31 Lo que se presta
La casa Charpentier llevaba varios días respirando con una inquietud nueva, no era solo el silencio hostil entre Nick y Thiago, que ya se había vuelto parte del mobiliario moral de la casa.
Ni la fragilidad cada vez más visible de Elizaveta, ni la manera en que Brand parecía haberse endurecido por fuera para no deshacerse por dentro, era otra cosa, una sensación de que todos estaban esperando una palabra, una caída o una noticia que terminara de torcer lo que aún fingía sostenerse por simple costumbre.
Brand empezó a notar, con creciente claridad, que pensaba demasiado en el pasado de Elizaveta.
No en la noche con ella, no en el error, no en el embarazo.
En el pasado. En la niña que había sido, en la casa que la había hecho así, en la forma en que Delaila la miraba con una compasión que no podía nacer solo del cansancio o de la política familiar.
Había momentos —cuando Elizaveta se quedaba inmóvil frente a una ventana, cuando soportaba en silencio una náusea, cuando al despertar parecía tardar demasiado en recordar dónde estaba— en que Brand sentía estar conviviendo con una parte apenas visible de ella, una región rota que no se parecía ni a la seductora de antes ni a la enemiga aguda que había sabido ser.
Y ese misterio, pese a sí mismo, empezaba a atraerlo. No como se atrae la piel, sino como se atraen las heridas que uno no sabe leer y, aun así, no puede dejar de mirar.
Fue por eso que buscó a Delaila.
La encontró en el salón pequeño del ala oeste, revisando una correspondencia con una taza de té ya frío al lado y la expresión de las mujeres que han pasado demasiado tiempo arreglando problemas ajenos como para sorprenderse de otro más.
Al oírlo entrar, levantó los ojos y, con esa lucidez suya casi insoportable, supo enseguida que no venía a hablar ni del médico ni de la fecha ni del menú de la próxima cena familiar.
—¿Qué necesitas? —preguntó.
Brand cerró la puerta detrás de sí, no dio vueltas, ya estaba demasiado cansado para las cortesías innecesarias.
—Quiero entenderla.
Delaila no fingió ignorancia.
—Tarde.
La respuesta entró limpia y Brand la aceptó sin pestañear.
—Lo sé.
Delaila dejó la carta sobre la mesa.
Lo miró un momento largo, calibrando cuánto de aquella frase nacía de un deber bien representado y cuánto de una necesidad real, luego cruzó las manos sobre el regazo.
—No soy yo quien debe contarte algo así.
—Tú sabes cosas.
—Sí.
—Entonces dime al menos de dónde viene todo esto.
Delaila negó suavemente con la cabeza.
—No. —La voz se le volvió más baja—. Hay dolores que, si se cuentan desde otra boca, se vuelven traición. Lo mejor que puedes hacer es ir tú mismo a hablar con ella. No como marido vigilante ni como hombre obligado, sino como alguien dispuesto a ganarse su confianza, si es que todavía puede.
Brand sostuvo la mirada y no le gustó la respuesta, precisamente por eso supo que era la correcta.
—No sé si sabré hacerlo.
Delaila apoyó apenas una mano sobre el borde de la mesa.
—Empieza por no llegar siempre a ella cuando ya está rota.
La frase lo siguió mucho después de salir del salón.
En los días siguientes, Elizaveta empezó a unirse a Alice de una manera que nadie habría previsto al principio.
No fue un cambio abrupto, no era una alianza teatral; más bien una aproximación lenta, hecha de pequeños gestos repetidos con la perseverancia de las mujeres que han reconocido algo unas en otras sin decirlo todavía del todo.
Alice comenzó a invitarla a acompañarla en paseos cortos por el jardín de invierno cuando el médico permitía que saliera.
Le mostró los álbumes de fotografías antiguos de la familia, le enseñó las habitaciones del ala menos usada de la casa, la llevó una mañana a escoger telas para unas cortinas nuevas como si aquello fuera una tarea doméstica cualquiera y no una manera muy precisa de decirle que ya no era visita, sino parte del edificio.
Elizaveta, al principio, siguió esos movimientos con cautela.
Luego empezó a esperarlos. Se las veía juntas por los corredores: Alice andando con la espalda recta y el paso sobrio; Elizaveta a su lado, más lenta, con una mano a veces apoyada en el vientre, escuchándola hablar de cosas pequeñas, de la casa, de los arreglos de invierno, de una carta de Millie desde África, de la cocina que William detestaba cuando olía demasiado a cebolla.
Parecían llevarse bien de una forma no exhibida, lo cual en ellas resultaba más íntimo.
Brand lo notó y se lo preguntó a su madre una tarde, cuando la encontró sola en la sala de costura, revisando con una modista unos bajos nuevos para unas sábanas.
—Estás mucho con ella —dijo.
Alice alzó apenas la vista.
—Sí.
—¿Por qué?
Con el instinto perfecto de quienes han sobrevivido años en casas nobles, se retiró a la mesa contigua con todo el ruido posible para no parecer que escuchaba. Alice dejó el dobladillo sobre la silla.
—Porque tiene algo roto esa niña.
La frase sorprendió a Brand no por su dureza, sino por la ternura amarga que llevaba debajo.
