31 Lo que se presta #3
Se acomodó mejor, pequeña y pesada a la vez por el embarazo, el rostro oculto contra la tela de la chaqueta de él, los dedos apoyados en el borde de su hombro como si también ellos estuvieran demasiado cansados para sujetarse del todo y entonces Brand sintió la humedad.
Lágrimas.
Silenciosas, no grandes, no teatrales. Caían sin sonido, como si ella ya no tuviera energía siquiera para llorar con orgullo.
—Lo arruiné todo —murmuró por fin—. Nos arruiné a los dos.
La frase se le clavó a Brand en el pecho.
No respondió enseguida.
Porque, sentado con ella encima, con el peso leve de la mujer y del hijo que llevaba, con la noche quieta al otro lado del cristal y Elettra todavía respirándole en otra parte de la memoria, comprendió de golpe que la frase era cierta y, al mismo tiempo, injusta.
Lo arruinaron los dos.
Los dos.
La sostuvo en silencio durante unos momentos más, la respiración de Elizaveta se quebró una vez contra su cuello. Luego él alzó los brazos y la abrazó, no con pasión, no con piedad simple.
Con algo más difícil.
Una aceptación.
—No —dijo al fin—. Lo que hicimos fueron cosas de dos.
Elizaveta no se movió.
Brand siguió, la voz cada vez más baja:
—Y si pasó… es porque algo hubo ahí. —La frase le costó más de lo que imaginó—. Haría falta averiguar qué fue y ver si puede revivirse.
El silencio que siguió fue enorme.
Elizaveta levantó un poco la cabeza.
Lo miró.
Y por un segundo —solo uno— la esperanza le subió a los ojos con una claridad casi infantil. Una esperanza tan desnuda que él sintió el impulso inmediato de apartar la vista para no verla florecer.
Pero entonces ella misma la dejó morir, demasiado rápido, porque ya no era una muchacha.
Porque lo conocía y entendía perfectamente que en Brand la nobleza y la responsabilidad podían llegar a confundirse hasta el punto de hacerse pasar por un sentimiento que aún no existía.
Se estaba creyendo una mentira útil, pensó ella, con tal de soportar el problema sin derrumbarse.
No lo dijo, solo volvió a apoyar la cabeza en su hombro y Brand, aun abrazándola, comprendió que la compasión, el deber y la culpa empezaban a parecerse demasiado al principio de algo que no sabía si deseaba o temía.
En las semanas anteriores había empezado a sentir curiosidad por el pasado de su esposa, una curiosidad no erótica ni compasiva, sino más peligrosa: la de un hombre que empieza a sospechar cuánto no sabe de la persona con la que comparte ya el techo, el apellido y un hijo por venir.
Delaila se había negado a contarle nada.
Alice había dicho solamente que “había algo roto en esa niña” y, cuanto más lo pensaba, más se convencía de que Elizaveta no se había vuelto así en soledad.
La habían hecho así o la habían dejado así.
—Quiero preguntarte algo.
Elizaveta lo miró con una cautela tan inmediata que casi pareció dolor. Brand lo notó y cambió de idea.
—No. —Se corrigió a sí mismo—. Quiero preguntarte muchas cosas, pero no voy a hacerlo hasta que seas tú quien quiera responder.
Elizaveta bajó la vista a sus propias manos.
Ese gesto, tan sobrio, le descubrió de golpe una emoción rara. No alivio ni gratitud entera. La impresión de que un hombre, al fin, había visto una puerta y había decidido no derribarla.
—No sé si sabría por dónde empezar —murmuró.
Brand se acercó lo justo para quedar a su lado, no encima.
—Entonces empieza por donde más duela cuando quieras hacerlo.
Elizaveta alzó los ojos hacia él.
La esperanza asomó solo un segundo. Muy poco. Lo bastante para que ambos la vieran y ninguno se atreviera a nombrarla.
Se acomodó de nuevo y al momento de cerrar los ojos, no los volvió a abrir. Dormida, la fragilidad se volvía más visible y también la belleza, no la belleza escandalosa con la que había entrado a salones y arrastrado a muchos caballeros.
Era otra.
Una fuera de serie, más callada, más precisa, casi cruel de tan limpia.
El rostro afinado, la piel pálida, el cabello oscuro derramado sobre el hombro de Brand, el cuerpo todavía ligero pese al embarazo.
Y, por debajo de esa hermosura, la herida.
Una herida que despierta se le veía en los ojos, en la forma en que se había acostumbrado a atacar primero, en la fatiga reciente, en el gesto automático de protegerse el vientre incluso cuando nadie la amenazaba.
Brand la observó y comprendió, con una claridad tan incómoda que no supo si agradecerla o temerla, que estaba empezando a sentirse atraído no por la mujer que Elizaveta había fingido ser ante el mundo, sino por la que parecía sobrevivir debajo.
Era una atracción más peligrosa.
Porque no nacía del brillo, nacía del misterio, de la fractura, de la tentación absurda de averiguar qué habría quedado de ella si la vida no hubiera empezado a romperla tanto antes de conocerlo.
La casa seguía inquieta debajo de ellos.
Los hermanos aún ardían, las prometidas dudaban, los padres intentaban administrar un porvenir que ya no obedecía del todo al apellido.
Y, sin embargo, en esa habitación, junto a una mujer dormida y vulnerable, Brand tuvo la impresión de que el próximo desastre ya no iba a entrar en su vida desde fuera.
Iba a nacer, mucho más peligrosamente, desde adentro.