30 La casa aprende a mirar #2
La joven de Vauclerc llevaba un vestido de lana color crema y una carpeta de papeles para Lilianne.
Venía a ofrecer apoyo en una colecta de invierno, a poner en orden unas cuentas y quizá, en el fondo, a huir un rato de la vigilancia de su propia casa.
Thiago estaba en la mesa larga del despacho pequeño, revisando facturas de carbón.
Al verla entrar, alzó la cabeza. Y la atención se le volcó hacia ella con una naturalidad que Elettra reconoció antes de poder nombrar por qué le dolía.
No era pasión, era interés, calma, curiosidad viva.
Camille se sentó frente a él. Empezaron a hablar de papeles, de telas donadas, de las necesidades de los niños, y poco a poco la conversación se volvió otra cosa: ligera, sostenida, extrañamente respirable.
Thiago le explicaba cosas con esa paciencia suya que no humilla.
Camille le respondía con una franqueza elegante, sin coquetería barata ni entrega excesiva.
La admiración empezó a circular entre ambos como una sustancia invisible pero evidente para cualquiera que hubiera aprendido a reconocer el principio de una atracción verdadera.
Elettra los vio y sintió una punzada.
No celos completos.Todavía no. Más bien la alarma oscura de descubrir que una parte de Thiago estaba encontrando, por fin, un lugar donde descansar. Y que esa parte ya no la buscaba a ella.
Camille, por su lado, empezó a sentirse ella misma cerca de él.
Podía hablar sin miedo a que cada frase fuera juzgada por su fragilidad reciente.
Thiago la escuchaba sin tratarla como una porcelana rota ni como una promesa de esposa.
Le preguntaba por su trabajo, por su forma de organizar las cuentas, por su lectura de los problemas del orfanato.
La respetaba, la entendía e incluso la admiraba de una manera limpia, no performativa.
Y eso, en una mujer que venía de ser arrastrada a un callejón, observada por la ciudad y ofrecida en matrimonio como reparación, se volvió algo precioso.
Thiago también lo sintió. Lo cual lo dejó, de inmediato, en debate consigo mismo, porque Camille era la prometida de Nick.
Su hermano y la idea de encontrar alivio precisamente allí, en la mujer que otro había herido y que le pertenecía ahora por decisión familiar, tenía algo de indecente que le revolvía la sangre.
No quería mirar demasiado y, sin embargo, seguía haciéndolo.
Fue a hablar de eso con Philip.
Lo encontró en la biblioteca, leyendo una columna de Lefevre que probablemente ya conocía de memoria por haberla comentado antes de que saliera impresa.
Philip levantó la vista apenas un segundo al oírlo entrar y, con la finísima habilidad de los hermanos mayores, supo de inmediato que aquella no sería una conversación ordinaria.
Thiago no dio demasiadas vueltas.
—Creo que empiezo a sentir algo por Camille.
La frase cayó entre los anaqueles con una desnudez que habría avergonzado a cualquier otro hombre, pero en él sonó como una confesión agotada. Philip cerró el periódico.
—Entiendo.
Thiago soltó una exhalación breve.
—No, no entiendes. Es la prometida de Nick.
—Sí. —Philip lo miró con una calma irritante—. Y tú eres el prometido de Elettra. Todo el mundo en esta familia desea a la persona equivocada, no me parece exactamente una novedad.
A Thiago aquello no le hizo gracia.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Hubo un silencio. Luego Philip se inclinó apenas hacia adelante.
—Quizá ya sea hora de que dejes de ver por todos los demás y veas por ti mismo, aunque sea una vez.
Thiago frunció el ceño, no porque no entendiera, sino porque la sola idea de actuar según lo que él quería le resultaba, a esas alturas, casi obscena y le parecía inverosímil que Philip se lo sugiriera.
—Eso sería una locura.
Philip se encogió apenas de hombros.
—Lo sé. Pero también lo es vivir siempre según la herida de otros.
La frase se le quedó clavada a Thiago.
Y fue precisamente esa grieta —la de empezar a pensar, por primera vez, en sí mismo— la que terminó de torcer el rumbo de la casa entera.
Porque Elettra lo vio.
Vio a Thiago con Camille. Vio la forma en que la escuchaba, en que se inclinaba apenas hacia ella, en que esa mujer buena y herida empezaba a devolvérselo de una manera que a ella le faltó darle.
No supo qué hacer con la sensación que aquello le despertó, no quiso llamarla por su nombre, en vez de eso, tomó el camino peor.
Fue a buscar a Nick y lo encontró en el salón de billar, sin billar, bebiendo más rápido de lo que correspondía a la hora.