—Y mi instinto —continuó Alice— es protegerla.
Brand se quedó inmóvil, no esperaba esa respuesta o no tan desnuda. Alice lo observó con la calma implacable de las madres que ya no tienen tiempo de fingir que no ven.
—No la ves solo como a la mujer con la que te acostaste —dijo.
Brand no respondió y Alice no insistió.
—Hay algo en ella que sigue pidiendo auxilio incluso cuando no abre la boca. Tú quizá no sabes leerlo todavía. Yo sí.
La frase, más que tranquilizarlo, le dejó el pecho lleno de una inquietud nueva. Porque Alice no hablaba desde la piedad fácil. Hablaba desde la experiencia de haber visto demasiadas grietas humanas en sus hijos, en sí misma y en los demás como para equivocarse mucho con ese tipo de impresión.
Thiago y Nick habían dejado de hablarse por completo.
No discutían ya, eso habría sido incluso más sano.
Habían entrado en otra zona peor: la hostilidad muda.
Pasaban uno junto al otro en los corredores sin mirarse de frente, se dirigían la palabra solo si una tercera persona los obligaba a ello y en las comidas manejaban la cubertería con una precisión demasiado exacta, como si cualquier pequeño desorden de las manos pudiera terminar convirtiéndose otra vez en violencia.
Toda la casa lo sentía.
Los criados. Alice. William. Philip, que empezaba a observarlos con la diversión seca de quien ya sabía que dos hombres bien nacidos suelen tardar demasiado en admitir lo que en realidad desean.
La noticia del día en que Camille y Elettra desaparecieron los encontró en lados opuestos del comedor.
Una criada llegó demasiado pálida para disimular la alteración.
—Se dice que mademoiselle Rinaldi ha desaparecido.
Segundos después otra voz, otro corredor, otra doncella con el mismo miedo mal peinado:
—La señorita de Vauclerc tampoco.
La casa entera se tensó.
Nick fue el primero en levantarse, la silla cayó hacia atrás con un golpe seco. Thiago se volvió al mismo tiempo. Durante un segundo, los dos hombres parecieron impulsados por una misma electricidad, lo que hacía aún más obscena la hostilidad que los había mantenido separados los días anteriores.
—¿Desde cuándo? —preguntó Thiago.
—Hace una hora, monsieur.
—¿Con quién salieron? —exigió Nick.
Nadie lo sabía.
La realidad era mucho menos dramática de lo que imaginaban.
Ninguna había huido todavía de verdad. Ni juntas, ni por plan concertado.
Simplemente habían necesitado aire. Dos mujeres prometidas a hombres equivocados, sofocadas por casas, padres, rumores y decisiones ajenas, habían buscado una salida corta, unas horas de soledad para pensar sin ojos encima.
Elettra tomó un tren local con la intención de bajar en una pequeña estación a las afueras y caminar un poco. Camille, con otra idea igual de desesperada y contenida, escogió el mismo convoy en una estación más adelante.
Fue el azar el que las reunió de nuevo, sentadas una frente a la otra en el compartimento casi vacío, con el traqueteo del tren sirviéndoles de fondo para la única libertad provisional que tenían a mano: no decidir nada durante algunos kilómetros.
Cuando la noticia de la desaparición llegó a Brand, él sintió primero el nombre de Elettra.
Solo después entendió el resto.
La reacción fue tan rápida, tan visceral, que por un segundo incluso pensó en salir de inmediato, en coger el coche, en perseguirla, en encontrarla antes de que el mundo, el tren o su propia desesperación la alejaran del todo de su alcance.
Dio un paso, luego otro y se habría ido. Se habría ido. Pero en ese momento entró Elizaveta en el corredor.
No venía vestida para salir, solo traía un chal claro sobre los hombros y el rostro más pálido que de costumbre.
Al ver la tensión de la casa, la velocidad de los criados, la rabia muda de Nick y la rigidez de Thiago, preguntó con esa voz baja suya que, en los últimos días, se había vuelto cada vez más suave:
—¿Qué pasa?
Brand la miró.
La fragilidad de ella, la mano ya posada sobre el vientre, el cansancio que llevaba en la boca y, peor aún, la mirada de Alice clavándosele desde el fondo del corredor como una pregunta moral silenciosa, lo frenaron en seco.
No podía ir tras Elettra. No él. Ya no.
El descubrimiento le supo a amputación.
—Nada que debas atender tú —dijo.
Elizaveta sostuvo su mirada un segundo. Luego bajó la vista, no ofendida, solo más apagada y Brand supo que, aun sin entender del todo, ella había visto la dirección primera de su impulso.
Eso lo dejó todavía peor.
Philip, en cambio, pareció encontrar la situación casi divertida. Se apoyó en una consola del pasillo, observando a Nick y a Thiago dar instrucciones contradictorias a los criados y a Brand quedarse inmóvil de golpe como un hombre al que acaban de recordar su propia jaula.
—Mírenlos —murmuró, con una sonrisa seca—. Parecen pollos sin cabeza. Uno diría que nadie les enseñó a habitar sus propios cuerpos.
Nick lo fulminó con la mirada.
Thiago ni siquiera se tomó el trabajo.
Philip alzó los hombros.