El vals de las apariencias 30 La casa aprende a mirar #3
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30 La casa aprende a mirar #3

Bajó los escalones de dos en dos y llegó por fin al centro del corredor. Tomó a Nick por un hombro y a Thiago por el pecho de la chaqueta, separándolos con una violencia controlada que ninguno de los dos esperaba de él en ese instante.

—Basta.

La palabra tuvo el peso suficiente para hacerlos callar apenas un segundo, luego volvieron a insultarse.

Nick, rojo de furia y de humillación. Thiago, más pálido, con esa rabia suya que cuando por fin salía parecía la más peligrosa de las tres porque llegaba desde muy hondo.

—Te pudres de celos —escupió Nick.

—Y tú de egoísmo —respondió Thiago.

Brand los sostuvo a ambos con una mirada helada.

No dijo nada más, no hacía falta, los dos sabían ya que habían cruzado otra línea. Que no se trataba solo de Camille ni de Elettra ni del escándalo. La familia entera los estaba mirando.

Finalmente, como ocurre a veces con los hermanos, no fue la autoridad la que terminó la pelea, fue el agotamiento.

Nick apartó primero el brazo con brusquedad.

—Vete al demonio.

Thiago retrocedió, acomodándose la chaqueta sin mirar a nadie.

—Con gusto.

Y cada uno se fue por su lado, dejaron al resto de la familia en el corredor, inmóviles, preocupados, conscientes de que lo que acababa de estallar allí no se arreglaría con disculpas de sobremesa.

Brand exhaló despacio.

Luego subió.

Elizaveta estaba frente al espejo cuando él volvió.

Se había soltado el cabello y examinaba la mejilla que empezaba a coloreársele con una concentración casi ridícula.

La punta de los dedos rozaba con mucho cuidado la piel enrojecida, como si todavía una parte de ella siguiera siendo, por encima de todo, esa mujer incapaz de no vigilar la menor alteración en su belleza.

Brand se detuvo en la puerta y se recostó apenas en el marco con los brazos cruzados y la observó sin anunciarse.

Y, contra su voluntad, sonrió. No una sonrisa grande, apenas un cambio en la boca, porque, por absurda y frágil que estuviera la escena, le devolvía un rasgo conocido de ella, uno de los pocos que todavía parecían enteramente vivos.

Elizaveta sintió la presencia antes de verlo reflejado.

Se volvió rápido y, casi sin pensarlo, se llevó una mano al vientre. El gesto ya se le había vuelto instinto.

—¿Y tus hermanos? —preguntó.

Brand se despegó del marco.

—No te preocupes por ellos.

—Difícil no hacerlo si me golpean en el proceso.

La frase habría sido ácida otro día, esa noche salió cansada.

Brand se acercó.

Miró la mejilla de cerca, no la tocó enseguida, evaluó el color, la inflamación leve, la línea del pómulo. Luego alzó la vista hacia ella.

—No es grave.

—Ya lo sé.

—Aun así, recuéstate un rato.

Elizaveta miró la cama, luego volvió los ojos hacia él con una vulnerabilidad tan rara en ella que casi pareció otra mujer.

—¿Podrías…? —se interrumpió, incómoda incluso con su propia necesidad—. Me duelen los brazos. ¿Podrías masajearlos un poco?

Brand no respondió de inmediato.

No porque no quisiera, porque aún le costaba acostumbrarse a la nueva clase de intimidad que el matrimonio y el embarazo estaban imponiéndoles. Luego asintió.

—Sí.

Elizaveta se acostó sobre la colcha sin meterse del todo entre las sábanas.

Brand se sentó a su lado y empezó por la muñeca izquierda, subiendo despacio con las manos firmes, sin erotismo, con una exactitud sobria que a ella le resultó peor y mejor que la ternura.

A veces el cuerpo reconoce antes que el corazón cuándo alguien está intentando no hacer daño.

El silencio entre ambos no fue incómodo.

Elizaveta cerró los ojos poco a poco. El cansancio, el golpe, el embarazo, la pelea, la casa, todo le caía encima en capas.

Las manos de Brand siguieron subiendo por los antebrazos, alisando con los pulgares la tensión de los músculos, bajando luego con una paciencia que no se habría atribuido jamás en otro tiempo.

—Gracias —murmuró ella.

Brand no contestó y poco a poco la respiración de Elizaveta se fue haciendo más profunda, la cabeza se le inclinó hacia un lado, el cuerpo se aflojó y finalmente quedó dormida.

Brand siguió un momento más, no porque el masaje todavía hiciera falta. Porque, al detenerse, se quedó viéndola.

Dormida, Elizaveta era otra vez insoportablemente hermosa.

La luz baja le dejaba la piel translúcida, el cabello oscuro desparramado en la almohada y una fragilidad tan ajena a la mujer que supo ser despierta que resultaba casi inquietante.

Pero no era solo la belleza lo que lo retenía.

Era la herida, esa expresión de agotamiento que incluso dormida no terminaba de abandonar el rostro, como si al cerrar los ojos no descansara del todo, solo se hundiera un rato en una fatiga más profunda.

Brand la miró largo rato y comprendió dos cosas a la vez: lo extraordinaria que seguía siendo su hermosura cuando no estaba ocupada en defenderse del mundo, y lo hondamente herida que parecía siempre que abría los ojos.

No supo qué hacer con esa comprensión. Solo se quedó allí, sentado al borde de la cama, con una mano todavía sobre el brazo dormido de su esposa, mientras la casa Charpentier seguía respirando debajo de ellos como si todos sus muros supieran ya que el próximo desastre solo estaba esperando una noche más para aprender el nombre correcto.