—Thiago y Camille están siendo demasiado cercanos.
Nick tardó un segundo en entender la frase, luego algo cambió por completo en su cara, no porque no lo supiera ya a medias, porque oírlo de la boca de Elettra lo volvió real de una manera insoportable.
—¿Qué?
Elettra sostuvo la mirada.
—Lo sabes.
—No.
—Sí.
Y aquello bastó.
Nick no se quedó a pedir detalles, salió del salón con la copa todavía en la mano y fue directamente hacia el ala donde sus hermanos solían reunirse al final de la tarde. Encontró a Thiago en el corredor principal, hablando con una criada sobre unos manteles del comedor, no esperó a que acabara.
—¿Qué haces con Camille?
La pregunta, dicha así, delante del corredor y de la criada que se apartó de inmediato, no tenía nada de fraterna.
Thiago volvió la cabeza muy despacio.
—No empieces.
—Te hice una pregunta.
—No tengo ganas de concederte respuestas para alimentar tu rabia.
Nick dio un paso.
—Es mi prometida.
Thiago se irguió por completo.
—Pues compórtate como si lo fuera antes de venir a recordármelo.
El golpe llegó. Nick dejó la copa sobre una consola con un golpe seco, la furia le subió más rápido precisamente porque había culpa detrás y la culpa, en hombres como él, siempre busca otro cuerpo donde convertirse en acusación.
—No te acerques a ella.
Thiago soltó una risa breve, hueca.
—No me hables de cercanía tú.
Aquello fue suficiente. Empezaron a pelearse allí mismo, en la casa Charpentier, en el corredor central donde las voces subían por la escalera y se mezclaban con el ruido de la vajilla preparándose para la cena.
Primero fueron palabras, luego empujones, después insultos más viejos, más íntimos, el tipo de insultos que solo los hermanos saben darse porque conocen exactamente dónde tocar.
Alice apareció primero, luego William, después Philip, que parecía más divertido que alarmado al principio y, por supuesto, Brand, que venía del ala este. Elizaveta oyó el escándalo desde la sala contigua y salió también, la vio toda la familia cuando intentó separarlos.
No con valentía heroica, por puro instinto.
Una mujer encinta, pálida, todavía frágil, entrando en medio de dos hombres demasiado parecidos en belleza y demasiado distintos en rabia.
Alcanzó a tocar el brazo de Nick y a decir algo —nadie recordaría luego qué— cuando uno de los movimientos violentos la alcanzó.
Un codo, una mano mal apartada, un golpe lateral en la cara.
No fue brutal, pero fue suficiente.
Elizaveta trastabilló, el mundo se le fue blanco un segundo y antes de entender del todo qué pasaba, estaba en el suelo, la mejilla ardiéndole y una mano ya clavada con terror sobre el vientre.
Todo se detuvo.
Brand lo vio y en ese instante dejó de ser solo el hermano harto de los gritos para convertirse en algo más feroz.
Fue hacia ella de inmediato, la levantó con ambas manos, la sostuvo por la cintura y los hombros, y la revisó con una rapidez tensa que a Elizaveta le resultó casi dolorosa de tan verdadera.
—¿Te duele? —preguntó.
La voz le salió más alta de lo que cualquiera le había oído en semanas. Elizaveta, todavía mareada, negó.
—Estoy bien.
No lo estaba, pero la frase nació igual, casi por costumbre. Brand no le creyó ni un segundo.
La alzó en brazos, no hubo espacio para discutirlo, ni para que ella se sintiera ridícula ni para que los demás pensaran en otra cosa que no fuera la visión entera de Brand cargando a su esposa encinta escalera arriba mientras el silencio todavía vibraba abajo por la pelea.
La llevó hasta la habitación del ala este, la dejó con cuidado sobre la cama y se inclinó para apartarle el cabello del rostro.
—Descansa —dijo.
No esperó a que protestara, no esperó nada, le acomodó una almohada más alta detrás de la espalda, le dejó agua sobre la mesa y salió de nuevo con una rigidez tan exacta que Elizaveta supo, al verlo cerrar la puerta, que volvía abajo no como marido solamente, sino como hermano mayor de un desastre ya imposible de maquillar.
En el corredor encontró a Philip de pie, apoyado en el marco con los brazos cruzados, no parecía horrorizado, parecía entretenido.
—Eso pasa —dijo, viendo a Nick y a Thiago todavía gritándose abajo mientras William y Alice intentaban imponer orden— cuando todos pretenden y nadie hace lo que manda el corazón.
Brand lo ignoró con la clase de desprecio cansado que se reserva para las verdades dichas en el peor momento.