inquietud mal peinada de los padres que, detrás del enojo social, empiezan a sentir por fin miedo real.

—Ha desaparecido —dijo la madre.

Nick alzó los ojos.

—Lo sé.

El padre avanzó un paso.

—¿Dónde está?

La pregunta llevaba una acusación implícita tan cansada que Nick ni siquiera se molestó en ofenderse.

—No lo sé.

—Pues debería. —El hombre apretó la mandíbula—. Claramente quiere escapar de usted.

La frase, por dicha con tanta limpieza, tuvo en Nick un efecto extraño: no rabia. Reconocimiento.

—Sí —dijo.

Los de Vauclerc se quedaron quietos, no esperaban acuerdo, esperaban excusas. Nick se puso de pie muy despacio.

—Y la comprendo.

La madre de Camille se llevó una mano al pecho, como si aquello fuera peor todavía que la simple arrogancia.

El padre, en cambio, enrojeció de ira.

—¿La comprende?

—Sí. —La voz de Nick bajó—. No sé si es correcto casarme con una mujer que me odia, a la que he dado razón para hacerlo.

La respuesta dejó un segundo de silencio absoluto y entonces vino el golpe de verdad.

—Se casará con ella —espetó de Vauclerc—. Y lo hará sin seguir arrastrando esta situación por el suelo como si la duda le ennobleciera.

Nick alzó las manos a media altura, sin violencia, sin disculpa, en un gesto cansado, casi desesperadamente sincero.

—Lo haré. —La frase salió con una amargura limpia—. Me casaré, si les importa tanto hacerla infeliz.

La madre soltó un sonido ahogado, el padre dio un paso más, pero William apareció justo entonces en el umbral de la biblioteca y la escena no pasó de palabra a algo peor. Aun así, la frase quedó flotando y ninguno de los presentes olvidaría luego la exactitud con que había nombrado el matrimonio.

Fue esa misma noche, en uno de los pasillos laterales del ala oeste, donde Thiago y Nick volvieron a encontrarse.

No se habían buscado o tal vez sí.

La casa estaba ya en una calma tensa, después del sobresalto por las mujeres ausentes y el regreso seguro de ambas unas horas antes, con las mejillas frías por el viento del tren y una lucidez nueva, casi feroz, en el rostro.

Los mayores habían decidido no hacer escándalo.

Demasiado cansancio, demasiada familia, demasiada vigilancia.

Nick llevaba una copa en la mano, no estaba borracho. Thiago venía del patio, aún con el abrigo puesto.

Se detuvieron y esta vez, extrañamente, no hubo insulto inmediato, hubo algo peor: reconocimiento.

Nick fue el primero en hablar.

—Si seguimos así, vamos a terminar casándonos con las mujeres equivocadas y odiando además a los hermanos correctos.

Thiago lo miró largo.

—Ya está ocurriendo.

Nick bajó la vista a la copa.

—No sé qué hacer con ella.

No hacía falta decir nombre, Camille estaba en cada sílaba.

Thiago exhaló despacio.

—Yo sí sé lo que no quiero hacer más.

Ambos guardaron silencio. Luego, con la lentitud peligrosísima de los hombres que por fin empiezan a pensar algo incorrecto pero posible, la conversación se deslizó hacia otra parte.

No dijeron el plan completo, no hacía falta, los dos eran demasiado parecidos como para necesitar demasiadas palabras.

Hablaron de fechas, de firmas, de la manera en que todos miraban siempre más la estructura que el cuerpo exacto del hombre que ocupaba el traje correcto.

De los viajes previos a las ceremonias, de las visitas, del cansancio de los padres, de los criados, de la gente.

Del parecido entre hermanos, que en otras circunstancias habría sido solo una curiosidad familiar y ahora adquiría un brillo peligroso.

—Es una locura —murmuró Thiago.

Nick giró el vaso entre los dedos.

—Sí.

—No saldría bien.

—Seguramente no.

Y, aun así, ninguno se apartó.

Cuando por fin se separaron, llevaban ambos en la cara esa expresión extraña, casi culpable, de los hombres que acaban de rozar una idea capaz de cambiarlo todo y no han sabido todavía si abortarla o alimentarla en secreto.

Brand, mientras tanto, se había quedado quieto junto a la ventana de la sala de invierno.

Pensaba en Elettra.

No quería hacerlo, sabía ya que debía darse por vencido, sabía que el nombre correcto ahora era otro: esposa.

Hijo. Responsabilidad. Elizaveta dormía a veces en el cuarto contiguo con una mano sobre el vientre.

La casa la había absorbido. Alice la protegía.

Y él mismo, cada día, encontraba una manera nueva de vigilarla, de sostenerla, de convencer al cuerpo de que el deber podía volverse suficiente si uno lo practicaba con la disciplina debida.

Tenía que bastar.

Tenía que.

Y, sin embargo, el nombre de Elettra seguía apareciendo en el pensamiento con una terquedad casi ofensiva.

Lo hacía no ya como promesa, sino como herida.

Como la vida que habría querido construir si no se hubiera acostado la noche incorrecta con la mujer incorrecta.

No la amaba menos por saber que debía renunciar, tal vez la amaba peor.

No oyó a Elizaveta entrar.

Solo advirtió su presencia cuando la sintió muy cerca, más cerca de lo habitual.

Ella no dijo nada. Simplemente se acercó, le quitó con suavidad el vaso de la mano y lo dejó sobre la mesa.

Luego, con una lentitud que parecía nacida de puro cansancio, se sentó sobre sus piernas y apoyó la cabeza en su hombro.

Brand se quedó inmóvil, no por rechazo, sino por sorpresa.

Elizaveta tampoco habló enseguida.